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09/01/2021 12:08 CET | Actualizado 09/01/2021 12:08 CET

Historia y folclore: Trump y la "verdad" del fraude electoral

Las teorías conspirativas son narraciones folclóricas. Su atracción reside en proporcionar una explicación reconfortante a situaciones difíciles de entender o de aceptar.

BRENDAN SMIALOWSKI via Getty Images
El presidente saliente de EEUU, Donald Trump. 

Este artículo se publicó originalmente en El Cuaderno.

 

Uno de los acontecimientos más llamativos de las elecciones presidenciales de 2020 en Estados Unidos es la alegación, hecha por Donald Trump y aceptada por muchos de sus seguidores, de que ha habido fraude electoral. A pesar de que no hay ninguna prueba de esto, la creencia no remite y muchos republicanos la defienden con convicción. Las explicaciones racionales no les persuaden. ¿Por qué? Porque saben que Trump habría salido triunfador si no hubiese sido por los millones de votos emitidos a favor de Joe Biden por los miembros de las minorías étnicas. Lo que les parece inaceptable, en mi opinión, es que Trump haya perdido las elecciones a causa de éstos.    

Un anticipo de esta actitud se vio ya en las elecciones presidenciales de 2016, cuando Trump, aunque ganó el colegio electoral, quedó muy por detrás de Hillary Clinton en el voto popular, lo que explicó diciendo que habían votado millones de ilegales, interpretación que fue adoptada sin vacilaciones por muchos de sus seguidores. ¿Cómo sabían éstos que había habido fraude electoral por parte de millones de inmigrantes indocumentados? Porque muchos ciudadanos dijeron haber visto ilegales en los colegios electorales. Sin embargo, dado que no tenían manera de comprobar si los papeles de los votantes estaban en regla, no se explica cómo podían haber detectado a los supuestos inmigrantes indocumentados. A simple vista, únicamente podían haber determinado que los votantes no eran blancos. En otras palabras, lo único que habían podido observar era que habían votado bastantes miembros de las minorías étnicas. 

Se ha dicho que los seguidores de Trump creen ciegamente todo lo que dice porque sienten que tiene razón. “They can feel it in their bones”. Lo sienten en los huesos. Lo saben en su interior. Este conocimiento visceral, que no puede explicarse de acuerdo con las reglas de la historia, se entiende perfectamente cuando se examina a la luz de los mecanismos del folclore. La historia es hechos, mientras que el folclore es sentimientos. La creencia de que los votantes que muchos ciudadanos habían visto en los colegios electorales eran ilegales no es más que la materialización de una metáfora, o concretización de una idea abstracta, a saber, la creencia de que los miembros de las minorías étnicas no son verdaderos americanos, es decir, que son ilegales metafóricamente. La materialización de una metáfora o concretización de una idea abstracta va un paso más allá y dice que estos votantes son ilegales literalmente, es decir, que están en el país en situación irregular. A mi juicio, la enorme vehemencia con la que Trump y sus seguidores defienden la noción de que ha habido fraude electoral viene de su intenso sentimiento de rechazo a los miembros de las minorías étnicas, que contemplan como ciudadanos espúreos. De ahí a creer que son inmigrantes indocumentados no hay más que un paso, que muchos dan sin pensar.

Trump sostuvo con aplomo que Obama no era americano de verdad, ni por lo tanto presidente auténtico

Las teorías conspirativas son narraciones folclóricas. Su atracción reside en proporcionar una explicación reconfortante a situaciones difíciles de entender o de aceptar. Muchas teorías conspirativas tienen que ver con tensiones raciales. La materialización de una metáfora o concretización de una idea abstracta, que es la esencia del folclore, sirve para proyectar miedos y deseos humanos, expresando sentimientos verdaderos mediante hechos falsos. Los folcloristas Alan Dundes y Patricia Turner proporcionan dos ejemplos relevantes de este fenómeno.

En su libro La leyenda del libelo de sangre (The Blood Libel Legend, 1991, pp. 226-360), Dundes estudia una teoría conspirativa popular entre los cristianos de la Edad Media europea, a saber, que los judíos celebraban misas macabras en cada una de las cuales mataban a un niño cristiano, tomando su sangre con pan. En esta narración, Dundes encuentra concretización de una idea abstracta y proyección inversa. Su interpretación es que, mediante esta falsa acusación, los cristianos decían que los judíos hacían literalmente lo que ellos hacían metafóricamente en la comunión, es decir, participar en canibalismo ritual. Esta teoría conspirativa les resultaba creíble a los cristianos, porque contemplaban a los judíos como una imagen opuesta o una versión negativa de sí mismos.

