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18/05/2021 07:21 CEST | Actualizado 18/05/2021 07:21 CEST

Huérfanos y abandonados

La alta política descansó sobre los estrategas de salón, que no se dieron cuenta de cambiaban las circunstancias. Una gran parte de la ciudadanía se sentía huérfana.

Eduardo Parra / Europa Press via Getty Images)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, con semblante serio, en una rueda de prensa. 

La guerra política, con perdón, superpuesta a la emergencia sanitaria provocada por la pandemia, está dejando muchos huérfanos en España. Algunos irresponsables tratan ladinamente de apagar el fuego echando gasolina a tapón quitado.

Ahí tienen el caso trágico de los indignados del 15-M, cuyo décimo aniversario se acaba de conmemorar con la nostalgia y el desengaño de lo que pudo ser y no fue, empañando el ambiente. Fue una sacudida que atravesó la sociedad sin pararse a distinguir razas, credos, sexo, riquezas o pobrezas, carnívoros o veganos.

La crisis hizo insoportables, sobre todo por el agravio comparativo con los verdaderos causantes y beneficiados del crac, los sacrificios de los trabajadores y de la clase media, sobre todo de la que cogió el ascensor social y ascendió a esa condición tras los grandes cambios que trajeron consigo un estado de bienestar a la europea introducidos por los gobiernos de Felipe González, ingreso en la CEE (ahora UE) incluido.

Habían ganado mucho y se vieron en el trance de perderlo casi todo mientras la derecha privatizaba sin freno. Hasta las casas sociales. Hasta la sanidad.   

En Sol, pues, confluyó la ciudadanía. Los que no pudieron estar presentes se sentían representados.

Pasan 10 años y hay otro revolcón en Madrid. Esta vez lo encarna una política de una derecha echada al monte del nacionalismo populista, a fuer de libertario y desvergonzado, con un inconfundible sabor a trumpismo. Isabel Díaz Ayuso descentra del todo a un PP ya descentrado por desnortamiento.

No es una mera resurrección del aznarismo. Los análisis sociológicos son claros y coincidentes: la victoria aplastante de la presidenta madrileña, espuma de una botella de champán diestramente agitada, no se puede explicar sin los votos que pescó en el caladero periférico tradicional de la izquierda, los barrios obreros. Los más pobres. Un sector progresista, pues, votando al conservadurismo reaccionario.

La victoria aplastante de la presidenta madrileña no se puede explicar sin los votos que pescó en el caladero periférico tradicional de la izquierda

El trasvase es difícil explicarlo solamente con el recurso del síndrome de la fatiga pandémica: el cansancio de tanto confinamiento, las restricciones de la movilidad, las severas normas para evitar nuevas oleadas del virus antes de que la inmunización vacunal haya surtido efecto… Los daños económicos serán probablemente superiores a los de la crisis de 2008.

Es una nueva capa tectónica de esfuerzos y pérdida de posiciones. Las cuantiosas ayudas europeas —que beneficiarán más a los países que, como Italia, España, Francia, Portugal, más están sufriendo las consecuencias— no serán suficientes, y habrá que ir pagando lo prestado y las secuelas. Se avecinan ajustes estructurales muy duros, aunque muchos pongan cara de póker.

Hay en el ambiente un cierto efecto Goebbels y sus 11 principios —algunos expertos dicen que son 14— de la intoxicación y la propaganda. Ya se sabe, lo de repetir una mentira mil veces y las que sean necesarias hasta que se tome por verdad. Como ese cuento de que en Madrid hay más libertad que en Fregenal de la Sierra o que en Canarias o en Valencia. Pero eso fue como un arte de encantamiento, que consiguió lo que parecía imposible: que muchos indignados votaran ayusismo, que muchos progresistas votaran reacción; que muchos de izquierda votaran a la derecha más recalcitrante; que muchos encantados de haber conocido a Podemos y de ser tentados con alcanzar los cielos abandonaran el experimento apenas empezado y abrazaran la alegría despreocupada de Díaz Ayuso.

Gran parte de la culpa la tienen los dirigentes. La alta política descansó sobre los muy profesionalizados estrategas de salón, que no se dieron cuenta de que estaban cambiando las circunstancias, y de qué manera. Una gran parte de la ciudadanía se sentía huérfana.

Antes tenía un mundo de certezas. Pero, de repente, se entró en un mundo de incertidumbres. Hasta la Constitución se puso en duda. Mientras, se jugaba con fuego en Cataluña, en Euskadi, y  con muchas cosas serias. Cobró fuerza la campaña antisistema y republicana de una república imposible de media España contra la otra media, con los escándalos financieros de Su emérita Majestad. Cuando de todo se duda, en nada se confía. Esta ha sido la grieta por donde se cuelan todos los falsos profetas, comunistas, fascistas, nazis o medio pensionistas,  peronistas, chavistas o cualquier ista que se ponga de moda.

