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20/09/2018 15:41 CEST | Actualizado 20/09/2018 15:41 CEST

Hace tres semanas revelé que sufrí abusos de un cura. Así me ha cambiado la vida

Hace unos dos años, mi esposa y yo estábamos sentados en un pub local durante la hora feliz, despidiéndonos de nuestros últimos días como treintañeros. Una conocida que acababa de cumplir 50 años nos entregó un pedacito de su sabiduría: "Los 40 serán los mejores años de vuestra vida. Todo encajará y empezaréis a verlo todo claro".

A mí me pareció un intento bienintencionado de hacer que una situación negativa pareciera mejor de lo que en realidad era, esa clase de comentario del tipo "el dinero no compra la felicidad" o "cuando un pájaro se te caga encima te da buena suerte".

Pero resulta que dio en el clavo.

Durante los últimos 30 años de mi vida había estado arrastrando una carga psicológica que solo hace poco se me hizo evidente: el cura de mi parroquia abusó sexualmente de mí cuando yo era monaguillo a finales de los 80.

Courtesy of Ed Hanratty
Foto de la primera comunión de Ed Hanratty, en 1985.

Siempre he sido consciente hasta cierto punto de que algo no fue correcto. Como muchas otras personas, había visto noticias sobre los abusos de los curas católicos. Al leer esas noticias, me decía a mí mismo: "Bueno, lo mío nunca fue para tanto", como si hubiera un grado de abuso a menores que pudiera considerarse aceptable. En mi juventud, robaba cigarrillos, pero jamás robé un coche. Bebía cuando aún no tenía edad legal para hacerlo, pero nunca conduje borracho. Clasificaba de esa manera los abusos que había sufrido. Un cura me acorralaba para montárselo conmigo, pero nunca me llegó a bajar los pantalones.

No fue hasta que leí el informe del gran jurado de Pensilvania del mes pasado cuando me di cuenta de que algunas partes de la lectura parecían mi autobiografía. Descubrí historias de víctimas calcadas a la mía. Leí acerca de las consecuencias psicológicas que habían sufrido y me di cuenta de que yo también llevaba tanto tiempo arrastrando esa carga que había influido en todos los aspectos de mi vida. Había caído en la adicción, había sufrido problemas en mis relaciones íntimas, ansiedad, depresión. Sentía desdén por cualquier forma de autoridad. No me creía suficientemente válido ni merecedor de casi nada.

Al leer esas noticias, me decía a mí mismo: "Bueno, lo mío nunca fue para tanto", como si hubiera un grado de abuso a menores que pudiera considerarse aceptable.

Lo peor es que se lo había ocultado a mi esposa, a mis amigos y a mi familia, a todos los que en un momento u otro han lidiado con las secuelas de estos problemas.

Fue en ese momento cuando supe que tenía que quitarme la carga de dentro, que jamás volvería a recuperarme de ese lado oscuro de mi vida hasta que asumiera lo que me había sucedido.

Supongo que la mayoría de las personas que están en mi situación hablarían primero con sus seres queridos y luego con un psiquiatra. Para bien o para mal, yo decidí tomar otro rumbo. Sentí que si una persona de mi parroquia, aunque solo fuera una, conocía mi historia y llegaba a la misma conclusión que yo, quizás sería capaz de conseguir algo más de perspectiva para afrontar sus problemas. También descubrí hace poco que el cura que había abusado de mí aún trabajaba en la parroquia de un colegio. Al hacer pública mi historia, también tenía la esperanza de alertar a esa parroquia y a sus feligreses para que lo apartaran de su cargo.

He tenido la suerte de escribir noticias y columnas de opinión para Reverb Press, un medio independiente de noticias sobre política, durante los últimos dos años y medio. Les conté absolutamente todo a mis editores y les dije que quería escribir sobre mi experiencia, pero les preocupaba ante todo que yo estuviera bien. Me trataron como a un hermano, no como a un empleado. Quisieron estar seguros de que sabría gestionar las emociones que pudieran brotar si compartía mi experiencia de una manera tan pública. Siendo sincero, no estaba seguro de cómo reaccionaría yo mismo una vez que mi historia empezara a circular por el mundo, pero les aseguré que quería hacerlo.

