Jason Momoa contra la masculinidad tóxica: el hombre más sexy del mundo te puede dar algunas lecciones

Los sentimientos masculinos han sido menospreciados e interpretados de manera limitada e incompleta durante siglos.
El actor Jason Momoa
El actor Jason Momoa

Hace unos días, alguien compartió en mi frontpage de Facebook un meme con una fotografía del actor Jason Momoa en el que se podía leer: “¿Qué harías si este hombre viene por tu novia?”. Más abajo, los comentarios mostraron el típico sentido del humor de las redes sociales, pero también un fenómeno curioso casi desconcertante: la mayoría de las respuestas eran de hombres, admitiendo que no sólo el actor les parecía atractivo — “En esos pectorales se puede lavar un edredón”, comentaba un entusiasta — sino, además, aceptando en tono desenfadado que Momoa podría poner en entredicho su orientación sexual. Más allá de las burlas y la ironía, las mayorías de los comentaristas parecían sentirse muy cómodos demostrando su admiración por la belleza física de otro hombre, algo que hasta hace algunos años, podría haber resultado impensable.

— Hay una evolución y eso es evidente — dice mi amigo J. cuando se lo cuento — la cultura del hombre latino todavía es parte de la mayor parte de nuestros países, pero en realidad, la nueva generación parece analizar las cosas de una manera distinta.

— ¿Te parece?

— Sin duda. Aunque también hay una inclinación más firme de un considerable número de jóvenes hacia el machismo. Es un fenómeno mixto.

J. es psiquiatra y en una ocasión me comentó que su consulta estaba llena de “hombres abrumados por la culpa histórica del machismo”. Hombres que no sabían cómo cumplir con las expectativas familiares y sociales. Hombres que se sentían castrados, limitados y menospreciados por la persistente exigencia social sobre la identidad masculina. Hombres que temían aceptar su orientación sexual. Hombres deprimidos, con graves cuadros ansiosos, hombres incapaces de lidiar con el deber “viril” que la sociedad condiciona desde la infancia. Me sorprendió la confesión y mucho más cuando J. insistió en que el hombre latino “lleva a cuestas todo tipo de traumas no resueltos”.

— Pero indudablemente, las cosas son mucho más sencillas para un hombre que para una mujer — dije en esa ocasión, muy ufana y lo bastante arrogante como para pensar semejante cosa.

— ¿Lo son? — me preguntó mi amigo en voz neutra. Me encogí de hombros.

— A un hombre no se le exige casarse ni ser madre. Tampoco debe cuidarse de que le violen, le agredan, le maltraten y que la sociedad crea que eso está bien. No debe trabajar el doble para obtener la mitad de su contraparte masculina. No debe sentir que siempre se encuentra en peligro o bajo amenaza.

J. suspiró con cierto cansancio. A la distancia, me pregunto cuántas veces habría escuchado el mismo razonamiento y en cuantas ocasiones, había tenido que enfrentarse a él. Pero ahora, no parecía muy interesado en contradecirme ni tampoco, buscar la grieta en mi planteamiento. Con un gesto lento y reposado, tomó un sorbo del café de la taza que tenía entre las manos.

— Entonces, para los hombres todo es fácil.

— Más que para las mujeres, sin duda — afirmé.

— ¿No has pensado que para ambos géneros el patriarcado es igual de duro de sobrellevar sólo que en extremos distintos?

Me puse a la defensiva de inmediato. Después de todo, llevaba buena parte de mi vida escuchando el manido argumento de “todos los hombres no son iguales” ni “todos los hombres violan”. Había perdido la cuenta de las ocasiones en que había tratado de explicar que no se trataba del comportamiento individual sino del sistema que avala la violencia machista, la normaliza y estratifica en niveles de culpabilidad para la víctima. El comentario de J. me supo a poco. De hecho, me pareció la tradicional excusa para invalidar al movimiento feminista que solía enfrentar con relativa frecuencia.

—El patriarcado privilegia al hombre en casi todo — me quejé — ¿cuál es exactamente la versión de la historia en la que el hombre debe luchar de igual manera que una mujer por ser reconocido, aceptado o respetado por la cultura?

— A través de la historia, el hombre ha tenido que suprimir sus emociones porque eso es lo que le exige el sistema patriarcal — dijo J. y para entonces parecía un poco irritado — ha tenido que ocultar sus aspiraciones, orientación sexual, cualquier rasgo que pudiera considerarse debilidad. Estamos hablando del mismo patrón que minimiza el esfuerzo de las mujeres: convierte al comportamiento del hombre es un estereotipo. Al macho sin sentimientos, al hombre incapaz de expresar ninguna inclinación por lo artístico o lo emocional. Al hombre que usa el sexo como arma.

