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Gestación subrogada y subrofobia

Intentarán doblegarnos, criminalizarnos, obligarnos a callar. Pero la dignidad de nuestras familias no será sometida. Nunca.
Imagen de archivo de dos padres junto a su hija. 
Imagen de archivo de dos padres junto a su hija. 

“Nada ha sucedido realmente hasta que no se haya registrado”.

(Virginia Woolf)

Virginia Woolf creía en el papel crucial de las palabras a la hora de construir el mundo, pues es a través de ellas y sus significados como percibimos ideas, vivencias o problemáticas. Con las palabras exploramos la realidad y creamos sentido.

El lenguaje es una herramienta poderosa. Hay temas, circunstancias o hechos que no existen hasta que son nombrados, si bien tener nombre no garantiza el reconocimiento de la oficialidad. Así ha sucedido con homofobia, cuyo uso se generalizó en la década de los 70. En 1994 fue propuesta para ser incluida en el diccionario de la RAE, no incorporándose al mismo hasta 2014. Y aún sigue pendiente de ser incorporada a la lengua, el corazón y el cerebro de muchas y de muchos.

Cuando los homosexuales no éramos visibles, cuando nos encarcelaban, mataban o violaban con la impunidad que otorgan las leyes excluyentes, la homofobia y los homófobos no precisaban ser nombrados. No hacía falta señalarlos porque perseguir al homosexual era algo bueno y bien visto.

Es cuando aparece la reivindicación de igualdad -¡Igualdad, qué osadía!- cuando hace falta la palabra. Cuando el colectivo se muestra, reclamando su espacio bajo el sol, es cuando se hace precisa una voz específica para el odio y el estigma. La necesidad genera el nombre.

Es sabido que mucha gente postula que la homofobia no existe, que es una invención del lobby gay para alterar la realidad. En general, quienes odian suelen negar el odio. Un homófobo jamás reconocerá su homofobia, del mismo modo que quien persigue o tortura a un indigente no reconocerá su aporofobia. Este proceso de negación, tan habitual, hace imprescindible dar nombres, pues “solo existe lo que se nombra”, que dijo Marco Aurelio Denegri. Por eso, para visibilizar y denunciar los odios nacientes, es preciso acuñar palabras nuevas. Palabras como subrofobia.

Subrofobia: odio, miedo, repugnancia u hostilidad ante la gestación por sustitución o ante las personas con ella relacionadas o que propugnan su normalización. O bien: rechazo, odio o aversión obsesiva contra la práctica de la gestación subrogada, así como contra niños, gestantes y familias conformadas mediante dicha técnica.

“Intentarán doblegarnos, criminalizarnos, obligarnos a callar. Pero la dignidad de nuestras familias no será sometida. Nunca.”

La gestación subrogada o por sustitución (GS) lleva más de 20 años presente en España. Hay universitarios españoles nacidos gracias a ella. Pero, mientras estuvo callada, oculta, sin reclamar derechos ni lugar, fue tolerada por los censores de la moral pública. Es a partir de 2010, cuando las familias y las mujeres que deciden gestar los hijos de otros nos hacemos visibles, cuando se manifiesta la inquina. Desde entonces, de forma soterrada pero continua, el odio ha ido aumentado en paralelo al crecimiento de la reivindicación de igualdad -¡Igualdad, qué osadía!-. A medida que la inscripción de menores se hacía realidad o se conseguía la prestación de maternidad o se hacía denuncia pública del lenguaje ofensivo, el odio ha ido avanzando.

Hasta que la subrofobia ha explotado en toda su intensidad.

Por supuesto, quienes la ejercen no han tardado en salir a la palestra para negar la mayor. En la red de redes, en debates o charlas al uso se ha rechazado que se acose a familias, se estigmatice a menores o se ofenda a mujeres. Para los odiantes la culpa nunca radica en ellos sino en el otro, que es quien comete la acción digna de reprobación. Ellos y ellas carecen de pecado, pues no tienen más remedio que actuar así ante el mal que representan los otros. Pegan al indigente sí, pero porque “está sucio y da asco”.

Nada nuevo. “Exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá”, dijo Gorki en 1934. Hoy la homofobia es menos radical, más en la línea de “es un maricón de mierda, se lo merece”, que fue la explicación que dos hombres dieron cuando apalizaron a un joven en Madrid, o “los maricones dais asco” que gritó una manada, en Alicante, a otro chaval.

“Dais asco” fue la frase que, desde Twitter, publicó un usuario secreto en referencia a las familias creadas a través de GS. “Sois basura” o “miserables” han sido otros términos que han corrido como pólvora por la red. No son casos aislados y, cuando se les dice que la subrofobia hiere, que falta al respeto a las mujeres gestantes, que pone a los menores en riesgo de bullying, que si agredes a su familia hieres a niñas y niños, que… su respuesta habitual es la negación. “La subrofobia no existe” o “vosotros y vuestras acciones son las que dañan a los niños”. Su justificación, como la de los valientes de la paliza al chaval de Madrid, es afirmar que “es una familia de mierda, se lo merece”. Porque, para quienes transitan por la subrofobia, no es odio sino respuesta lógica ante la maldad que encierran semejantes familias, semejantes personas.

Las redes sociales, con su particular atmósfera y su carga de impunidad, son caldo de cultivo idóneo para los acosadores, paras las estigmatizadoras, para quienes buscan erosionar vidas ajenas. La identidad virtual esconde odio real y, desde la atalaya de su arrogancia, odiadores profesionales centran sus disparos en la gestación por sustitución.

“Quienes odian tienen nombre. Y, por más que lo intenten disfrazar, todo el mundo lo conocerá y los llamará por él. Subrófobos. Subrófobas.”

Siguiendo su estela, lideresas y líderes políticos arengan a las masas, buscando captar aplausos y votos de una audiencia a la que hablan desde la posverdad y el absolutismo. Dirigentes que hablan de igualdad mientras clasifican personas -y derechos- por su físico, su anatomía, sus características sexuales y sociales o su forma de nacer y esperan que eso les permita medrar en el escalafón de los cargos oficiales.

Como ha pasado con otras fobias, la persecución es y será rabiosa. Intentarán doblegarnos, criminalizarnos, obligarnos a callar. Pero la dignidad de nuestras familias, que por supuesto incluyen a las mujeres que nos ayudan, no será sometida. Nunca.

Quienes odian tienen nombre. Y, por más que lo intenten disfrazar, todo el mundo lo conocerá y los llamará por él. Subrófobos. Subrófobas.

Paremos el odio. Es la hora.