Juan José García Caffi, de Stravinsky a Los Pecos

Ha dirigido a prestigiosas orquestas en todo el mundo, sus arreglos refinados dieron empaque a canciones sin mucha sustancia e intentó que Rocío Jurado fuera Evita. La larga carrera de Juan José García Caffi es una declaración de amor a la música.
Juan José García Caffi, durante una entrevista en RTVE.
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Juan José García Caffi, durante una entrevista en RTVE.

“Usted ponga que nací en Buenos Aires en el siglo XX, con eso basta”, responde divertido Juan José García Caffi cuando le pregunto su fecha de nacimiento. No llega a dármela, pero me cuenta que estaba predestinado a ser músico. La abuela fue pianista; su madre, una importante cantante. El padrino, guitarrista. De cinco hermanos, tres se dedicaron a la música. Precisamente, con uno de ellos, Pedro Pablo, García Caffi fundó a mediados de los años sesenta el Cuarteto Zupay, un referente en la música popular de aquel país. Tuvo como maestro a Alberto Ginastera, cultivó la amistad de Piazzolla e, incluso, llegó a tratar a Ígor Stravinsky.

“Los grandes maestros que venían a dirigir al Teatro Colón nos daban un curso a los alumnos del instituto. Así conocí a Stravinsky, un señor de muy mal carácter. Se refería a Wagner como «ese teutón que para cantar al amor necesita ocho trompas y cuatro tubas». Era muy especial.”

En 1969, García Caffi se casa con la bailarina de origen español Carmelita Pericet, con la que viaja como pianista por medio mundo. A mediados de los setenta deciden instalarse en España. Pese a tener la doble nacionalidad, la acogida no fue ni mucho menos calurosa.

“El sindicato de músicos no me permitía trabajar hasta que no hubiera residido un tiempo en España. El cantante Michel fue el primero que me encargó unos arreglos y me presentó a Máximo Baratas de la editorial Fonorecords para el que compuse música para cine. Con el tiempo llegaría a escribir más de sesenta bandas sonoras.”

Por esa época, Alberto Cortez le pide que arregle las canciones de su álbum A mis amigos, que incluye una hermosa versión sinfónica de Las nanas de la cebolla de más de seis minutos de duración. También colaborará con Jairo, otro argentino afincado aquí. A principios de 1977, TVE lo llama para que componga la música incidental de la serie Curro Jiménez que Waldo de los Ríos había dejado incompleta.

En cierta forma, De los Ríos y García Caffi tenían trayectorias paralelas. Ambos eran hijos de famosas cantantes, alumnos de Ginastera y habían recibido una sólida formación música. Los dos, además, se sentían atraídos por la música cinematográfica y les gustaba un estilo elegante para sus arreglos, capaces de convertir cualquier composición, por simple que fuera, en una buena canción.

Superadas las trabas legales, el músico bonaerense empieza a trabajar con diferentes discográficas. Lo mismo acompaña a un grupo llamado Los Kiyos, que lanzan una peculiar Rumba espacial, que a José Vélez o a Jerónimo.

“Un día, almorzando en casa de un amigo, me presentaron a dos muchachos que acababan de firmar un contrato para grabar un disco. Escuché el tema y lo arreglé. Fue Esperanzas, el primer éxito de Los Pecos”.

Quizás uno de los encargos más importantes de su carrera llegaría poco después. Además de la dirección musical, García Caffi realiza la adaptación y el casting para la versión española del musical Evita, que se estrenará, después de no pocos aplazamientos, el 22 de diciembre de 1980 en el Teatro Monumental de Madrid. Por las vinculaciones de su familia, el director tiene una imagen muy precisa de la figura de Eva Duarte de Perón y de la atmósfera de aquel tiempo así que se atreve a introducir matices en la obra que habían firmado Tim Rice y Andrew Lloyd Weber.

“Mi madre había coincidido con Eva Perón en Radio Belgrano y Radio El Mundo en los años cuarenta. Le di una toda una identidad a la obra. Introduje un malambo. A Magaldi, por ejemplo, le hice cantar como los tangueros de la época, con un grupo de guitarras, y no con una orquesta como había previsto Lloyd Weber. Incluso busqué un bandoneonista que había tocado con él. Sustituí el “argentinos” que, según el texto, decía Perón en el balcón de la Casa Rosa por un “compañeros” que era como él solía dirigirse a la multitud. Cosas de este tipo. Lloyd Weber llegó a Madrid un poco molesto porque me hubiera atrevido a hacer esos cambios, pero se los expliqué y estuvo de acuerdo. Esta versión mía fue la que utilizaron después en medio mundo”.

Otro quebradero de cabeza fue la elección del reparto. No hubo dudas para decidir que Patxi Andión encarnara a Ernesto “Che” Guevara, pero encontrar a Evita fue más complicado. Se presentaron multitud de cantantes, algunas de ellas famosas como María Ostíz o Nacha Guevara, que tras algún titubeo terminó por rechazar la oferta.

“Estuve trabajando una semana con Rocío Jurado, que estaba empeñada en conseguir el papel. Ella, junto a su marido y Ángel Nieto, el campeón de motociclismo, tenía acciones en la sociedad que producía el espectáculo. Al final, vi que no daba el rango vocal, estaba fuera de registro, y hubo que desistir. Probamos a muchísima gente. Dudamos entre Mía Patterson, cuya voz me impresionó y acabó siendo cover, y Paloma San Basilio, que fue la elegida. Paloma fue la que más se adaptó a las exigencias de la obra, la mejor. No obstante, alguna vez, en los ensayos me dijo: pero si yo no canto así. Yo le respondía: es que no cantas tú, Paloma, la que canta es Evita”.

Para García Caffi, Evita abrió una exitosa etapa como director de musicales en la que se incluyen Cabaret, con Nacha Guevara y Andrea Tenuta, Jekyll & Hyde, con Raphael, y sobre todo Los miserables. Al mismo tiempo, subía al podio para dirigir a en todo el mundo a orquestas del prestigio de la Royal Philarmonic Orchestra, la English Chamber Orchestra, o la de RTVE, para la que, en el 60 aniversario de la emisora, realizó una versión sinfónica de sus principales sintonías.

Ahora, ha cerrado un ciclo y se ha reencontrado con la obra de Ástor Piazzolla, al que como Stravinsky, conoció en su juventud.

“Compartíamos discográfica y representante en los años que yo pertenecía al Cuarteto Zupay. Entonces la gente lo insultaba por la calle y le decía que dejara el tango y se dedicara a otra cosa. Alguna vez lo acompañé al piano. Nos conocimos mucho. Ahora escribo su obra para orquesta sinfónica. Hasta Piazzolla, el tango era una música para bailar. Ástor cambió el concepto y hoy en algunas partes del mundo lo equiparan a Stravinsky. En fin, la música es eso, una forma de vivir. Para mí, una necesidad, una forma de entender la vida”.

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