En su libro He oído decir (I Heard It Through the Grapevine, 1993, pp. 9-32), Patricia Turner analiza una teoría conspirativa popular entre los negros americanos de la época de la esclavitud, a saber, que los blancos eran caníbales. En esta narración, Turner halla concretización de una idea abstracta y proyección directa. Su interpretación es que la idea abstracta que se concretizaba era que, mediante su dominio sobre ellos, los blancos explotaban y consumían a los negros. La concretización consistía en decir que los blancos ingerían a los negros en sentido literal y no metafórico. Esta teoría conspirativa les parecía verosímil a los negros por el gran miedo que tenían a ser aniquilados por sus amos, cuyo apetito por sus servicios era insaciable.

Trump entiende intuitivamente el poder del mecanismo folclórico de la materialización de una metáfora o concretización de una idea abstracta, que ha usado con gran éxito en sus dos campañas electorales, empezando por su sonada declaración de que Barack Obama no era ciudadano americano ni por lo tanto presidente legítimo, con la que irrumpió en la vida política. Es sabido que Obama no solamente nació en los Estados Unidos, sino que es hijo de una ciudadana americana. Se mire como se mire, cumple con todos los requisitos. Pero Trump sostuvo con aplomo que Obama no era americano de verdad, ni por lo tanto presidente auténtico. Con esta famosa aseveración empezó a ganar seguidores por la sencilla razón de que la figura de un hombre negro no era compatible con el concepto que algunos ciudadanos tenían de los americanos reales ni de los presidentes genuinos. A esos ciudadanos la afirmación de que Obama no era literalmente ni americano ni presidente les parecía cierta. Era un conocimiento visceral. Lo sabían en su interior. Lo sentían en los huesos.

Aproximadamente el 60% de la población es blanca y el 40% está compuesto por miembros de las minorías étnicas

Ahora Trump ha vuelto a invocar el fraude electoral para explicar el mayor apoyo que prestaron los ciudadanos a los demócratas en los comicios de 2020, en los cuales, dice falsamente, no solamente participaron ilegales, sino que, además, se usaron máquinas venezolanas, las cuales estaban trucadas para darles más votos a los demócratas. El subtexto en ambos casos es que el fraude electoral fue cometido por hispanos y por otros miembros de las minorías étnicas. ¿Por qué? Porque cualquier voto que emitan éstos se ve en abstracto como ilegítimo, lo que luego se concretiza y transforma en un voto literalmente fraudulento.

En estos momentos, aproximadamente el 60% de la población es blanca y el 40% está compuesto por miembros de las minorías étnicas. A Trump lo apoyaron la derecha económica tradicional, la derecha religiosa radical y la derecha desafecta, compuesta en su mayor parte por blancos sin estudios universitarios, que son el núcleo duro de sus seguidores. A Biden lo secundaron jóvenes de todas las razas, los blancos con estudios universitarios y los miembros de las minorías étnicas, que constituyen el componente principal de sus partidarios. Sin su voto, que fue masivo, nunca habría podido ganar las elecciones presidenciales. Por eso ahora está nominando a numerosos miembros de las minorías étnicas para puestos importantes en su gabinete. Los miembros de las minorías étnicas, que incluyen muchos dirigentes y profesionales altamente preparados, son una fuerza política fundamental en estos momentos. 

Esto es lo que, a mi entender, resulta inadmisible a Trump y a sus seguidores. Lo que explica sus acusaciones de fraude electoral es el convencimiento de que el país les pertenece a los blancos y de que los miembros de las minorías étnicas no deberían tener poder de decisión. Esto es lo que sienten en los huesos con pasión, lo que saben con absoluta certeza en su interior, su fuerte conocimiento visceral. Y por más explicaciones racionales que se les den, seguirán creyendo que hubo fraude electoral, porque su verdad es mucho más poderosa que la de los hechos: Es la verdad de sus sentimientos, de acuerdo con los cuales los miembros de las minorías étnicas son todos ilegales, tengan sus papeles en regla o no.

 

Cristina González (Gijón, 1951), licenciada en filología románica por la Universidad de Oviedo y doctora en literatura española por la Universidad de Indiana-Bloomington, es catedrática emérita de la Universidad de California-Davis. Es experta en literatura castellana medieval y de la primera modernidad, en la cultura hispana contemporánea en Estados Unidos y en historia de la educación superior, con énfasis particular en temas de diversidad y liderazgo académico.

 

Este artículo se publicó originalmente en El Cuaderno.