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01/08/2019 07:21 CEST | Actualizado 01/08/2019 16:32 CEST

Historia de una lucha

DNY59 via Getty Images
Estatua representando a la Justicia. 

Cuanto más te acercas a los tribunales, más consciente eres de que la justicia, como tal, no es algo alcanzable. Sin un órgano judicial que permita el libre acceso de quienes han sufrido una razón lo suficientemente grave como para someterse al veredicto de los togados, la sociedad está condenada al no progreso.

Cuando estudiaba la asignatura de derecho aprendí uno de los principios clave que me han hecho ver al mundo de la jurisprudencia con un anteojo crítico: las leyes, el sistema jurídico en sí, es conservador. Nos decían en aquellas clases de derecho civil que la ley siempre va por detrás de la sociedad y es la sociedad y las necesidades sociales las que hacen posible el avance de las leyes.

En este caso, en el de Dori, la ley, como acostumbramos a ver día a día en los medios de comunicación social, no ha sido justa. Os pongo en antecedentes: Dori es una de esas personas duras como un diamante, con una fortaleza interior sin parangón. Ella ha luchado y lucha desde su fuerza, a través del tejido asociativo de su barrio en Salamanca, por los derechos de las mujeres gitanas. Es verdad que en el ámbito nacional su nombre no resuena, pero ella en su ciudad ha ayudado a cientos de personas desde la palabra y la unión de fuerzas. Y es esa devoción por la justicia lo que hace que Dori nunca pare, nunca cesen sus ganas de entender que los jueces y las juezas trabajan por y para hacer que nuestra vida se desarrolle en un entorno de igualdad y de transparencia institucional.

Y ahora, me permito la licencia de hablar de su caso, un caso que conocí de primera mano y por el que aposté, personalmente, en la lucha por una reposición del daño causado por una operación médica, una reducción de estómago, que comenzó siendo salvadora y que desembocó en más de diez intervenciones que, lejos de traerle la tranquilidad y la paz, le han supuesto sumirse en un estado de salud inasumible, con decenas de efectos secundarios derivados del bisturí.

Uno de esos primeros efectos secundarios fue no poder seguir desarrollando su actividad laboral de manera habitual. De poder aportar a la economía familiar un sustento con el que poder hacer posible la subsistencia, a tener que ver cómo el nivel adquisitivo de su familia caía sin poder hacer nada para remediarlo. Este, pese a todos los efectos que han supuesto en su salud los cortes del bisturí, ha sido sin duda el gran eje vertebrador de todo su mal.

Cuando emprendimos el inicio de esta lucha, allá por el 2012 y con ya cinco operaciones en su cuerpo, lo primero que se nos ocurrió fue acercarnos a la justicia para que fuese quien dictaminase que las patologías que sufría y sufre hoy en día Dori le incapacitaban para realizar sus labores como empleada doméstica, su principal fuente de ingresos en ese momento. La justicia le dijo que no existía una incapacitación puesto que entendía que “no necesita el abdomen para realizar su trabajo”. Ese fue sin duda el primer jarro de agua fría que recibimos en un camino que, desde el principio, veíamos como titánico.

Pero el espíritu de una guerrera incansable no cesa cuando en el empeño de la búsqueda de la justicia esta no se encuentra. Y, entonces, pidió a través del Instituto de la Seguridad Social que se le reconociese una discapacidad mayor al 33% y que, por tanto, se le dotase del ingreso mensual de una pequeña pensión para poder hacer frente a los gastos lógicos que se dan en un hogar. En esa época, cuando estábamos pidiendo la pensión, sufrió una recaída y tuvo que volver a ser intervenida e incapacitándola aún más para desarrollar su tarea. La respuesta fue clara y contundente: no. Y ese no vino precedido de una explicación sin lógica ninguna. No había cotizado lo suficiente como para recibir una pensión que le ayudase, al menos, a pagar la factura de la luz. 

Pero no cejamos en el intento y conseguimos una cita con un médico para que le certificara los daños sustanciales que se pueden observar aún hoy en su cuerpo. No sirvió para más que para gastar unos miles de euros de una economía familiar fracturada no solo por la situación laboral de Dori, sino también por la crisis incipiente que sufrimos, aún hoy, en España. 

Quise, en ese momento, sacarlo a los medios. Llamamos a decenas de redacciones tanto de televisión, radio o prensa escrita. Y recibimos el mismo tipo de negativa. Y la lucha comenzó a demostrarnos que la pelea desgasta y que no se puede pelear contra gigantes, como nos demostró Cervantes en el Quijote. Que dentro de la medicina existe también un corporativismo contra el que no podemos hacer nada, como también nos aseguró algún profesional sanitario.

Aunque a alguien le duela, no pararemos. No vamos a parar en la lucha porque esta es una causa justa; no sólo por la defensa de Dori, primera damnificada, sino en la defensa de todas aquellas personas que sufren las negligencias médicas y se quedan en el tintero. Por todas esas personas injusticias que provoca la justicia cuando se hace una aplicación literal de la norma. 

Hoy somos más fuertes que nunca. 

 

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