— Ahora son las víctimas.

— Para el machismo, todos los somos.

Me quedé en silencio. El argumento me parecía incómodo, incluso pobre. Debo admitir que por entonces, había investigado muy poco sobre la forma en que el patriarcado y el machismo afecta al hombre, pero además, tenía la sensación casi dolorosa que el planteamiento de mi amigo no era justo en absoluto. ¿Cómo podía serlo en realidad? Una mujer debía pasar buena parte de su vida demostrando el valor de su trabajo, intentando sobrevivir a las presiones sociales y culturales que ni siquiera sabían estaban allí al nacer. ¿Qué hombre sufría algo semejante? ¿Qué hombre padecía la insistente sensación de ser evaluado, analizado y finalmente señalado por una cultura hipercrítica y violenta?

—No estoy equiparando sufrimientos ni esto es una comparación punto a punto de lo que el machismo hace al hombre y a la mujer — dijo mi amigo — te hablo que el peso del machismo y el patriarcado es una exigencia. Es general. Para que funcione el hombre y la mujer se deben comportar de determinada forma y en eso en Latinoamérica, en toda la cultura occidental incluso, es algo persistente. Míralo a tu alrededor, analízalo desde ese punto de vista y después hablamos.

“¿Qué hombre padecía la insistente sensación de ser evaluado, analizado y finalmente señalado por una cultura hipercrítica y violenta?”

Por supuesto, no tenía la intención de discutir semejante cosa antes o después, pero no podía negar que la incomoda conversación había dejado algunas cosas flotando en mi mente. Todas relacionadas con esa otra versión de la historia que parecía incluir al hombre pero sobre todo, que asumía que el patriarcado cobraba un precio muy alto por el privilegio. ¿Era así? Recuerdo haber pensado por semanas en la idea, leyendo aquí y haya teorías sobre el machismo y sus implicaciones sobre el comportamiento masculino, la crianza, la educación, la sensibilidad del hombre.

— ¿No lo sabías? Un hombre debe vivir eternamente tratando de parecer un hombre. O joderse.

Parpadeé. Le había preguntado a mi amigo M. sobre el tema sólo por escuchar su opinión sarcástica o su risa. Pero su respuesta me dejó entre desconcertada y fascinada. Mi amigo era un aspirante a actor, obsesionado con labrarse una carrera en el mundo del teatro desde que lo recordaba. Sonrío cuando notó mi confusión y quizás leve incredulidad.

—¿Qué crees? ¿Que ser hombre te da la mayor libertad del mundo? — se echó a reír — ¿Que un día le dije a mi papá “mira vale, en vez de ingeniero voy a hacer actor” y el tipo se echó a reír y me dijo “haga lo que quiera hijo”?

Sacudió la cabeza. La verdad nunca habíamos hablado del tema y de hecho, daba por supuesto que la escena en cuestión debió haber sido algo semejante. Pero ahora, me preguntaba qué había ocurrido en su familia de cuatro hermanos (dos médicos, un profesor de historia), cuando el menor de la familia anunció su intención de entrar en el mundo del arte. Muy típico, muy tópico…¿muy problemático? Mi amigo suspiró y sacudió la cabeza.

— No fue algo dramático o novelero. Pero la decepción de mi papá es algo con lo que todavía no sé como lidiar — me explicó cuando le pregunté — cuando eres hombre, hay una ruta de vida que debes seguir, un valor añadido a tu comportamiento. Eres el hombre, se supone que debes actuar de una forma específica.

¿La presión es la misma para con las mujeres?, me pregunté de inmediato, pero incluso en mi mente, la cuestión tenía algo de petulante e incluso, irrespetuoso. De manera que esperé: M. parecía ahora preocupado, entristecido y un poco cansado.

— Nadie dice que el machismo sea lo mismo para una mujer y para un hombre, pero hay algo que es idéntico o yo lo creo así: ese deber de hacer las cosas de una manera específica. Un hombre tiene que hacer cosas de hombre. Un hombre tiene que demostrar que es macho. Un hombre tiene que aguantarse las cosas, un hombre tiene que callarse. ¿Quién aguanta a los amigos, a los hermanos? Tienes que estar a la par, ser buen deportista, un tipo que quiera coger siempre que pueda. Un hombre no puede ser débil, estar cansado, simplemente no tener ganas de un carajo. Un hombre hace.

