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20/07/2020 12:43 CEST | Actualizado 20/07/2020 19:29 CEST

Gobernanza y unidad frente a los brotes de la covid-19

De nuevo se han visto nuestras flaquezas en un sistema de salud pública al nivel de lo que necesita una sanidad pública desarrollada.

Susana Vera / Reuters

La covid ha infectado al mundo de cosmopolitismo, al tiempo que ha enfrentado a los estados con la globalización”.

Ivan Krastev

 

Mientras escribimos este artículo constatamos cómo se nos ha escapado el relato que habíamos construido en torno al progreso y la tecnología, que cuando no se acompañan de una formación adecuada, operan como un potente catalizador de la desigualdad. Mientras, vemos todos los días, gracias a la supremacía audiovisual, cómo en África o en Latinoamérica los servicios sanitarios, infradotados, pierden la batalla contra la pandemia o, todavía peor, mientras unos han convertido la lucha por la salud pública y contra la covid-19 en una prioridad, y otros la han menospreciado dando lugar a un gran aumento de las víctimas. Mientras, somos testigos de un cambio de época, en el que la soberanía de los estados-nación se tambalea y pugna por mantener su dominio frente a una supuesta futura gobernanza de la aldea global, que por ahora no ha demostrado ser solidaria ni equitativa. Mas bien al contrario, la globalización conducida por la tecnología, que nos iba a llevar hace tres décadas al paraíso, y que nos ha permitido comunicarnos durante el confinamiento, nos ha traído exclusión y desigualdad.

Pero los vientos de la geopolítica no han soplado últimamente en esa misma dirección. La crisis financiera de 2008 fue un punto de inflexión que marcó el comienzo de un cierto retroceso en la globalización. Y una de las secuelas que nos dejó fue el auge de los populismos ultras, cuya seña de identidad más sobresaliente ha consistido hasta el momento en la erosión de las democracias y en el fortalecimiento de las fronteras nacionales.

Esto sería como dar una vuelta más al conocido trilema clave de la globalización que puso en circulación Dani Rodrik: la elección que habría que hacer entre la democracia, el Estado y la aldea global. Según este autor, se podría tener dos de ellas, pero no las tres: siempre habría que sacrificar una. Los populismos ultras sacrificarían dos.

Este es, en todo caso, el mundo actual, que ha padecido un modelo descontrolado de globalización, y en el que ahora proliferan los líderes que polarizan, peligrosos para la propia supervivencia del planeta. Negacionismo, fakenews, proteccionismo y vuelta a las fronteras nacionales, son ideas y métodos que se han abierto paso y se van poniendo encima de la mesa según convenga.

La llegada del nuevo coronavirus, sin embargo, no ha hecho otra cosa que añadir reveses a su hoja de servicios: en USA y Brasil se ha asociado el crecimiento más rápido de las muertes a la falta de medidas de contención; y la persistencia de los brotes al levantamiento prematuro de las medidas.

De nuevo se han visto nuestras flaquezas en un sistema de salud pública al nivel de lo que necesita una sanidad pública desarrollada.

Pero antes de volver a las reflexiones sobre el desorden mundial, no resulta sobrante recordar que la mayoría de nosotros, observadores resabiados, dando muestras de un exceso de confianza, cuando no de negacionismo, de países ricos y apoyados en los precedentes de meras gripes asiáticas SARS o MERS, hemos recibido las primeras noticias que llegaban de Wuhan con despreocupación. Claro está que sobre todo fue la ausencia de gobernanza global y de inteligencia ejecutiva de salud pública, lo que llevó a la minusvaloración de la amenaza de salud pública. Hay que recordar que la OMS y el ECDC han sido tratadas (en el mejor de los casos) como meros comités de expertos. 

La cadencia y la gravedad con que se han desarrollado los eventos, la gran velocidad global a la que se ha producido la extensión de la pandemia, no han hecho otra cosa que dejarnos sorprendidos y, así, hemos contenido la covid como pudimos. Es cierto que otros, como Trump y Bolsonaro, administraron perplejos sus recomendaciones de terapias esotéricas, que llegaron a incluir la bebida de un desinfectante. Las grandes cifras de contagios y víctimas han dejado en evidencia sus políticas plagadas de manipulaciones y errores. 

La UE también reaccionó al principio con un sálvese quien pueda y con un cierre de fronteras. Incluso llegó a decirse que estábamos ante el fin de la idea de Europa. Alemania hizo acopio de respiradores cuando ya escaseaban en Italia y en España. En concreto, además, la deslocalización y la concentración de industrias sanitarias en China e India, facilitando con ello la ruptura de las cadenas de suministro de EPIs, test y medicamentos (sobre todo genéricos) que se ha producido en cada pandemia, desde la gripe A al ébola, han puesto de relieve la falta de mascarillas y camas con respiradores. Ahora, la pelota sigue en el tejado de Europa con el bloqueo de los frugales al plan de recuperación. Solo en un contexto europeo habrá un avance en investigación, tecnología e industria verde.