Hablé con mi esposa sobre mi decisión de sacarlo a la luz y no podría haber sido más comprensiva. Solo me puso una condición (muy razonable) antes de escribir el artículo: tenía que contarle la historia completa a ella antes de que le apareciera en el móvil para leerlo.

Fui consciente de que si no podía cumplir esa petición, no sería capaz de lidiar con ningún otro problema que se me presentara, así que se lo conté todo. Yo apenas pude terminar. Ella lloró. Ocho horas más tarde, un soleado domingo por la mañana, este artículo ya estaba publicado.

No tenía ni idea de qué podía esperar.

No es muy frecuente oír hablar de sus experiencias a hombres que hayan sido víctimas de abusos sexuales. Independiente de lo abierto de mente, liberal y progresista que afirme ser yo, eso no cambia el hecho de que me eduqué en la filosofía de finales del siglo XX de que los chicos deben ser machotes, en una sociedad regida por la testosterona, repleta de misoginia y de una homofobia nada velada. Los chicos no debíamos llorar y mucho menos dejar ver nuestra vulnerabilidad.

Me eduqué en la filosofía de finales del siglo XX de que los chicos deben ser machotes, en una sociedad regida por la testosterona, repleta de misoginia y de una homofobia nada velada.

Sabía que tendría el apoyo de mis mejores amigos y de mi familia. Conocía a muchas personas en las redes sociales que me comprenderían. Pero, ¿qué pasaba con el resto de la gente? ¿Cómo se tomarían que este corpulento barbudo bocazas hiciera semejante confesión? ¿Y la gente de mi ciudad? ¿Estaba removiendo tierra que era mejor no tocar? ¿Estaba alterando la convivencia en una comunidad en la que aún reside mi familia política?

Mis temores fueron espantados casi al instante. Mi historia se difundió por las redes sociales en mi ciudad, Ridgefield Park (Nueva Jersey), como la pólvora. Me empezaron a bombardear por Facebook con mensajes de personas en las que llevaba unas tres décadas sin pensar. Las reacciones fueron unánimemente positivas.

Recibí más de un mensaje como el siguiente:

"Ed, no sé si te acuerdas de mí, pero hice de monaguillo contigo y pasé por lo mismo que tú con el padre Gerry. Nunca se lo dije a nadie".

Simplemente con ese mensaje (de un señor con el que ahora estoy en contacto a diario) me demostró que había tomado la decisión correcta. Pero la cosa no terminó ahí.

Resulta que todo el mundo recordaba al padre Gerry. Todo el mundo se olía algo. Unas personas tenían fuertes sospechas. Otras habían oído historias inquietantes. Algunas otras habían sufrido abusos. Dos familias perdieron a sus seres queridos por las repercusiones derivadas de estos abusos. Sin embargo, nadie dijo nada nunca. Podía comprender el motivo. El mismo por el que yo tardé 30 años. Aquellas personas que osaban insinuar algo eran rechazadas. La parroquia participaba en la culpabilización de la víctima. Nuestra iglesia era el epicentro cultural de la ciudad y contaba con profesores, policías, profesionales de primera intervención, alcaldes y concejales entre sus filas.

Nadie dijo nada nunca. Podía comprender el motivo. Aquellas personas que osaban insinuar algo eran rechazadas. La parroquia participaba en la culpabilización de la víctima.

Una vez que la gente supo que el agresor era un cura que seguía en activo y que trabajaba con niños en un colegio, la conmoción se transformó en rabia. La parroquia, situada a menos de 20 kilómetros de Ridgefield Park, tuvo que hacer frente a una avalancha de llamadas de teléfono y correos electrónicos. No tardaron en desactivar la opción de dejar comentarios en su página web.