Silencio. Que yo recordara, nadie nunca me había hablado en semejantes términos sobre la naturaleza de la masculinidad en el continente latinoamericano e imagino, el resto del mundo. Me sentí incómoda, un poco triste por la ignorancia, preguntándome si debía explicarle los índices de violencia contra mujeres, si debía hablarle de la experiencia… No lo hice. Me quedé muy quieta y pensé que quizás, ese impulso mío de demostrar que el sufrimiento femenino era más notorio y profundo, era el estilo de pensamientos que evitaba pudiera comprender el alcance real del machismo. ¿No había dicho Simone de Beauvoir que se ataca al sistema, no al individuo? Me pregunté si la filósofa había pensado en cosas semejantes en su época machista y restrictiva, en el espacio duro del claustro académico. La idea me abrumó un poco.

No se trataba de construir el paradigma de la víctima masculina, me dije unos días después, mientras tomaba apuntes para escribir del tema. Sino… ¿Qué? pensé en lo que J. me había dicho y la expresión de M. al hablarme del mundo masculino. En nuestra época, en nuestra contemporánea visión de las cosas. ¿Eso disculpaba a los violadores, abusadores y maltratadores? ¿Víctimas del sistema? Contuve el impulso de ir al extremo, tomé una bocanada de aire. ¿Qué hay en el centro de todas las cosas que estoy pensando? Pensé en mi tío, que siempre estaba preocupado de que le llamaran “maricón”, por estudiar demasiado, tener un rostro delicado o baja estatura. O lo decidido que parecía uno de mis primos en parecer el hombre más viril del mundo. El temor real que le provocaba no serlo. Todos los hombres de mi vida tenían pequeñas historias que contar, temores y horrores. ¿Por qué se los descalificaba por el mero hecho de ser masculinos? Me hice la pregunta varias veces. Investigué por semanas enteras. Al final, volví al consultorio de mi amigo J. con una rara sensación de pesadumbre y confusión.

—Creo que tienes razón.

— ¿En qué? — preguntó, pero por supuesto sabía a que me refería.

— Sobre el machismo y el hombre. O al menos…

No sabía como explicar el leve matiz de las cosas que había pensado durante todo ese tiempo. No se trataba de justificar las burlas al feminismo, las acusaciones de victimismo, la insistencia en las mínimas cifras de violencia contra las mujeres en contraposición de la que afectaba a los hombres. Era algo más duro de sobrellevar y más sutil de comprender. Mi amigo asintió cuando se lo expliqué.

“Los sentimientos masculinos han sido menospreciados e interpretados de manera limitada e incompleta durante siglos.”

—Ningún sufrimiento, menosprecio, prejuicio o menoscabo de la identidad del otro es justificable — respondió —, no lo es por el mismo motivo que una feminista se niega a aceptar los argumentos conservadores sobre la mujer y su capacidad para decidir sobre su cuerpo y su vida. Es la razón esencial de la existencia de la idea de igualdad: el machismo es igual de pernicioso para todos. ¿Que haya quien no lo sepa, no lo admita, lo disfrute incluso? Por supuesto. Hay quien disfruta llegar a su casa y dejar que la esposa se encargue de todas las labores del hogar o de ser infiel de manera compulsiva porque puede y la cultura se muestra permisiva. Pero esas son criaturas del machismo. Son hombres educados sin estabilidad emocional, sin una percepción intelectual de sus carencias y dolores. De sus angustias y vacíos existenciales.

Una idea compleja. Recuerdo que, por algún motivo, me hizo recordar una de las escenas de un clásico pop. Joey, el celebérrimo personaje de la serie Friends, es el estereotipo del clásico Casanova y macho alfa que habita en la psique norteamericana. O así parece sugerirlo la manera como los productores de la serie lo mostraron durante diez años de emisión: atractivo, despreocupado, irresponsable y casi ingenuo. Pero además, siempre se dejó en claro que Joey, italiano, joven y moreno, era un semental. Un macho latino a pleno derecho. Con su atlético cuerpo enfundado en apretados jeans Sergio Valente y su ya legendario “How you doing?”, Joey parece representar esa imagen idílica del latin lover tradicional.