En nuestro país, la crisis sanitaria ha sacado a la luz los problemas que teníamos para afrontarla con éxito, derivados de los recortes de la década pasada. Habría que destacar la falta de un sistema de salud pública, que se ha visto primero en la incapacidad para la estrategia inicial de contención desbordada y ahora en los problemas de las CCAA para el desarrollo de la nueva normalidad y el plan de control con brotes en aumento. Parece que para los gobiernos autonómicos, una vez acabada la alarma y el confinamiento, la epidemia sería solo un mal sueño y bastaría con algunos retoques o refuerzos puntuales. No ha sido así. De nuevo se han visto nuestras flaquezas en un sistema de salud pública al nivel de lo que necesita una sanidad pública desarrollada: con epidemiólogos y rastreadores y la superación de los recortes en atención primaria. La necesaria información sanitaria y educación para la ciudadanía tampoco se han logrado, a tenor de los focos de irresponsabilidad y falta de solidaridad. Los llamamientos de la oposición a que el ministerio no se lave las manos muestran los déficits de gobernanza compartida en el sistema sanitario y el papel suplementario y de bombero del Gobierno central. 

Se puede decir que nuestro principal acierto fue la flexibilidad y la capacidad de adaptación en la respuesta sanitaria, así como el éxito del confinamiento y la desescalada. Pero también nosotros hemos compartido la complacencia y el exceso de confianza. Y más en particular, nos ha faltado el sistema federal de salud pública y nos han sobrado los recortes, el “que inventen ellos” (habrá que aprender para el futuro próximo) y una burocracia que, ahora en versión digital, cada vez se parece más a aquel famoso “vuelva usted mañana”.  

Hoy se trata en primer lugar de reforzar la salud pública porque la pandemia continúa, y de coordinar la respuesta a los brotes con más salud laboral. No ha terminado ni siquiera la primera oleada. Ahora queda la convivencia, y es esencial la rapidez de respuesta para controlar los brotes. Y también se trata de que nos preparemos para el futuro y de reorientar el modelo sanitario de hipertrofia tecnológica y farmacia hacia la prevención y la comunidad.

Hay que reconocer que existe también un problema de equidad: el virus va por barrios y por clases.

Y mientras se concatenan estos eventos de la geopolítica, ya hemos visto cómo la covid-19 ha influido a su manera en las elecciones del 12J en Galicia y en Euskadi, y ha condicionado el voto de una manera muy importante, avalando, quizá, el retorno de la vieja política y favoreciendo el continuismo con Feijóo y Urkullu, percibidos como gestores y como garantía de seguridad frente a la incertidumbre. Esta es una enseñanza que nos dan las pasadas elecciones autonómicas. Y es también algo hipotético que hay que tener en cuenta para las que vienen en Cataluña.

Para concluir: hace falta una respuesta global, con gobernanza de OMS y ECDC con más competencias, con carácter ejecutivo y autonomía; e investigación en tratamientos y vacunas. Y garantizar su accesibilidad con una industria sanitaria y una cadena de suministros de salud española y europea. Por otro lado, hay que reconocer que existe también un problema de equidad: el virus va por barrios y por clases. Lo hemos comprobado en las condiciones de hacinamiento de los emigrantes y en los déficits en los principios de precaución, accesibilidad y equidad sanitaria para los sectores más pobres y vulnerables. Por eso decimos que la reconstrucción tiene que conjugar dos factores: gobernanza mundial y protección social.

Por último, como temas de actualidad tenemos los rebrotes, el bloqueo de Europa y los últimos resultados electorales.

De acuerdo con eso, necesitamos a corto plazo: la gobernanza sanitaria y en especial de salud pública en España ante los rebrotes y la segunda ola; el plan de recuperación para Europa, sin más aplazamientos; y la cooperación política e institucional. Y el homenaje sería el símbolo de un buen comienzo.

A medio plazo, necesitamos preparar la reflexión sobre la reorientación de la sanidad hacia la salud pública, la política de cuidados, el cambio de modelo residencial y el envejecimiento activo, y la política de investigación, digitalización y reindustrialización sostenible.

Gaspar Llamazares Trigo es médico y analista político y Miguel Souto Bayarri es médico y profesor de Radiología de la Universidad de Santiago de Compostela. 

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