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06/12/2019 05:09 CET | Actualizado 06/12/2019 05:09 CET

Justicia intergeneracional

En la próxima década se estima que 175 millones de niños y niñas sufrirán cada año las consecuencias del cambio climático.

Pacific Press via Getty Images
Adolescentes participan en una protesta en el marco del movimiento Fridays for Future, en Madrid. 

El nombre de nuestra organización, Save the Children, es también el enunciado de nuestra misión: salvar y proteger a la infancia. Hay un problema que se presenta como el mayor enemigo, la gran amenaza global contra la vida y los derechos de la infancia y la adolescencia: la emergencia climática. 

En la próxima década, la que vamos a comenzar, se estima que 175 millones de niños y niñas sufrirán cada año las consecuencias del cambio climático. Cuando decimos que las futuras generaciones son y serán las más afectadas por la emergencia del clima es porque en los países en los que el impacto es más inmediato y más devastador (el Golfo de Bengala, el Cuerno de África, el Sahel o el norte de África), los menores de 18 años representan a la mitad de la población. 

Niños, niñas y adolescentes están más expuestos porque tienen menor capacidad de resistencia que los adultos a las consecuencias actuales de la emergencia climática como las sequías o las inundaciones. Sus organismos están en desarrollo, y por ello los déficits en términos de nutrición, de salud, o de acceso al agua potable ponen en mayor riesgo su supervivencia y comprometen seriamente su desarrollo físico, cognitivo y emocional. No es sólo que sean más vulnerables a la falta de alimentos, sino también a enfermedades como la malaria, el dengue o la diarrea, cuya prevalencia se dispara en situación de desastre natural.  

Somos la mayor organización internacional en defensa de los derechos de la infancia y eso hace que en nuestro trabajo diario veamos cómo la emergencia climática está condicionando la vida de millones de personas, especialmente de los niños y las niñas. En Somalia, la sequía recurrente y la desertificación creciente han destruido los medios de vida de las familias, sometidas a una inseguridad alimentaria crónica. En Mozambique, dos ciclones asolaron el país el pasado mes de marzo con pocas semanas de diferencia: Idai y Keneth, que dejaron a su paso 1.000 muertos y 2 millones de afectados. 

El Banco Mundial estima que para 2050 habrá 143 millones de personas en África Subsahariana, el Sur de Asia y América Latina forzadas a migrar por el cambio climático; la mitad de ellos, niños y niñas. Si no hacemos nada para evitarlo seremos testigos de desplazamientos forzosos y masivos de población causados por fenómenos climáticos. También sufriremos conflictos armados por el acceso a recursos naturales básicos para la vida que supondrán una grave amenaza para la paz mundial.   

Si no tomamos decisiones para cambiarlo, en 2035 viviremos con 1,5 grados más de temperatura media en la Tierra, y en 2054, con 2 grados más. Una persona que ahora tenga 60 años tiene sólo un 2% de posibilidades de seguir con vida en 2054, mientras que un adolescente de 16 años tiene un 89% de posibilidades. Si nos fijamos en las emisiones de carbono, las emisiones per cápita de un adulto triplican a las de un adolescente de 16 años. 

En la próxima década se estima que 175 millones de niños y niñas sufrirán cada año las consecuencias del cambio climático.

A la desigualdad intergeneracional se une la desigualdad territorial, poniendo en situación aún más vulnerable a los niños y niñas de países del Sur, que no sólo por edad, sino por espacio geográfico, van a sufrir las consecuencias más graves de una crisis climática sobre la que apenas han tenido responsabilidad. 

Si no abordamos tanto las causas como los efectos de la emergencia climática, no lograremos una de las metas fundamentales de los Objetivos de Desarrollo Sostenible: poner fin a las muertes evitables de niños menores de 5 años. Por supuesto, tampoco acabaremos con el hambre y la inseguridad alimentaria.

Así, la COP25 y todos los movimientos sociales que la rodean se plantean como una oportunidad: somos la primera generación que sufre los efectos de la crisis climática y, al mismo tiempo, la última que puede hacer algo para detener este desastre. Nuestra labor es apoyar y dar voz a los y las jóvenes que están protagonizando la movilización global contra la emergencia climática en 128 países.

El planeta nos ha sido dado, somos sus guardianes temporales. Los cuidados que prodiguemos a nuestro hogar terrenal permitirán a las generaciones posteriores vivir en él y cumplir su turno en la labor de custodia.      

Por ello es esencial incorporar y extender el principio de justicia intergeneracional en el discurso más amplio de la justicia climática, ponerlo en el centro de las decisiones políticas y económicas que se tomen en relación con el cambio climático. Pero por desgracia esta perspectiva intergeneracional no se está teniendo en cuenta a nivel político ni legislativo.     

Es interesante fijarnos en que, para otro tipo de cuestiones, la reciprocidad entre generaciones sí está asumida. Un ejemplo muy claro es el sistema de pensiones en España, basado en la solidaridad intergeneracional, donde las cotizaciones de los jóvenes y adultos financian las pensiones de los mayores. Si tenemos asumido un contrato generacional en este sentido, ¿no podríamos desarrollarlo en lo referido al cuidado del planeta?   

Las generaciones del futuro deben tener un peso en nuestra vida ética. ¿Tendrán los mismos derechos que tenemos quienes estamos viviendo ahora? Debemos asegurar que así sea. Es necesario extender la solidaridad entre generaciones, vivir bajo el principio de reciprocidad. “Haz por la próxima generación lo que hubieses deseado que la anterior generación hubiese hecho por la tuya”, se suele decir. Las generaciones adultas no podemos dejar un planeta menos valioso, habitable, y con menos futuro que el que nos encontramos. 

A riesgo de parecer apocalíptico, lo que se avecina es un sufrimiento humano jamás visto y a escala inmensa.

Por eso, en lo más inmediato, exigimos al próximo gobierno de España que priorice la lucha contra la crisis climática y se comprometa con medidas valientes dirigidas a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero y a desarrollar políticas concretas a través de la Ayuda Oficial al Desarrollo para paliar el impacto real de la emergencia climática sobre los más vulnerables.  

A riesgo de parecer apocalíptico, lo que se avecina es un sufrimiento humano jamás visto y a escala inmensa. Debemos impulsar una transición global hacia un mundo sostenible y llegar a un contrato social global que garantice nuestra supervivencia.

Las personas más jóvenes se han cansado de escuchar promesas que no van acompañadas de acciones reales, de saber que serán quienes sufrirán las consecuencias sin poder participar en las decisiones. Por eso lideran la lucha por la justicia climática a nivel global. Por eso es a ellos a quienes debemos escuchar y respaldar. Por eso estamos y estaremos siempre a su lado. 

 

Andrés Conde es director general de Save the Children.

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