‘Golfus de Roma’ o la libre posibilidad de ser payaso

El público se ríe, hasta se carcajea a gusto, con este enredo en el que el sexo es una fuente de sumisión al matrimonio y, a la vez, de liberación.
Carlos Latre en 'Golfus de Roma'.
Carlos Latre en 'Golfus de Roma'.

Siempre que se estrena un nuevo montaje de Golfus de Roma, como el que se acaba de estrenar en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida, salen dos tópicos. El primero, que es global, que es una obra menor de Sondheim, el compositor y letrista de la música y las canciones de este musical. El segundo, que es local, que no es una obra para este “marco incomparable” que es el Teatro Romano de Mérida.

Al público ambos tópicos le dan igual, incluso es posible que los desconozca. Solo sabe que se ríe, hasta se carcajea a gusto, con este vodevil o enredo en el que el sexo es una fuente de sumisión al matrimonio y, a la vez, de liberación para quien lo proporciona.

La historia es bien sencilla. Un matrimonio romano va a visitar a la madre de la mujer. Una abuela añosa y achacosa que no soporta la juventud de su nieto adolescente, por lo que lo tienen que dejar en una casa llena de criados y esclavos. Criados que deben cuidar porque el noble muchacho no le entregue su virginidad a cualquiera. Y menos que la pierda en el prostíbulo que tienen al lado.

Misión que resultará imposible. Es joven, es fogoso y, claro, se enamora perdidamente de una cortesana que ve en la casa de lenocinio. Sin saber que esa virgen vestal ha sido vendida al Capitán Miles Gloriosus, héroe romano que desea dar a su musculado y triunfante cuerpo una fiesta.

Pues bien, el que lo lía todo, como un sosias cualquiera, es el protagonista de esta obra. Pséudolus, criado esclavo, al que el joven señorito le promete libertad, siempre y cuando le proporcione a la moza. Así que Pséudolus acaba liándola parda para conseguirle a la vestal y con ella, conseguir él esa libertad. Una libertad que es consciente que solo le va a proporcionar preocupaciones por eso de que, a partir del momento que sea libre, tendrá que pagarse casa y comida. Lo que significa que tendrá que dejar de servir y buscarse un trabajo y trabajar sin descanso.

Por eso para Pséudolus se busca, siempre que se pueda, un actor carismático. Un cómico que atraiga a las masas y que sepa meter el chiste y, también, la morcilla actual (en este sentido los chistes sobre la peste son muy bien traídos), en el momento adecuado. En este caso el elegido es ni más ni menos que Carlos Latre. El conocido imitador y personaje televisivo. Un artista que, habitualmente, se enfrenta solo a las plateas con sus imitaciones, con las que llena teatros.

Quizás no sea el mejor de la función, lo que no quiere decir que lo haga mal. Está bien elegido para el papel y sabe lo que está jugando, lo que se está jugando y cómo jugarlo, incluyendo su especificidad de imitador. Y, sin duda, los espectadores pagarán las entradas por verle a él. Y hay que recaudar mucho dinero, que la broma ha costado un millón de euros.

Eso sí, esta producción ha creado alrededor de esta estrella una buena red de seguridad. Un entramado de intérpretes y músicos, cuyo papel es muy importante en esta función, en el que Latre mueve su Pséudolus como pez en el agua, porque sabe que no le van a dejar caer. Todo lo contrario, le harán brillar.

Una producción musical en la que tal vez lo más flojo sea el aspecto vocal de las canciones. Cosa que se compensa y mucho con el aspecto instrumental. La orquesta suena a Sondheim siempre, sin excepción. Un mérito, teniendo en cuenta que en este caso los músicos son también personajes, haciendo de cortesanas y de unos payasos que, a su vez, son comodines para múltiples personajes secundarios. Unos sirvientes sin cuyo servicio no habrá comedia que valga.

