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13/10/2020 07:13 CEST | Actualizado 13/10/2020 07:13 CEST

Irse de Madrid

Solo la alta política nos salvará de esta. La que sepa a quién escuchar y cómo hacer una gestión eficiente y solidaria de los recursos.

Pacific Press via Getty Images
La estación de Atocha, en Madrid, el pasado 10de octubre.

Madrid, 10 de octubre de 2020. 7 de la mañana. Negativo en Covid. Apago el despertador. Primero el analógico, el del pip-pip infernal. Luego el del móvil, donde desactivo hasta cinco alarmas: a las 7:32, 7:36, 7:46, 7:47 y 7:50. No he dejado que sonaran. Llevaba despierta 40 minutos. Primer día del estado de alarma de/a Madrid. Voy a coger un tren. Me voy. Pongo la radio. Hablan de ello. Leo la prensa. Preparo café y tostada. Ducha. Preparada. Nerviosa. ¿Qué va a pasar?

Anoche pedí un taxi en la aplicación habitual y el conductor me lo anuló al poco. ¿Por qué? Tardé en dormirme. Por la mañana pedí otro y llegó sin mayor intriga. 

- Por favor, a Atocha. ¿Ha visto a mucha gente en la calle?

- Da miedo

- ¿Cómo miedo? ¿Mucha policía?

- No, no. Miedo de que no hay casi gente

Era muy temprano de un sábado. No me pareció extraño, así que insistí: “Son las 9”. “Anoche también”, me rebate resuelto. “Cierran muy temprano y la gente se va a casa. ¿Qué pasa, que el virus solo contagia de noche?”.

Oswaldo sabe lo que se dice. Estoy ante el Fernando Simón del taxi.  

Cero sensación de fiscalización o falta de libertad. No lo veo. No lo siento

Seguimos con una charla agradable hasta Atocha. En la calle, controles aleatorios sin nadie parado en ellos. 9:20 a.m. Entro en la estación, apenas hay gente. Algún policía. Poca cosa. Un lugar casi desierto que contrasta con el bullicio habitual del pasado. Tengo  mi salvoconducto en el bolso.

Evidentemente salgo de Madrid a trabajar. Voy a escribir esto. Lo que estáis leyendo. Nos han dicho que poco menos estamos en un estado represivo. Imaginaba policías cogiéndonos de los tobillos para inmovilizarme mientras fracasaban mis intentos de enseñar mi salvoconducto. Pero no. Cero sensación de fiscalización o falta de libertad. No lo veo. No lo siento.

En el vagón somos cuatro Por lo que he podido observar, esa es la media a esta hora. Es el AVE del sábado a las 10:40. Un chico de limpieza desinfecta continuamente todo. En mi vagón una chica de unos 20 años, un chaval de unos 30 y pico y una madre de unos 40 con un pequeño. Claramente subo la media. Hasta el momento y en general no he visto gente indisciplinada, hoy tampoco.  

Ese es el nivel de confianza en los políticos y ese es el grado de compromiso y solidaridad que se tiene en Madrid

A la llegada a Valencia una cámara de televisión, supongo que para algún informativo. Poco trabajo van a tener. Todo está tranquilo. Supongo que esa es la noticia. Los madrileños, en mi caso madrileira porque no soy nacida allí, hemos entendido la gravedad del asunto. Madrid fue el penúltimo sitio donde el uso de la mascarilla se hizo obligatorio. Sin embargo para cuando lo obligaron nos dio igual porque todos la llevábamos. Ese es el nivel de confianza en los políticos y ese es el grado de compromiso y solidaridad que se tiene en Madrid. En esencia, no nos merecen. No he visto gente más acogedora y cálida que los madrileños. Todos somos de todas partes y de ninguna. Siempre hay excepciones en forma de gilipollas, claro, pero esa disección no es objeto de este artículo.

Llego a mi destino. Me doy un paseo. La gente está relajada. Las terrazas llenas. “No se han ido de puente”, me dice un camarero. “Mejor, así consumen aquí”. 

He quedado con alguien que hizo lo mismo que yo, pero desde Barcelona. Me cuenta que en el transporte público ya no se puede guardar las distancias, que en los trabajos del tipo call center hay mamparas pero no ventilación. “Llegan a ser 200 en una sala diáfana.” “¿Te han hecho algún test?”, pregunto. “No”. “¿A ti?”, se interesa. Me pongo a hacer cuentas y le contesto: 3 PCR, una serología (ELISA) y como 6 o 7 digitopunciones, las dos últimas en esta semana. La última, ayer antes de venir. Todas las pruebas hechas para lo que podríamos llamar exigencias laborales en medio de una pandemia. El control lógico en determinados trabajos.   

Pasé el virus hace siete meses. Lo bueno: sigo teniendo anticuerpos. Lo malo: no sé si sirven para algo

Ninguna de esas pruebas en la sanidad pública madrileña. Están absolutamente desbordados. Están devastados física y emocionalmente. No les han dado recursos de ningún tipo. Pasé el virus hace siete meses. Lo bueno: sigo teniendo anticuerpos. Lo malo: no sé si sirven para algo. Lo bueno: he aprendido a no bajar la guardia. Lo malo: la coagulación sanguínea (el dímero D), las tiroides y el hierro están tocados. Pero son recuperables con el tratamiento adecuado. También arrastro falta de olfato. No lo he recuperado al completo. Lo bueno: en la resonancia magnética cerebral no hay lesión. Lo malo: me dicen que tardaré más de dos años en recuperarlo, según el comportamiento de otros virus que actúan de forma similar. Tendré que creérmelo. 

El Intercity de Barcelona, me siguen contando, venía a reventar de gente. 

12 de octubre, 10:40, Valencia. Cojo el AVE de vuelta. Hablo con un médico mientras espero la salida. Hablo con ellos de forma habitual para ver cómo están. Me confirma que siguen sin reemplazar las bajas o las vacaciones y que ellos siguen rastreando porque no tienen rastreadores. “El día no acaba nunca, Marta. Estamos frustrados y desesperados pero no podemos dejar a la gente”. No sé qué decirle. Nos despedimos. Leo la prensa y leo todos los puñales políticos de derecha a izquierda. Esos relatos que olvidan por completo que la pandemia no está en su ombligo. Que la pandemia es el sufrimiento de las personas. Y me vuelvo a reafirmar. Solo la alta política nos salvará de esta. La que sepa a quién escuchar y cómo hacer una gestión eficiente y solidaria de los recursos para salir de esta. Para hacer políticas de previsión. Que no vuelva a pasar. 

El vagón está tranquilo. Unas cinco personas: una chica de unos 30, inspiradoramente guapa. Un chico de unos 25. Un hombre de unos 50 y una mujer de unos 70 con su nietito. Me consuela la media esta vez. 

Llego a Madrid. Es 12 de octubre. Ruido. 

NUEVOS TIEMPOS