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16/05/2020 12:28 CEST | Actualizado 16/05/2020 14:14 CEST

Intentemos sumar: Mi experiencia como médico y también como infectado por covid-19

Inaudito: No paro de repetir esta palabra. También repito mucho: Histórico. Ahora la que más me ronda en la cabeza es: Orgullo.

OSCAR DEL POZO via Getty Images

No está tan lejos el 4 de marzo... Parece que ha pasado una eternidad. 

Veníamos del terremoto causado por la anulación del BCN Mobile World Congress, con gestos explícitos, a todos los niveles, de exageración por parte de las empresas que declinaron su presencia e hizo inevitable que se celebrara (no porque la organización así lo quisiera, ni la ciudad de Barcelona). El Barça caía en el Santiago Bernabéu con Vinicius como protagonista, y sólo seis días antes de la declaración del estado de alarma y el confinamiento de la población, se anulaba el maratón de Barcelona. 

Qué cercana que era nuestra “normalidad” en el tiempo. 

El 12 de marzo fue el día que casi tengo la certeza de que me contagié. Recuerdo aquella paciente y su sintomatología respiratoria crítica y recuerdo muy bien su casa... Dio la cara, con síntomas, 5 días después y el 18 de marzo di positivo en la prueba microbiológica que confirmaba mis temores. A casa. 

Soy médico. Especialista en Medicina Familiar y Comunitaria de formación y urgenciólogo de vocación. Mi trabajo diario lo llevo a cabo como directivo en un hospital de máxima complejidad de Área Metropolitana de Barcelona y también ejerzo en una ambulancia medicalizada de Soporte Vital Avanzado del SEM. 

Estoy viviendo estas semanas envuelto en un sinfín de incertezas: como padre, como marido, como hijo, como hermano, como amigo... como responsable de hospital y como médico asistencial. 

Inaudito: No paro de repetir esta palabra. También repito mucho: Histórico. Ahora la que más me ronda en la cabeza es: Orgullo. 

Orgullo de familia, de amigos, de equipo directivo, de equipo asistencial, de profesionales de la salud, de gente, de paisanos, de desconocidos... 

El muro de contención de Atención Primaria ha sido fundamental en esta crisis.

Estos mensajes positivos se entrecruzan con las notas discordantes que también he sufrido. En situaciones extremas proliferan mensajes y actitudes,  pero dicen que las crisis fortalecen y así ha sido.

Esta desconocida enfermedad nos tenía a la clase médica desorientada. Pero poco a poco pudimos saber cómo se comportaba: primeros 5 días cuadro catarral leve y/o neumonía benigna, tras lo cual un porcentaje desarrolla una respuesta inflamatoria severa con graves consecuencias. Si el curso evolutivo a partir del quinto día era favorable, los expertos describían que podía haber otro empeoramiento al noveno día e incluso al duodécimo. 

Durante mi convalecencia no era capaz de ver la tele. Los telediarios, los programas de debate, incluso los de la prensa rosa sólo hablaban de muerte. 

Superé los primeros cinco días autoengañándome en cuanto a la fecha del inicio de síntomas y sin quitar la vista a mi lado, porque mi mujer, también enferma, no empezara a desarrollar el temido empeoramiento respiratorio... 

La astenia (cansancio) con leve febrícula me tenía atrapado entre las sábanas, pero era más el terror por las temibles complicaciones lo que me aplastaba contra el colchón de forma rotunda. 

No podía cantar victoria pasado el quinto día, ni siquiera el décimo día... Vigilancia disimulada a mi mujer para no transmitir mi angustia y autochequeo constante. Hasta que un buen día, pasadas casi dos semanas, atravieso una cortina invisible y percibo que mi cuerpo responde con cierta normalidad. Estoy algo debilucho, he perdido 5 kilos. Mantengo el autochequeo. Y vuelvo al trabajo. Marché el 18 de marzo. Vuelvo el 3 de abril. Asintomático físicamente, emocionalmente no. 

Inaudito: No paro de repetir esta palabra. También repito mucho: Histórico. Ahora la que más me ronda en la cabeza es: Orgullo.