Un grupo de mujeres que se hacían llamar a sí mismas las "Putas Implacables" encabezaron el movimiento para exigir la destitución de este hombre. Telefonearon a la archidiócesis. Telefonearon al fiscal del condado. Un agente de la unidad de víctimas del condado me llamó para corroborar mis declaraciones antes de enfrentarse a las autoridades eclesiásticas.

El miércoles de aquella semana convocaron una manifestación en la iglesia para el siguiente domingo. Cuando llegó el viernes, la manifestación se volvió innecesaria: el padre Gerry Sudol fue apartado de su cargo. Habían reabierto una investigación sobre su caso de abusos. Mi historia llegó a la archidiócesis y a los organismos de orden público. Esa iglesia incluso se puso en contacto con mi esposa para hacerle saber que aceptarían de buen grado mi testimonio. No tengo ningún motivo para confiar en las motivaciones o en los métodos de esa iglesia y esta no tiene ninguna autoridad sobre mí, así que mis declaraciones las hice en la fiscalía y, según me dijeron, se las remitirían a la archidiócesis para los procesos que pudiera abrir por su cuenta.

De repente, me estaban entrevistando en NJ.com y estaba en el aire con la filial de la NBC en Nueva York. Cualquier persona del área metropolitana de Nueva York, donde viven unas 20 millones de personas, podía saber que sufrí abusos sexuales cuando era un niño. Ya no había forma de ocultarlo. Si hubiera sabido cuánta expectación iba a generar mi experiencia, quizás me habría replanteado guardarla en secreto.

Y por eso me alegro de no haberlo sabido.

Mi vecino, un camionero que tiene casi 60 años y que quizás sea el mayor chulo que he conocido en mi vida, era uno de los "machos alfa" con los que esperaba no encontrarme cuando se hizo pública mi historia. Como he dicho antes, es complicado sacudirse de encima ese código masculino arcaico de la noche a la mañana. La primera vez que me topé con él después de la difusión de la historia, se acercó a la entrada de mi casa, me dio la mano y me dijo: "Has contado una historia jodidamente increíble. Le has echado huevos. Espero que consigas llevar a esos cabrones ante la justicia".

Confío en que logremos mantener esta noticia en las portadas durante el tiempo suficiente para darles a los líderes políticos un motivo para que investiguen bien a la organización más antigua del mundo.

Menos de dos semanas después de haber publicado la noticia, los estados de Nueva Jersey y Nueva York anunciaron que seguirían el ejemplo de Pensilvania e iniciarían una investigación sobre los abusos sexuales del clero y sobre la respuesta de la Iglesia Católica. Sé que nuestro grupo de Facebook de 380 personas no fue el factor desencadenante de la decisión, pero confío en que logremos mantener esta noticia en las portadas durante el tiempo suficiente para darles a los líderes políticos un motivo para que investiguen bien a la organización más antigua del mundo.

Mi esposa y yo nos hemos reído un montón desde que confesé mi experiencia de abusos sexuales, lo que me lleva a pensar que mi conducta general ha cambiado. No fue una consecuencia intencionada, pero le doy la bienvenida, así como a la reducción de mi tensión arterial y a mis nuevos hábitos de sueño.

Me he dado cuenta de que no soy una víctima, soy un superviviente. Los machos alfa que antes temía que se burlaran de mí si conocían la verdad son ahora algunos de los que más me apoyan. Por primera vez en mi vida, siento que he abierto una vía. No sé bien adónde irá a parar la vía. Sin embargo, ver cómo toda una comunidad de personas con las que llevaba décadas sin hablar han empezado a apoyarme conforme nos hemos puesto al día con nuestro secreto no tan secreto me ha hecho recuperar la fe en la humanidad en estos tiempos a veces tan distópicos.

Canalizar la rabia que he albergado contra la iglesia de un modo productivo y exigir plenas responsabilidades y justicia han resultado ser los propósitos de mi vida, solo que hasta hace poco no tenía ni idea.

Supongo que es cierto que la vida vuelve a empezar a los 40.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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