El caso es que en cualquier circunstancia y condición la música de Sondheim, su característico estilo, su variante específica del tradicional musical americano de Broadway, llena el Teatro Romano de Mérida y debería llenar el de La Latina en septiembre. Y lo hace sin atronar, permitiendo escuchar y disfrutar de la música. Cosa que hay que agradecer, seguramente, al director musical, Xavier Mestres. Al que deberían contratar más producciones musicales, sobre todo de la Gran Vía, para que les asesorará en cómo no atronar a sus espectadores y les permitieran disfrutar de todos los matices que tiene la música.

Una escena de 'Golfus de Roma'.
Una escena de 'Golfus de Roma'.

Por lo demás, la escenografía es espectacular y encaja bien en el marco del teatro romano. Va muy en el estilo de la del Anfitrión de Moliere que se pudo ver el año pasado en este mismo festival. En este caso menos realista si se entiende que hay caravanas y contenedores representando palacios romanos, pero que le dan un tono de farsa adecuado.

El vestuario, aunque irregular, tampoco está nada mal. Funciona mejor si se observa aisladamente o por grupos que en conjunto. Sin embargo, las capas están hechas para que las hagan flotar o volar. Aspecto que el director usa muy bien y los actores saben mover con acierto en los momentos apropiados mientras cantan, bailan, dicen sus textos.

Quizás el traje más feo o meno acertado es el que lleva Latre. No se sabe si por eso de que cuando los actores famosos quieren hacer algo que consideran más serio o de más nivel, tienden afearse o por seguir la tradición de indefinición de las máscaras griegas. Lo cierto es que Latre asume el riesgo de actuar en una obra, moverse en otro nivel, cosa que el vestuarista marca vistiendo a la estrella de amarillo, ya se sabe, el color del mal fario en escena y, por tanto, con el que no se arriesgan muchos actores ni actrices.

Aunque lo mejor, sin duda, son esos payasos que como se ha dicho sirven para todo. Porteadores. Soldados romanos. Eunucos. Tocan instrumentos. Precioso y muy divertido el número musical que se marcan tras el entreacto, como introducción de la segunda parte. Uno de los números más aplaudidos por un público que no para de aplaudir, como no para de reír en casi toda la función. Los payasos son totalmente un acierto de la puesta en escena que permite darle a la función un aspecto de circo, un aspecto en el que todo puede suceder, de posibilidad.

Esa posibilidad y la libertad sexual a la que apela este texto y el montaje. De hecho, un luminoso con la palabra SEX presidirá gran parte de la función. En la que pudiese haber sociedades preocupadas por mantener la virginidad del género masculino, cosa que poco tiene que ver con la nuestra. En la que dicho género se moviese como damiselas y también disfrutaran, cuidaran y quisieran a sus cuerpos como solo las mujeres hacían antaño. Donde existiesen erotómanos y pornógrafos de manual que disfrutasen viendo ánforas con pechos y largos penes en la soledad de sus estancias ¿verdad que eso ya no existe? Donde las personas de edad y el deseo, sexual, no fueran inconcebibles socialmente.

Seguramente todos ellos tópicos que se tenía más establecidos en el momento que se escribió la obra que ahora. Tópicos que, a tenor de las risas, siguen circulando y ejercitándose, pues se entienden muy bien. Y a tenor de lo discursos de políticos y lo que sucede en las calles, son más habituales de lo que quieren hacer creer las revistas de tendencias y los suplementos de fin de semana de los periódicos. Solo hay que ver qué se vota y cuál es la intención de voto. La libertad de poder seguir viviendo con las injusticias y las desigualdades de siempre, de toda la vida.

Pero, ya se sabe, que los musicales como estos, y como se canta en este musical, son solo obras de payasos. No tienen moralina. No son moralizantes. Son un conjunto de chistes y canciones para pasar bien el rato que nos ha tocado vivir. A lo que se puede responder como hace Calos Latre / Pséudolus en algún momento de la función: Já, jajajá.

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