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10/03/2021 07:15 CET | Actualizado 12/03/2021 12:02 CET

Hacia una política exterior feminista con África

Hay que abordar toda la política migratoria si realmente se quiere avanzar más allá de las palabras.

Pool Moncloa / Fernando Calvo
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en la última cumbre del G5 Sahel, en junio de 2020 en Mauritania.

No hay imagen más desoladora que la de una de estas cumbres, encuentros y visitas entre políticos europeos y africanos en los que las mujeres son una nota de color anecdótica. La foto retrata a la perfección la política exterior de la Unión Europea con este continente, unas relaciones en las que no sólo necesario sino urgente hacer un diagnóstico del agujero negro que hay respecto a los derechos fundamentales de las mujeres africanas. Es un reto que hay que abordar desde todas las perspectivas posibles —económica, social, de seguridad y defensa, de desarrollo, etc.— y que requerirá  un cambio profundo de las estrategias actuales si no se quiere que, como tantas veces ocurre, se vendan como avances lo que sería otro mero maquillaje para que todo siga igual.

En la jornada Retos para una política exterior feminista en el Sahel y África Occidental, organizada por Alianza por la Solidaridad-ActionAid, en colaboración con Oxfam Intermón y el Grupo de Estudios Africanos de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), quedó en evidencia que nuestra política exterior respecto a la vecina África tiene una importante deuda con sus mujeres. Años de migración desde el sur, en los que la presencia femenina no deja de aumentar, imponen la necesidad urgente de analizar cómo transformar, que no sólo mejorar, las estrategias del nuevo III Plan África, aprobado en 2019 como marco en unas relaciones donde el neocolonialismo sigue presente.

Nuestra política exterior respecto a África tiene una importante deuda con sus mujeres

Clara Cabrera, embajadora en Misión Especial para la Igualdad de Género del actual Gobierno, puso el eje en la necesidad de tener una política exterior feminista transversal a todos los programas, acuerdos, relaciones bilaterales, acciones y consultas que ya existen entre España y los países del occidente africano. También en la cooperación al desarrollo, el único espacio donde si que está algo más visible, al incluirse los derechos específicos de las mujeres  y niñas en cuantos proyectos se ponen en marcha.

Pero Cabrera reconocía que no es suficiente y que esa nueva política será guía para este Gobierno ya se hable de asuntos comerciales, cambio climático o seguridad, estrategia que ya anunció en enero en el Congreso la ministra de Exteriores, Arancha González Laya. El foco, concretó, se pondrá expresamente en lo relacionado con la paz y la seguridad, el tráfico de mujeres, la violencia de género o el imperativo de que ellas participen en todos los procesos.

Pero ¿es esa la mirada feminista que hace falta? Para especialistas como Itziar Ruiz-Giménez, investigadora y profesora en la UAM, incorporar las gafas violetas a lo que ya existe es el camino fácil: “No se trata solo de incluir a las mujeres, sino de cambiar las estructuras globales de poder que generan desigualdades de género, de aportar la visión de prevención y mediación en las que nos enfocamos nosotras”, destacaba.

Y es que, como recordaba, se comenten contra las africanas auténticas vulneraciones de derechos humanos fundamentales, reconocidos por la ONU hace 73 años, en las que rara vez se mete la diplomacia exterior, mucho más centrada en asuntos económicos y comerciales —aún a costa de que las empresas beneficiarias generen un deterioro ambiental y social— y en el refuerzo de la seguridad fronteriza para evitar que dejen sus países. “Es preciso un diálogo profundo con las poblaciones del sur, olvidándonos del enfoque colonial que aún tenemos”, añadía Mercedes Ruiz-Giménez, expresidenta de la Coordinadora de ONGD poniendo el dedo en esa llaga que se remonta en los tiempos y se basa en trasladar nuestras iniciativas de norte al sur, sin acabar de comprender ese mundo femenino africano que describía la jurista Fatoumata Dembélé Diarra, exvicepresidenta primera de la Corte Penal Internacional.