Encuentro un hospital absolutamente cambiado. Estructuralmente es el mismo. Funcionalmente es otro. Equipos multidisciplinares luchando codo con codo en las diferentes áreas y toda la ocupación de camas hospitalaria copada por un solo enemigo: SARS-COV-2. 

¿Todo esto ha pasado? ¿Todo esto está pasando? Las duras medidas que empezamos a implementar el 4 de marzo, cuando no teníamos ingresado ningún paciente y le preguntábamos en urgencias la gente si venía de China o de Italia, ahora parecen una nimiedad. 

Diseñamos 4 escenarios de actuación y sólo alcancé a ver el segundo. Los 16 días de ausencia provocaron el salto al cuarto sin pasar por el tercero y a rediseñar más posibilidades que no contemplábamos al principio. Ahora, acercándonos a mayo, puedo decir con seguridad que la instalación del hospital ha sido suficiente. El muro de contención de Atención Primaria ha sido fundamental en esta crisis y el impacto positivo nos ha permitido poder atender a los pacientes sin requerir otros dispositivos de hospitalización. El trabajo en red con los hospitales comarcales de referencia, autoridades locales y autonómicas también ha sido ímprobo. No solamente se blindó la entrada al hospital a través de los médicos de familia del territorio, sino que se facilitaron las altas a domicilios, centros socio-sanitarios y hoteles. 

Y ahora... ¿qué? 

Bajan los contagios, las visitas a urgencias, los ingresos, los pacientes críticos. Sigue quedando la incertidumbre. Las dudas sobre la desescalada en el confinamiento y el estado de alerta. Los reproches entre la clase política, en el momento que más unidad necesitamos. 

En medio de las incertezas, debilidad física, encapsulamiento informativo, paracetamoles, miedos, aplausos a las 20:00, ayuda de los vecinos... además sufro la pérdida irreparable de una de las personas más importantes de mi vida, mi padre. Me toca vivir la pandemia desde casi todos los ángulos posibles: a nivel laboral, en primera línea organizativa y asistencial y a nivel personal, sufro la desgracia de la pérdida de un ser querido sin poderme abrazar a mi familia mientras comparto convalecencia con mi mujer y recluidos en casa. 

Asisto estupefacto a conversaciones interminables en grupos de Whatsapp donde todos y cada uno de los participantes tiene su receta infalible para haber evitado la escalada de contagios y desenlaces fatales y por supuesto, la desescalada para reactivar la economía sin ningún tipo de propagación extra del virus. 

Me horroriza el atrevimiento de la ignorancia. Detesto el egoísmo y el uso de esta catástrofe con intención de obtener beneficio.

La prudencia me impide ser categórico en muchos aspectos, pero sí puedo serlo en las áreas para las que me he formado y sigo formándome. Tomar decisiones es lo más difícil. Elegir abrir o cerrar unidades, contratar personal, aplicar protocolos, desmontar circuitos, anular intervenciones quirúrgicas... El peso de la responsabilidad puede llegar a extremos de desgaste físico y emocional que son difíciles de medir. Diagnosticar un infarto agudo de miocardio, una meningitis, un ictus hemorrágico o isquémico, atender un accidente de tráfico con múltiples víctimas y priorizar a quién atiendes primero... Formación, formación, formación y formación, junto con experiencia, me aportan las herramientas para intentar hacerlo lo mejor posible. 

Tomar decisiones... 

Me horroriza el atrevimiento de la ignorancia. Detesto el egoísmo y el uso de esta catástrofe con intención de obtener beneficio. 

Estoy maravillado por la respuesta de la gente en cuanto a la dureza del confinamiento y sobre todo siento un profundo orgullo por mis compañeros sanitarios que se han entregado de una forma absolutamente consciente a la lucha contra un enemigo muy poderoso y desconocido. 

Queda un largo camino por recorrer. Dejémonos asesorar por los expertos. Olvidémonos de discursos populistas y demagogos. Intentemos sumar.

Intentemos sumar... 

JT (29 abril 2020) 

 

Javier Tapia Martínez es subdirector médico del Hospital Universitario de Bellvitge.