Chandler por el contrario, es un hombre torpe, sarcástico y neurótico. Lleno de tics y también con un sentido del humor que llega a resultar incómodo. Pero más allá de eso, Chadler es notoriamente vulnerable. De hecho, en más de una ocasión, el personaje se llamó así mismo “chica”. Y es que los productores de Friends decidieron dotar al compañero del macho de unos cuantos rasgos femeninos en lo que imagino fue un intento de contraste burlón. El golpe de efecto tuvo éxito: como una pareja que se complementa emocionalmente, Joey y Chandler lograron grandes momentos de comedia y una fluida interacción que en ocasiones bordeó lo que parecía ser una especie de confuso romance platónico. Ambos personajes parecen representar dos visiones de lo masculino y sobre todo, la forma como la cultura pop concibe la virilidad.

En una de las últimas escenas de la serie y a punto Chandler de abandonar para siempre el célebre departamento donde transcurrieron diez años entrañables, Joey y Chandler se dedican una larga mirada cariñosa. Ambos han madurado mucho desde la pareja de solteros despreocupados de las primeras temporadas: Joey disfruta de una prometedora carrera televisiva y Chandler se acaba de convertir en padre de gemelos. Los rodean los trozos de su querida mesa de fútbol que durante años fue el símbolo de la convivencia entre ambos. Es una escena emocional y casi tierna. Cuando Chandler se encoge levemente de hombros, sin saber como será la despedida, Joey sacude la cabeza, esconde las manos en los bolsillos y sonríe con su acostumbrada sonrisa ladeada.

—¿Entonces? ¿Será un apretón de mano muy macho? ¿O un abrazo de mariquitas? — dice Chandler, un poco avergonzado. Joey ríe, se acerca y ambos comparten un complicado juego de manos, como dos adolescentes muy crecidos, entre risas mal contenidas. Entonces, en un gesto mutuo, Joey extiende las manos y abraza a Chandler. Un gesto emocional, cariñoso y muy largo. La imagen queda fija en pantalla, mientras un score cursi y edulcorado presenta la siguiente escena.

Toda la secuencia — y otra tantas que ambos personajes protagonizaron — parecen resumir esa perspectiva un poco ambigua que tiene la televisión y el cine sobre la sensibilidad masculina. Un híbrido entre torpeza, cariño mal contenido y algo más incompresible, que resume esa larga tradición que enclaustra al varón en una especie de límite sensorial muy definido. Porque mientras para la mujer el universo emocional es una vasta variedad de matices y una intrincada perspectiva que nuestra cultura no sólo acepta sino además promueve como símbolo de lo femenino, lo emocional para el hombre es una puerta cerrada, una connotación muy concreta sobre que el hombre puede o no hacer — o sentir, en todo caso — para serlo. Desde el consabido “los hombres no lloran” hasta la idea mucho más compleja de que un verdadero hombre no se involucra emocionalmente, los sentimientos masculinos han sido menospreciados e interpretados de manera limitada e incompleta durante siglos.

— Es justo a lo que me refiero — comentó J. cuando le hablé sobre lo anterior — , el hombre está educado para que sus emociones sean un problema, en lugar de una forma de expresión. De modo que amar a cualquiera se convierte en un dilema. El dilema hace que todas las relaciones sean superficiales. Lo siguiente que ocurre a partir de eso, es casi desolador: depresión, castración emocional, desarraigo. Hombres solitarios que educan hombres solitarios.

Es un tema confuso del que hay poco material de referencia. Al momento de investigar sobre las emociones masculinas, encontré una serie de referencias más o menos abstractas sobre roles e identidades sexuales que no explican de manera suficiente la actitud de la sociedad para con las emociones del hombre. Desde las teorías que insisten en la simplificar los roles de la mujer y el hombre a toda una serie de hipótesis que sugieren que la capacidad sensitiva del varón es menos compleja que la femenina, la idea de las emociones del hombre parece sometida a un largo debate de género y papeles sexuales que no termina de cristalizar. Porque mientras la emoción femenina tiene un motivo biológico — o en eso insisten cientos de visiones sobre el tema — los sentimientos del hombre entorpecen su rol natural. La vieja imagen del cazador y proveedor no parece calzar con un hombre capaz de experimentar un crisol de emociones lo suficientemente variado como para ser analizado.