Desde su Mali natal, Dembéle Diarra nos trasladaba a ese mundo del sur del desierto en el que millones de mujeres, como desde hace cientos de años, siguen volcadas en penosos trabajos, sin reconocimiento alguno y sin más posibilidad de prosperar que su huida. Cocinar, recoger leña, buscar agua, cultivar, vender en el mercado, cuidar de los niños, lavar…

Vidas de trabajos no remunerados que se suman su falta de escolarización, su ninguneo la toma de decisiones, su desprotección en los testamentos, la violencia de género y la social, los matrimonios forzosos y los tempranos, la mutilación genital… “El desarrollo no llegará a África mientras nuestras mujeres sigan languideciendo bajo tareas domésticas penosas, excluidas de la toma de decisiones”, denunció la jurista. Pero, ¿acaso alguno de estos asuntos figura en esas reuniones diplomáticas, consultas o convenios entre gobiernos? ¿Se conoce qué quieren de estas mujeres y se presiona en su apoyo en la política exterior española? Más allá de la pobreza, ¿se es consciente de lo que impulsa a las africanas a dejar su tierra?

Rosa M. Tristán
Mujeres africanas, en el sur de Senegal, en una de las huertas comunitarias apoyadas por Alianza por la Solidaridad.

Hasta ahora, las políticas realmente feministas no se ha traducido en hechos. No hay más que ver lo que pasa con la migración, que tiene implicaciones en políticas interior y exterior. La italiana Sara Pestrianni, responsable de migración y asilo de la red EuroMed Rights, en el acto celebrado en Caixa Fórum, puso el dedo en llaga al recordar que la estrategia europea, y también española, es “foco de la violencia contra las mujeres”. No solo porque quedan en indefensión absoluta cuando llegan a una costa europea sin visado, sino porque muchas mueren ahogadas, también sus hijo, y otras muchas son violadas y agredidas en países adonde las devuelven las autoridades europeas.

Pestrianni, además de denunciar que no hay presupuesto para poner en marcha esa política exterior feminista española, resumió en tres los ejes de unas relaciones que deben dar un vuelco para que la relación con África Occidental no vulnere derechos humanos. El primero, que ahora se conceden las ayudas al desarrollo a los países africanos según cómo frenan su migración en origen. Puso el ejemplo de Marruecos, que obtuvo muchos recursos para cerrar con vallas su frontera norte, a costa de que abrir una más mortífera desde el sur, vía Canarias. ¿Es desarrollo militarizar controles fronterizos?

Otro, la relación entre seguridad y migraciones, es decir, se utiliza dinero de la lucha antiterrorista para control del tráfico de personas en países como Níger. “Al final, se cierra la ruta a Libia y se abre otra por el norte de Malí, donde el dinero acaba en manos de los islamistas a los que se debería combatir con ese dinero”. Y la tercera, condicionar la concesión de visados legales a países que favorezca los retornos de sus migrantes. Todo esto, en palabras de Pestrianni, tiene más que ver “con la lógica del chantaje que con la lógica constructiva”.

Preocupa cómo, a nivel europeo y nacional, la presencia de grupos ultras en las instituciones puede poner zancadillas e incluso suponer retrocesos para esa transformación pendiente. Itziar Jiménez argumentaba que la extrema derecha siempre ha existido, aunque el cambio social ha impulsado a los conservadores a dar un giro en sus planteamientos en los que este grupo no tiene cabida, así que, en el fondo, lo ve cómo un reforzamiento de las posturas feministas. Otra cuestión es el uso político que, además, se hace de los discursos xenófobos de cara a conseguir votos en sus campaña, aunque el verdadero peligro, considera Pastrianni, es que la UE trate de contentarles en busca de consenso en temas que son la antítesis de una política feminista como la que se anuncia.

En definitiva, en la primera jornada de este ciclo de reflexión, que cuenta con el apoyo de la Fundación La Caixa, cuatro cuestiones quedan claras: es necesaria una gran ambición, y con presupuesto, para cambiar la política exterior hacia planteamientos realmente feministas. La transformación debe ser profunda porque hay que desafiar estructuras de poder. Hay que abordar toda la política migratoria si realmente se quiere avanzar más allá de las palabras. El ciclo continuará hasta septiembre para seguir avanzando. De momento, la senda feminista hacia una nueva forma de relacionarnos con África ha echado a andar… Quizás un día no muy lejano la imagen hoy desoladora sea muy distinta.

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