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13/01/2020 11:02 CET | Actualizado 13/01/2020 11:02 CET

Incongruencias

Puede que la sal de las contradicciones dé sabor a la vida, pero también escuece.

“Ese precioso y necesario don del sentido común, que es el menos común de los sentidos.” (Ramón Gómez de la Serna)

El otro día me pedí un café con leche, un zumo de naranja y un pincho de tortilla para desayunar. Me cobraron dos euros ochenta o noventa; no llegaba a tres. Yo, que me adapto fácilmente a las cosas que nunca cambian y que puedo ser incongruente hasta el extremo de despotricar contra la rutina pero sentirme más seguro en ella, regresé a la misma cafetería al día siguiente con la intención de desayunar lo mismo. Sin embargo, una vez sentado en la barra, qué incongruencia, me di cuenta de que no me apetecía comer nada, así que pedí un café con leche y un zumo de naranja. Me cobraron tres euros y medio.

Sin más ánimo que entender el porqué, le pregunté al camarero que cómo era posible que ese desayuno, sin pincho de tortilla, costase más que el mismo desayuno con pincho de tortilla. Entendiendo a medias mi pregunta, me razonó que el motivo era porque el de la tortilla era “como un desayuno hecho; como un menú” y el otro, no; eran cosas sueltas y, por tanto, más caras. Asentí y hasta pude alcanzar a entender tan estúpido motivo, sin embargo me costó asimilar que un bar de barrio, de mi barrio, de La Rondilla, un bar de los de toda la vida, poco apto para vegetarianos, de esos que ahora tienen papeleras debajo de la barra para que no ensuciemos el suelo pero cuyos clientes de siempre tiramos a fallar, me costó asimilar que un bar así tuviera esas ofertas y promociones más dignas de un Papa John’s o cualquiera de esas cutreces prefabricadas.

Luego me puse a pensar en Bertrand Ndongo, el camerunés de Vox, un partido xenófobo. También pensé en el color blanco y en el color negro, los cuales no pueden ser colores, ya que uno es la presencia de todos y el otro, su ausencia. Una cosa me llevó a la otra y me acordé de John Locke, el filósofo que defendía el derecho natural de todos los seres humanos a la vida, a la libertad y a la propiedad pero que también era uno de los más sólidos inversores de la Royal African Company, una compañía de transporte y comercio de esclavos llevados desde África hacia las colonias británicas en la emergente trata negrera del XVII, además de contribuir personalmente a la formalización jurídica de la esclavitud en Carolina redactando la norma constitucional, ojo, sobre la base de la cual “todo hombre libre de Carolina debe tener absoluto poder y autoridad sobre sus esclavos negros cualquiera que sea la opinión y religión de estos”.

Con la iglesia hemos dado, Sancho. Y es que también hay curas que hablan de sexo y muchas mujeres dentro de la Iglesia. Que hablen los que saben

Para lo que da un café. Y ya que estaba con eso de los esclavos, me vino a la cabeza Haití, nación que, para lograr su independencia y libertad, tuvo que estar pagando una millonada indecente a punta de buques de guerra durante ciento veintidós años a sus prestamistas y a su captor, Francia. También le dieron hace unos años el Nobel de la Paz a Obama y eso que, hasta la fecha, ha sido el primer presidente de Estados Unidos en pasar sus dos legislaturas sin un solo día sin guerra. Ni Roosevelt, oiga. Pero ya ves, aún hoy muchos piensan que Jesús fue (es, perdón) un ente de paz, luz y bondad cuando ni  siquiera le escuchan: “No penséis que vine a traer paz a la tierra; no vine a traer paz, sino espada” (Mateo 10,34–11,1).

Con la iglesia hemos dado, Sancho. Y es que también hay curas que hablan de sexo y muchas mujeres dentro de la Iglesia. Que hablen los que saben y, para niños, Chicco, que lo mismo te fabrica chupetes como preservativos Control, ya ves qué seguridad tan interesada; no descartemos que sinteticen pastillas postcoitales en un futuro.

