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06/12/2019 05:10 CET | Actualizado 06/12/2019 05:10 CET

Greta con garbo

Hay quien ya no se pregunta qué planeta va a dejar a sus hijos, pues su visión del futuro no va más allá de sus cuñados.

Horacio Villalobos via Getty Images
Greta Thunberg. 

Decidí dejar la aldea en la que cada amanecer me esperaban el abrazo de mi madre, el tazón de leche con pan y el rebaño de cabras al que habría de vigilar durante toda la jornada (también los nidos con su botín de polluelos, las liebres despistadas, las setas, los espárragos, los berros y otras hierbas con las que pergeñar una ensalada a mediodía), y venir a Madrid, no a probar suerte, como suele decirse, sino a dejar atrás la que me había tocado. Si de mozo de almacén, aprendiz de chatarrero o pinche de cocina, era lo de menos.

Tenía trece años. Y sentía que algo debía cambiar.

No juzgo el resultado de mi decisión (ya lo hacen los usuarios de Tripadvisor por mí), pero nunca me ha abandonado la sensación de que hubo demasiado silencio alrededor de mi arranque.

Pienso en una niña sueca que un día decidió no acudir al colegio para sentarse frente al Parlamento de su país con una pancarta en la que instaba a sus señorías a afrontar de una vez el cambio en el clima que la actividad humana ha provocado y que, parece ser, nos va a extinguir mucho antes de lo previsto.

De hecho, hay quien ya no se pregunta qué planeta va a dejar a sus hijos, pues su visión del futuro no va más allá de sus cuñados.

Hoy, la joven Greta Thunberg es un referente mundial en la lucha por el medio ambiente. Su llegada a Madrid, para estar presente en la Cumbre del Clima (que Chile no pudo organizar por la mala idea que tuvo la gente de ponerse a protestar ante la injusticia) es uno de los momentos más esperados.

Y quiero aprovechar para rendir homenaje a Benjamin Wagner, el profesor suplente que renunció a bastantes jornadas de sueldo para ser el primero en sentarse junto a ella. Seguramente no creyó que aquella iniciativa llegara a tener éxito; simplemente decidió que estar allí era lo correcto.

En apenas dos años, Greta ha tomado la palabra en foros mundiales, es seguida por millones de personas y ha conseguido que cada gesto suyo levante huracanes entre los opinadores de profesión.

Hay quien ya no se pregunta qué planeta va a dejar a sus hijos, pues su visión del futuro no va más allá de sus cuñados.

Por supuesto, faltaría más, los ataques contra ella se reproducen como las setas tras una tormenta, sin dejar ni un solo resquicio de su vida sin revisar. Tampoco se echa de menos el habitual rosario de medias verdades y mentiras completas con que los de siempre suelen aderezar tales estofados.

Desde quienes la emparentan con millonarios entregados a la causa de la dominación mundial a quienes se burlan del síndrome de Asperger que padece, pasando por los que acusan a sus padres de embolsarse las donaciones que su causa recibe. 

Sin que falten, hasta aquí podíamos llegar, los bien pensantes de saldo que se escandalizan porque la niña no esté en el colegio en vez de dando la murga por todo el mundo, y que padecen al pensar en esa infancia robada por la codicia de sus mayores.

Aunque ninguno de ellos dejó de ir al cine para ver la última película del niño prodigio de turno, de Joselito a Macaulay Culkin, sin pensar en las clases perdidas y los sentimientos que al chaval le fueron hurtando (junto con la cuenta corriente en la mayoría de los casos). Ni se escandalizó por las torturas sufridas por niñas que aspiraban, ellas o sus padres, a ser gimnastas de renombre, aunque para ello tuvieran que retorcer su cuerpo hasta más allá de lo insufrible.

Puede que la diferencia esté en que los beneficios generados por las estrellas de cine siguen los cauces ortodoxos de la especulación empresarial, mientras que la influencia de Greta no se deja, de momento, domeñar por los listos de siempre. Así que han decidido que hay listos de nuevo cuño tras el montaje.

No saben pensar de otra forma.

Y no excluyo la posibilidad de que tengan razón. 

Agradezco su opinión a los críticos sensatos (pienso en la excelente articulista Nazanín Armanian) a los que no les hace mucha gracia el modelo de ecologismo amorfo que se adivina tras la gesta de la joven sueca; un ecologismo que no se plantea la ruptura con el sistema, sino que espera de este un gesto de buena voluntad que pueda revertir la situación, aunque para ello deban olvidarse por un rato de los beneficios. Un modelo de ecologismo tras el que se ocultan muchas empresas de contaminación diaria y lacito verde las fiestas de guardar.

Ni que decir tiene que los admiro a todos ellos, casi con maldad, porque han decidido envidar sin importarles lo cuantioso de la apuesta.

Lo que me separa de Greta, soy consciente, es la edad. No termino de comprender, como les ocurre a quienes hicieron la mili conmigo, el verdadero poder de las nuevas comunicaciones, de las que solo alcanzo a sentir un molesto atisbo cuando me suena el móvil en las situaciones más inverosímiles, ya sea el teatro o la cama. La fertilidad de las redes sociales o de los medios de información inmediata se me escapa entre los dedos, que aún esperan la hoja de papel a cuya discreción confío mi conocimiento.

Yo no habría llegado nunca a ser Greta. Ni Malala, la joven pakistaní que fue tiroteada por utilizar Internet para defender su derecho a la educación frente a los bárbaros talibanes, tan sólo un grupo de entre los muchos de bestias que nos asedian. Y no me refiero solo al valor que ambas, y otros muchos niños, han demostrado, sino a mi incapacidad manifiesta para moverme en el mundo de unos y ceros en el que los chavales acampan con confianza.

Chavales como Clara García y Nicolás Muñoz, de El Escorial, que, a sus once años, han pasado a la acción y han organizado manifestaciones, pegadas de carteles y campañas de recogida de residuos sin que sus padres, preguntados por la prensa, se atribuyan el mérito de tan temprana toma de conciencia.

O como los que se unen por miles al movimiento Fridays For Future haciendo visible el hartazgo ante la crueldad (porque no es desidia el abandono de estas cuestiones) de los poderosos y los políticos, tipos que rara vez coinciden en una misma persona.

Ni que decir tiene que los admiro a todos ellos, casi con maldad, porque han decidido envidar sin importarles lo cuantioso de la apuesta, y porque han encontrado la manera de que su protesta no pueda ser eludida ni acallada.

Pero, sobre todo, les admiro porque se plantan en su sitio decididos a quedarse.

Ni yo ni ninguno de los que hizo la mili conmigo tuvimos más remedio que marcharnos para no vernos enredado en la vida que nos habían decidido.

Marcharnos en silencio.

 

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