Una buena táctica no tiene que tener necesariamente un buen final. Preciosos y costosos paseos marítimos y hoteles en primera fila de playa están sufriendo los efectos del cambio climático y el deshielo del Ártico. Muchos salones, tiempo al tiempo, serán pronto spas con agua salada. 

El coronavirus descubrió una realidad española que estaba ahí, pero ocultada por el triunfalismo y la demagogia

Por un lado, el coronavirus descubrió una realidad española que estaba ahí, pero ocultada por el triunfalismo y la demagogia, sueltas o por separado: la sanidad pública no era la mejor del mundo, ni mucho menos. Era un huevo perfecto, a lo mejor, pero con poca yema, con una salud pública a la que los Gobiernos nacional y autonómicos tomaron por el pito del sereno; la administración colapsó enseguida con los ERTE, por ejemplo, como ya había colapsado hace años con la atención a los dependientes, y como colapsará estrepitosamente de nuevo cuando tenga que gestionar y convertir en obras los proyectos de reconstrucción… La escasez de viviendas sociales, en paralelo a la insensata moda del alquiler de viviendas vacacionales, y en Madrid, a la privatización de miles de casas de protección oficial, dispararon alquileres y okupaciones.

Un PSOE ensimismado y engreído —que sigue empeñado en luchas y puñaladas internas, como ahora la batalla por Andalucía que reproduce el esquema centralismo vs. periferia— perdió de vista todo un complejo sistema de nuevos equilibrios. Fue incapaz de responder al discurso de la derecha con un discurso progresista que vaya más allá de un juego de damas, negro contra blanco, de aquí te pillo aquí te como, y el que más come, gana. No tiene ciencia ninguna. Ya no se trataba de eso.

Un PSOE ensimismado y engreído sigue empeñado en luchas y puñaladas internas,

“Hace años que no escucho un discurso como los de antes…”, me comentaba un viejo socialista. “Las sociedades necesitan además de hechos, relatos. Felipe y Alfonso tenían un modelo de España”. Pero es cierto que la democracia también es negociación, y que además hay jueces muy tiquismiquis, que se las cogen, las sentencias, con papel de fumar, como la de la famosa LOAPA que tantos males habría evitado, y ahora lo estamos viendo con el fin del estado de alarma y las medidas anti contagio, pues algunas cosas se quedan a medias…Pero, por sus hechos los conoceréis, el discurso ha ido siendo sustituido por la arenga y el argumentario borreguil.

Claro que algunos se pasan. El PP, que ha solido mercadear con los muertos a la menor ocasión, sea con los del terrorismo etarra, con los del yihadismo, con los del Yakolev, tiene desbarra libre: acusa a Sánchez de ser culpable de las próximas 20.000 muertes por covid. Otra vez una cosa y su contraria: ¿no se había  establecido que precisamente la cacareada “libertad” que le dio la victoria a los populares en Madrid era por oposición a las medidas gubernamentales para contener contagios y fallecimientos?

Woody Allen tiene una famosa frase, muy citada, que sirve perfectamente para reflejar un poco lo que les está pasando en estos momentos a muchos desesperados por el caos que aleja las esperanzas y por la falta de altura de la política ante unos desafíos enormes. “Más que en ningún otro momento de la historia la humanidad se halla en una encrucijada. Un camino conduce a la desesperación absoluta. El otro a la extinción total. Dios quiera que tengamos la sabiduría de elegir correctamente”.

Yo elegiría el primero: de la desesperación siempre se puede salir, si se crean las condiciones necesarias. Y la primera es volver a pensar. Tener sentido de Estado para tejer acuerdos. Pero hay que tener la mente fría, separar la paja del populismo y la información de la intoxicación y las mentiras. Lo cual nos lleva de nuevo al discurso y a la capacidad y credibilidad de los líderes.

Aunque hay posibilidades de que la nueva normalidad se acerque a la que huyó dejando atrás el petate: que paren los contagios y los muertos, que las vacunas, en España y en toda Europa, consigan la inmunidad colectiva; y que empiecen a llegar los fondos para la reconstrucción, a pesar de los palos en las ruedas que se pondrán, como ya lo hacen Casado y Ayuso, para volcar o al menos frenar el carro y entorpecer la creación de riqueza.

Quedan por delante unos años apasionantes y procelosos donde como me decía un ucedeo: “Lo más seguro es que cualquiera sabe”.

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