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02/03/2020 18:50 CET | Actualizado 02/03/2020 18:50 CET

Individuos mujerizados, animales mascotizados

El desracializador que nos desracialice, buen director general de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial será.

Getty Images

Muy pocos meses después de la publicación de tan interesante obra, La España vacía de Sergio del Molino empezó a convertirse a todos los efectos en “la España vaciada”. Por más que la Real Academia advierta del error que supone, el sintagma “lenguas minoritarias” ha desaparecido de todas partes, sustituido por “lenguas minorizadas”. Alba González Sanz dio un paso atrás en la Dirección General de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial a favor de Rita Bosaho, al considerar que dicho cargo debería ser desempeñado por una persona perteneciente a un “colectivo racializado”. ¿Qué tienen en común estas tres historias? Les doy una pista: vaciada, minorizada, racializado. ¡Han acertado: el participio pasivo!

El participio pasivo. El signo de nuestros tiempos. Es necesario escribir un elogio y una refutación del participio, ya que hay más ideología en él que en La riqueza de las naciones de Adam Smith. Se ha distinguido en español entre el participio pasivo —amado, creído, dormido— y el participio activo —amante, creyente, durmiente—. Con el participio pasivo la persona no es responsable de la situación; con el participio activo, sí. Con el participio pasivo la persona no hace, sino que le hacen. Con el participio activo es exactamente al revés. 

Estamos normativizados, sexualizados, socialmente construidos, invisibilizados, minorizados, racializados

Una visión sensata de la condición humana exigiría equilibrar ambos usos. Sería absurdo no utilizar el participio pasivo ante un contagio del coronavirus —“una persona contagiada”, correcto—. “No mueren, son asesinadas”, se repite con toda la razón en las concentraciones contra la violencia machista. Habrá casos dudosos, en donde el uso del participio será más ideológico que indicativo —“orientaciones sexuales invisibilizadas”, “trabajadores precarizados”—.

Pero sólo el victimismo y la falta de sentido del ridículo explicaría que, dado que al final todo tiene algo de construcción social y de interacción con los demás, acabáramos hablando de “individuos mujerizados” en vez de “mujeres”, “personas racializadas” en vez de “personas con rasgos raciales” o “animales mascotizados” en vez de “mascotas” (este último ejemplo juro que ya lo he escuchado en boca de algún interlocutor). Se dirá que en rigor hay diferencias entre una lengua minoritaria y una lengua minorizada, entre una persona con rasgos raciales y una persona racializada, pero a quien diga esto le pondremos en un apuro si le pedimos un ejemplo de una lengua minoritaria que no sea minorizada —o viceversa— o una persona con rasgos raciales que no sea racializada —o viceversa—. 

Sólo el victimismo y la falta de sentido del ridículo explicaría que acabáramos hablando de “individuos mujerizados” en vez de “mujeres”

En su Crítica a la víctima, Daniele Giglioli defiende que la víctima es el héroe de nuestro tiempo. Es una idea que va en este mismo sentido. Contra la vida adrede sobre la que escribió Mario Benedetti, esa vida que se define más por su propósito activo que por las posibles dificultades que pueden malograrlo, el discurso reivindicativo actual se ha convertido en una retahíla de participios pasivos que sugieren que la vida es más algo que nos viven que algo que vivimos nosotros, menos algo de lo que somos responsables que algo de lo que culpar a la sociedad. “Yo estoy rebeldizada porque el mundo me ha hecho así”, cantaría Jeanette en 2020.

Somos niños. Somos inocentes. Estamos normativizados, sexualizados, socialmente construidos, invisibilizados, minorizados, racializados, ¿quién nos desracializará? El desracializador que nos desracialice, buen director general de Igualdad de Trato y Diversidad Étnico Racial será.

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