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08/02/2020 10:46 CET | Actualizado 08/02/2020 10:46 CET

'Historia de un matrimonio': barrerlo todo y seguir viviendo

Banderas de envidia, de ira, de desesperación, de inseguridad. Banderas que solo el amor y el desamor comparten.

Fotograma de 'Historia de un matrimonio'. 

Tiene los ojos enrojecidos y el labio inferior temblando. Habla de manera irracional, los sollozos le llegan desde el pecho y ensaliva sus frases. Scarlett Johansson, la actriz voluptuosa que se revolvía por la hierba bajo la lluvia en Match Point (2005), no se parece a sí misma. Su expresión grave narra su divorcio en Historia de un matrimonio (2019). Su duelo perfila la desidia de dejar de querer sentir, más allá de dejar de sentir. Porque la burocracia de la separación también es emocional. 

Scarlett Johansson se llama en este caso Nicole y va a deshacer su vida de élite cultural con Adam Driver, que en esta ocasión se llama Charlie. Al inicio de la película, ambos leen unas cartas descriptivas, en las que muestran los rasgos más identificativos del otro. Parecen imágenes extraídas de otras vidas, donde enamorarse no acababa nunca. El escritor Antonio Gala describe este ambiente onírico: “El amor en medio de esta pesadilla es lo único real. Todo lo demás es real si el amor lo toca con su propia mano o si se seca sus manos en ese paño áspero, tosco y mal hecho que es el mundo en que vivimos”.

Nicole y Charlie trabajaban en la misma compañía de teatro, ella era actriz y él director. Tras varios años juntos, ella se siente anulada y él no se ha percatado. Después del inicio idílico, la realidad se muestra como todo lo contrario. Parece ser demasiado tarde. El poeta T. S. Eliot expresó la espontaneidad del fin al romance: “Así se acaba el mundo. No con un estallido, sino con un sollozo”. Leila Guerriero lo citó en una columna, y añadió: “Hay cobardías que requieren de coraje”. Solo les queda un pasado corroído y un futuro enmarañado. La poeta Mercedes Carranza lo versa también en Oda al amor: “Una tarde que ya nunca olvidarás/ llega a tu casa y se sienta a la mesa” y lo desenreda: “Cualquier tarde que ya nunca olvidarás/ el que desbarató tu casa y habitó tus cosas/saldrá por la puerta sin decir adiós”. 

Ella y él se enzarzan en un nuevo enfrentamiento porque no pueden vivir tan distanciados: tienen un hijo.

Nicole sale del hogar común y vuelve a su ciudad natal, Los Ángeles. Charlie se queda donde habían construido su vida, Nueva York. La actriz decide poner fin a las tablas y volver a sus inicios cinematográficos. El director tiene cada vez más éxito. Ella y él se enzarzan en un nuevo enfrentamiento porque no pueden vivir tan distanciados: tienen un hijo. Y el prolijo amor por él tampoco es suficiente para que orquesten una ruptura suave. Perpetúan el Manual para salvar el odio de Julio Cortázar: “Que ella o él se lleven/ -aunque dure bien poco- nuestro odio/ igual que una bandera. Para siempre”. Se van clavando dulcemente las banderas. Banderas de envidia, de ira, de desesperación, de inseguridad. Banderas que solo el amor y el desamor comparten. A veces lo hacen directamente, con gritos; otras lo hacen a través de sus abogados. Ella ha contratado a Nora (Laura Dern) y él a Jay Marotta (Ray Liotta). El matrimonio roto es decadente y los juristas, ajenos a declive, se ven majestuosos. Parece que se dedican más a la farándula que Nicole y Charlie.

El amor, para el periodista Martín Caparrós supone -con sarcasmo- un deber: “quien no lo tiene viene a ser alguien que no supo o no pudo, un ser fallido”. El director de Historia de un matrimonio, Noah Baumbach, transmite esa sensación de desconsuelo vital. Lo latente en el filme es el error comunicativo. Hay escenas en las que un gesto define la profundidad de la situación. Por ejemplo, que Nicole pida algo de comer para Charlie cuando él se ve perturbado y confuso en una reunión con los abogados; o que ambos cierren la puerta corredera del chalet a la vez y se muestren sus cuerpos al fin separados por un muro.  

El filósofo Erich Fromm describió que “paradójicamente, ser capaz de estar solo es la condición para ser capaz de amar”. Ambos emprenden un futuro solos, pero también acompañados: ella por su familia y él por sus amigos. Por lo tanto, desquerer también es volver a querer. Al menos, ser uno mismo. “Deberás comenzar a hacer de nuevo la casa,/ reacomodar los muebles, limpiar las paredes,/ cambiar las cerraduras, romper los retratos,/ barrerlo todo y seguir viviendo”, lo concluiría Mercedes Carranza.

 

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