Pero vamos más allá: Durante siglos, las emociones masculinas han sido parte de una exigencia cultural que sugiere una castración de cualquier idea de vulnerabilidad. El hombre no sólo como líder sino también como la figura dominante, se apuntala en una interpretación árida del mundo emocional masculino. La Iglesia medieval solía insistir que el hombre debía “nunca dejarse caer en emociones femeninas” y se llegó a insistir que la lágrima del varón era una imagen de “desgracia”. El estereotipo se reforzó a medida que la imagen del “Varón heroico” — la figura popular que parece resumir todas las virtudes que se atribuyen al hombre estoico — se hizo parte de la percepción cultural del deber ser masculino. La mitología de héroe invencible, el galante, el poderoso, abarcó cualquier idea que pudiera suponer una visión del hombre vulnerable. La capacidad de expresar emociones masculinas se transformó de hecho en un tabú y más tarde en una confusa percepción de género.

“Me pregunto cómo será el hombre del futuro. ¿Se parecerá a Jason Momoa, con una virilidad muy marcada, pero a la vez cálido y cercano?”

Por siglos, la imagen del hombre emocional pareció aplastada por una serie de ideas muy concretas sobre la virilidad y la sensibilidad. La exigencia social parecía crear todo un panorama preciso sobre quién debía ser el hombre y como debía aspirar a ser. La figura masculina se crea desde la infancia: el niño se educa para la fortaleza física, la contención emocional, el liderazgo y otras atributos que se interpretan como masculino. El mundo emocional se reprime, se reconstruye, se convierte en una serie de códigos de conductas más o menos reconocibles y uniformes sobre la capacidad para expresar los sentimientos que quedan reducidos a su mínima expresión. La presión cultural, heredada siglo a siglo, define no sólo la identidad del hombre sino también, la manera como la sociedad lo comprenderá.

Tal vez por ese motivo, me sorprendió tanto la reacción al meme que incluye la imagen del actor Jason Momoa. Después de todo, el actor es la quintaesencia del macho salvaje y alocado, con el cabello largo y el rostro barbudo. Pero a la vez es un buen padre que lleva a sus hijos colgados de los hombros y escribe haikus como pasatiempo. La combinación resulta novedosa y desconocida para el gran público. No obstante, la masculinidad moderna parece muy cercana — muy relacionada — con esa visión de las cosas. Con esa fortaleza que también engendra cierta ternura. Gran parte de los actores y otros símbolos pop de nuestra década son grandes padres, admiten sus emociones y muestran su capacidad para sentir dolor y angustia. Hace unos meses, Brad Pitt admitía en una entrevista que el divorcio “le había provocado un sufrimiento inimaginable y que necesitaba ayuda terapeútica”. ¿Algo así podría haber ocurrido tres décadas atrás?

—La nueva masculinidad o mejor dicho, la masculinidad sensible es simplemente una forma de madurar del ideal masculino — me dice J., quien se sonríe al leer las respuestas al meme de Momoa —, la mayoría de los hombres de esta generación se sienten en mayor libertad con sus cuerpos y mentes que los de cualquier otra.

— Pero hay mayores ataques hacia las ideas feministas — insisto preocupada.

— Lo hay porque el debate es más encarnizado y tiene muchos más actores. Pero ese también es parte del cambio. Un hombre que se hace preguntas, que no quiere ser señalado, estigmatizado ni tampoco convertido en el villano de la historia, es un hombre que piensa más allá del estigma machista. Es un hombre que se está planteando algunas cuestiones. Y aunque habrá una minoría radical, burlona y potencialmente peligrosa, los hombres modernos quieren un tipo de libertad que jamás han tenido antes.

Pero mientras logramos comprender el valor de esa comprensión de la sexualidad como una confluencia de valores y elementos más allá que una lucha perentoria, los Joey y los Chandler del mundo continuarán dándose apretones de “machos” para demostrar el afecto y los hombres continuarán preocupándose si bailar de manera exuberante les hace mariquitas. Y es que el mundo quizás necesita mirarse a sí mismo con mayor atención para comprender que la emoción — la fuerte, la apasionada, la sencilla, la profunda — no es una forma de debilidad sino simplemente, una manera de crear.

—Pero tendremos a Momoa para recordarnos que todos somos imperfectos — dije J y luego suelta una carcajada — , y recordarnos lo sencillo que puede ser cuestionarte algunas cosas que das por supuestas.

Pienso en eso un rato después, mientras me pregunto cómo será el hombre del futuro. ¿Se parecerá a Ezra Miller, provocador y androgino? ¿O a Jason Momoa, con una virilidad muy marcada, pero a la vez cálido y cercano? No lo sé, me digo con una sonrisa, pero sin duda, será interesante ver hacia dónde avanza esta evolución de lo masculino y qué encontraremos en el camino.