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26/10/2020 14:33 CET | Actualizado 26/10/2020 14:33 CET

Hechos, no palabras

Que el anuncio de enmienda del PP no se quede en una pose fatua. Hace falta unidad de acción para superar el reto colectivo de luchar contra el coronavirus.

Europa Press News via Getty Images
El líder del PP, Pablo Casado.

Cumplir con la obligación no supone ningún mérito. Mucho ha tardado Pablo Casado en romper (de momento de boquilla) con la extrema derecha. Esta sintonía previa resulta inconcebible en nuestro entorno europeo: con los ultras no si pacta ni se les da alas. Lo que ha hecho el líder del Partido Popular en el debate de la moción de censura fallida y derrotada de Vox no tiene mucho más mérito que el de la rectificación. En cambio, la derecha en todas sus dimensiones, y especialmente la mediática, se ha apuntado al simplismo del ‘ha nacido una estrella’. Los liderazgos no son flor de un día, primero hay que ganarlos y luego preservarlos en el tiempo… Aunque había (o sigue habiendo) tanta orfandad de una derecha moderada que cualquier destello, por pequeño o de cajón que éste sea, se convierte en noticia. 

Bienvenido el gesto de Casado, pero que no se quede en un discurso y pase a la acción. Lo que representaba una anomalía democrática era (¿es?) su idilio con Vox, una realidad que lo alejaba y de qué manera de sus homólogos populares del viejo continente. En Europa se aísla a la extrema derecha y el PP, junto con Ciudadanos, mantiene gobiernos en las comunidades de Andalucía, Madrid y Murcia y en muchos ayuntamientos gracias al partido de Abascal. Se ha jugado con fuego hasta que la quemadura ha obligado a la dirección del PP a intentar un cortafuegos para evitar males electorales mayores. De momento, en Andalucía el presidente (PP) como el vicepresidente (Cs) se han manifestado contrariados por este golpe de timón de Casado y las repercusiones en la gobernanza de una comunidad que depende del voto de Vox. Queda, por consiguiente, mucho camino por recorrer. Pruebas, nos faltan pruebas para confirmar este eventual compromiso dialéctico.

Pablo Casado ya nos ha demostrado que es el hombre de las cien caras. En su corto periodo como jefe del PP, ha dado ya sonoros bandazos en función del son que marcan las encuestas.

Al igual que el papel, la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados todo lo aguanta. Dice el dicho popular que las palabras el viento se las lleva. O si recurrimos al clásico latino ‘res, no verba’, es decir, hechos y no palabras es lo que hay que exigir al primer partido de la oposición. Si quiere ser creíble, Pablo Casado tendrá que confirmar con actos los propósitos de ruptura con la extrema derecha, la renuncia a posiciones radicales antisistema y el regreso a la senda institucional. Ya tiene la primera prueba de fuego sobre la mesa: ¿Apoyará este nuevo PP postmoción de censura el estado de alarma planteado por el Gobierno de España hasta el mes de mayo o antes si lo permite la mejora de la situación pandémica?

Los altavoces mediáticos conservadores ya han ‘comprado’ y aireado a los cuatro vientos la vuelta al centro del PP. Será el enésimo viaje que el partido de Casado emprenda en esa dirección y nunca acaba de alcanzar. En su camino siempre encuentra cíclopes, dioses del Olimpo ofendidos y sirenas que los distraen de su misión y, como a Ulises, los retrasan en su llegada a su particular Ítaca. Pablo Casado ya nos ha demostrado que es el hombre de las cien caras. En su corto periodo como jefe del PP, ha dado ya sonoros bandazos en función del son que marcan las encuestas. Su capacidad para travestirse (ora de radical, ora de moderado) ya la conocemos. Se pone la chaqueta que, según la demoscopia, más interese en cada momento. Una cierta duda sobre su súbita conversión resulta más que razonable. El tiempo siempre da y quita razones y nos demostrará si este nuevo viraje llega a alguna parte o se queda en simples fuegos de artificios. 

El PP lleva demasiado tiempo instalado en la sinrazón, en el uso enfático de un patriotismo de pacotilla y en el desapego en la búsqueda del bien común.

Como oposición, el PP tiene la obligación de controlar y fiscalizar la acción del Gobierno, pero también tiene la responsabilidad (en su cuota parte) de contribuir al progreso de España. El trabajo de oposición es fundamental e imprescindible en democracia, pero cuando se renuncia al interés general por la política de tierra quemada buscando el beneficio propio se malversa el mandato democrático. El PP lleva demasiado tiempo instalado en la sinrazón, en el uso enfático de un patriotismo de pacotilla y en el desapego en la búsqueda del bien común. 

Frente a esta dilatada deriva de los populares, nada mejor que la reflexión constructiva del filósofo Emilio Lledó: “Tenemos que tener una bandera de justicia, de bondad, de educación, de cultura, de sensibilidad, de filantropía, otro sustantivo maravilloso de los griegos, el amor a los otros”. En estos momentos de incertidumbre y crisis que estamos viviendo es más urgente que nunca hacer realidad estas palabras del profesor, una de las mentes más lúcidas de este país... Y que el anuncio de enmienda del PP no se quede en una pose fatua. Hace falta unidad de acción para superar el reto colectivo de luchar contra el coronavirus y sus consecuencias.

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