Otro que sabía de lo que hablaba era Maradona, que llegó a jugar un partido en contra de la droga junto a Julio Alberto justo cuando ambos estaban en su pico. En su pico deportivo, entiéndase. El deporte es así, que un día te diagnostican codo de tenista o pie de atleta sin haber cogido tú en tu vida más raqueta que un paipái y no haber corrido más que al estanco porque te lo cerraban. Y eso que a muchos nos decían nuestros padres que no fumásemos porque era malo y luego nos daban doscientas pesetas y nos mandaban al quiosco a por Ducados. Ducados no era pero sí tabaco negro el que se estaba liando una vez una antigua conocida de esas de las que escribía con “k” y rodeaba las aes con un circulito en sus años de Universidad mientras me animaba a no tomar soja ni a usar sus brotes en las ensaladas porque era transgénica, ergo, cancerígena. Desde entonces, ni la bebo ni la como ni la fumo, que la salud es la salud. Y si tomamos un vaso de vino, un digestivo espirituoso o una caña al día tal y como recomiendan las autoridades, que sea con moderación, que el alcohol y los excesos nunca son buenos.

Otro que sabía de lo que hablaba era Maradona, que llegó a jugar un partido en contra de la droga junto a Julio Alberto justo cuando ambos estaban en su pico. En su pico deportivo, entiéndase

Fíjate que hay hasta gente que deja a su pareja por exceso de amor, porque la quieren demasiado, tanto que no quieren hacer daño y se van. Ay cocodrilos, que lloran mientras devoran a sus presas; ay políticos, que se lamentan del hambre en el mundo y luego celebran sus desencuentros y no acuerdos con fastuosos festines en cumbres intrascendentes pagadas por todos, que para eso somos contribuyentes y no es de recibo vivir en negro y presumir de españolidad en muñecas, retrovisores y hasta en el collar del perro, especie apátrida de idéntico dejo por muy belga, alemán o catalán que sea el pastor. Lo que es nuestro, nuestro es y la Gripe Española, por cierto, no lo es. 

Y así vamos. Nuestro seguro de vida se hace efectivo cuando morimos, tiramos de la cadena al apretar un botón, descolgamos el móvil, Alemania produce unas seis veces más energía solar al año que nosotros, podemos comprar tomates en los mercados medievales de los pueblos, fijamos carteles en las paredes que rezan “prohibido fijar carteles” o decimos con aire certero que no nos importan las vidas de los demás y luego estamos enganchados a Telecinco.

Puede que “las contradicciones sean la sal de la vida”, como decía Benoîte  Groult quien, teniendo dos hijas, militó a favor del aborto y defendió la infidelidad, siendo ésta, según ella, la clave de su larga convivencia con uno de sus maridos, el escritor Paul Guimard.

Hace unos meses, en el Carrefour de Lavapiés redujeron el número de cajas de pago de las de siempre para instalar nueve cajas de autopago, de las de ahora y esperemos que de las de nunca más, que no pase como en las gasolineras. Así, con la excusa de agilizar la compra-venta, desemplearon a varios trabajadores que ya no eran necesarios. Y todo lo anterior, hay que explicar por qué hemos terminado en un supermercado, viene porque Lavapiés alardea de ser un barrio progresista, un barrio solidario, un barrio multicultural, social, culto y cultural, reducto y ejemplo de la convivencia, el entendimiento y la comprensión, el Toledo de las tres culturas venido a más. Pues bien, muchos de sus cruzados, castizos por el mestizaje, vecinos humildes de rojos discursos, personajes pintorescos con olor a pachuli que buscan soja no transgénica en los herbolarios y lían tabaco orgánico extremeño, de esos que saben en qué contenedor meter la basura y nunca es en su color, portavoces no autorizados de Burroughs y sapientes lectores de titulares de El País, como si fuera aquel diario de referencia, muchos de esos, vacuos escaparatistas de la izquierda, hacen cola en el súper de su barrio, no pequeño comercio, para escanearse a sí mismos frente a una máquina insensible de placas base por corazón y sin familia pero con empleo.

Sí. Puede que la sal de las contradicciones dé sabor a la vida, pero también escuece. Y sacrificar ideales que lucen bonitos con un # en Instagram para ahorrarse dos minutos, es tanto una dolorosa incongruencia como una falsedad.

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