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21/03/2020 11:26 CET | Actualizado 21/03/2020 11:26 CET

Gracias al coronavirus...

Si no aprendemos, ni saldremos más fuertes ni saldremos mejores, sino todo lo contrario.

NurPhoto via Getty Images
Dos personas con mascarillas en Barcelona. 

Como estamos comprobando, el coronavirus se ha convertido en la gran amenaza mundial. Sumidos en una mezcla de miedo y de respeto generalizado por la posibilidad de contagio, asistimos, en alguna medida perplejos, a su inapelable coronación a lo largo y ancho del planeta. 

Gracias al coronavirus estamos viendo cómo la sacra ciencia tiene disparidad de criterios también para afrontar pandemias; por un lado la vía británica, holandesa y sueca permite la propagación del virus entre personas de menor riesgo para no colapsar la vida social y los servicios de salud pública, confiando en que así se desarrolle una inmunidad colectiva que proteja a la población de mayor riesgo; por otro lado, la vía española, italiana o alemana, la opción mayoritaria apoyada por la OMS, opta por el confinamiento estricto de toda la población reprimiendo severamente la probabilidad de contagio. Aunque ambas vías están amparadas por criterios científicos, la forma de abordar la situación es radicalmente distinta. De momento, los datos no dan la razón a unos ni a otros. Lo que está claro es que no existe una verdad única ni siquiera dentro de la propia ciencia. 

Gracias al coronavirus comprobamos cómo ante un virus o un ataque externo, básicamente sentimos miedo del poder que este tiene sobre nosotros, obviando el poder que nosotros tenemos sobre él desde nuestra fortaleza personal y desde la vitalidad de nuestro sistema inmunológico. Evidentemente, un cuerpo debilitado y un sistema inmune bajo deberá asumir mayores cuidados, pero lo que más se observa es que desde el miedo entramos en guerra con lo externo recurriendo a la ciencia y a la farmacología como salvadoras, esperando el milagro de la vacuna sin atender a nada más. Y yo me pregunto: ¿qué te está enseñando la situación a la que hemos llegado? ¿Qué estamos generando como sociedad? ¿Acaso creemos que no tenemos nada que ver con esto? 

Constatamos que los estados no tienen sistemas sanitarios fuertes para contener la expansión de un virus tan contagioso como este.

Gracias al coronavirus se confirma la eficacia del sistema cuando se lo propone. En efecto, los representantes políticos y las élites económicas tienen la capacidad de tomar decisiones sin temblarles el pulso, sobre todo cuando las aguas llegan al cuello, no antes. El cambio climático y la autodestrucción a la que sometemos al planeta, que podría llevarnos a una coyuntura similar a la actual, no parecen cuestiones tan importantes... por el momento. Asimismo, el hambre en países de subdesarrollo, la corrupción institucionalizada, el escandaloso número de muertes por suicidio en todo el mundo o la cuestionable salubridad de las redes de telefonía móvil 5G, entre otras muchas temáticas, hasta ahora no han resultado cuestiones tan urgentes como para que se tomen medidas eficientes al respecto. 

Gracias al coronavirus, a la suspensión de las actividades industriales y a la disminución del transporte mundial, el aire de las ciudades se está limpiando como hacía mucho tiempo que no sucedía. Según François Gemmene, director del Observatorio Hugo, que estudia las interacciones entre cambios ambientales, migración humana y política, el número de muertos por coronavirus sería mucho menor que las víctimas por contaminación atmosférica. Eso sí, la reducción de gases contaminantes y de polución atmosférica se está produciendo sin que ninguna de las autoridades competentes se lo haya propuesto realmente.

Gracias al coronavirus observamos cómo una mayoría se responsabiliza y asume su responsabilidad social para solidarizarse y cooperar cuando las circunstancias lo requieren. También se ha hecho evidente la actitud de una minoría que solo mira su propio interés sin considerar el de los demás; de alguna forma, todos ellos debieran asumir las consecuencias de sus actos: a quien en su casa no le enseñaron a tener en cuenta al otro, en la sociedad adulta lo tiene que aprender por ley. 

Si no aprendemos, ni saldremos más fuertes ni saldremos mejores, sino todo lo contrario.

Gracias al coronavirus constatamos que los estados no tienen sistemas sanitarios fuertes para contener la expansión de un virus tan contagioso como este, a pesar de que declarando el estado de alarma la sanidad privada y los hoteles medicalizados puedan asumir la posible saturación de la sanidad pública. Aquellos representantes políticos y económicos que en su momento decidieron recortar presupuestos en sanidad, debieran asumir su responsabilidad hoy más que nunca. Si no lo hacen, que no lo harán, por el bien de todos tome usted nota. 

Que nadie se despiste, algo nos quiere enseñar esta crisis global. Si no aprendemos, ni saldremos más fuertes ni saldremos mejores, sino todo lo contrario. El enemigo que vemos fuera es la expresión de lo que llevamos dentro, como seres individuales y como sociedad; quizá tuvo que golpearnos así de fuerte para que lo escuchemos de una vez por todas y nos replanteemos seriamente el rumbo político, económico y social hacia el que nos queremos dirigir. Estamos todos implicados. ¿A qué normalidad queremos volver?