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07/10/2021 07:18 CEST | Actualizado 07/10/2021 07:18 CEST

La ajustada victoria en Alemania: una oportunidad formidable para la UE

Un tiempo nuevo puede abrirse para el conjunto de Europa.

AXEL SCHMIDT
El candidato socialdemócrata a la Cancillería alemana, Olaf Scholz.

Toda la familia socialista y socialdemócrata europea se regocija de los resultados obtenidos por el SPD alemán en las elecciones federales del domingo 26 de septiembre. El SPD vuelve a ser primera fuerza tras cuatro Legislaturas de dominio democristiano (CDU/CSU) en la que ha desempeñado el papel de socio minoritario. Es cierto que la ventaja definitiva es magra (apenas un punto porcentual sobre la CDU ha decidido su primacía y su  victoria.

En la primera ocasión de reencuentro, reunidos en Malta el 27 de septiembre, todas las Delegaciones del Grupo S&D del Parlamento Europeo (PE), y desde luego la española, expresamos nuestras felicitaciones a nuestr@s compañer@s aleman@s, con nuestro reconocimiento a la campaña liderada por su candidato Olaf Scholz, hasta hace poco ministro federal de Hacienda en el Gobierno de Grosse Koalition presidido por la canciller Angela Merkel, con nuestros mejores deseos de que pueda formar cuanto antes un Gobierno (de coalición, vista la fragmentación del arco parlamentario en el Bundestag).

Tal es la regla de la fraternidad y solidaridad en la socialdemocracia europea: una victoria en un Estado miembro (EM) de la UE es considerada un triunfo colectivo y compartido, y celebrado como un avance en la recuperación de una posición de liderazgo en las Instituciones europeas largamente anhelada en la medida en que venimos de dos largas décadas de hegemonía conservadora en el Consejo (Gobiernos de los EEMM), ergo en la Comisión (un/a Comisario/a por EM, a propuesta de su Gobierno), así como en el PE (donde la última vez en que el Grupo Socialista fue el primero en la Eurocámara se remonta a 1994).

Igualmente contrastada es la tendencia a la autocrítica de la socialdemocracia, generalizada en las formaciones progresistas. De modo que no es infrecuente que cualquier derrota electoral, siquiera por escaso margen, en la medida en que frustre la expectativa de formar Gobierno y liderarlo, de lugar a un severo ejercicio de exigencia de reconocimiento de errores y exigencia de responsabilidades, cuando no a periodos depresivos rayanos en la autolisis. Por contra, una victoria, siquiera por escasa ventaja (a veces un punto, o incluso menos) reactiva, jubilosa, la autoconfianza y el anhelo de realizar desde el Gobierno la tarea para la que la izquierda se siente especialmente llamada: proteger a los que menos tienen y mejorar las vidas de quienes más necesitan de la política y lo público para corregir injusticias sociales, remover desigualdades y combatir discriminaciones donde quiera que se manifiesten.

Por eso la victoria alemana debe y puede ser acogida como lo que es: una oportunidad preñada de esperanzas, no sólo para Alemania, EM fundador de la integración europea en los años 50 del pasado siglo XX (aprendiendo las lecciones de la devastación sin precedentes causada por la II GM)  y que es además la mayor economía de la UE y el EM con mayor población, sino para toda la UE.

Pero es también útil tener en mente algunas lecciones obligadas visto el pasado inmediato de la socialdemocracia alemana y europea. Una de ellas es la que refresca la naturaleza misma de la política. La razón de ser de la política democrática reside en articular un proyecto de gobierno capaz de general apoyos mayoritarios en la sociedad, lo que exige competir por ganar elecciones, y hacer cuanto sea necesario, mediante la reflexión y la acción colectiva y compartida en organizaciones políticas, para merecer y conseguir ese préstamo de confianza que es el respaldo electoral..  

Para un Partido Socialista europeo es siempre mejor formar parte del Gobierno que combatirlo democráticamente desde la oposición, con toda la dignidad con la que esta función debe ser ejercida cuando sea inevitable por ser inviable la primera opción.

Pero es claro que en el paisaje europeo los arcos parlamentarios se han  descompuesto factorialmente, hasta el punto de diferir tan intensa como dramáticamente del que campeaba en los Parlamentos nacionales de los EEMM hace apenas 20 años. Son ya numerosos los casos en que, donde décadas atrás eran posibles los Gobiernos progresistas monocolores, ahora sólo es posible un Gobierno con liderazgo socialdemócrata en coalición con otras fuerzas con agendas parcialmente  competitivas o contradictorias con la de la jefatura de Gobierno, y que donde antaño eran posibles amplias mayorías absolutas ahora se ganen elecciones con el 25 % o el 27% de los votos,... si se cumple la premisa de que, por la suma de la mayor fragmentación y los eventuales errores cometidos por los adversarios (a veces tan clamorosos como decisivos para definir la delgada línea que separa la derrota de la victoria), esa Pole Position relativa comporte una ventaja de iniciativa a la hora de conformar coaliciones con una orientación progresista.

Es el caso en Alemania. La retirada de Merkel después de cuatro mandatos consecutivos como Canciller, la desastrosa y errática campaña del conservador Armin Laschet como candidato fallido de la CDU, la disposición al diálogo de Liberales (color ámbar) y Verdes, conforman conjuntamente una formidable plataforma de oportunidad para un Gobierno de coalición progresista  -alternativo y superador de 16 años de Grosse Koalition- que en Alemania es conocido como “Ampel Koalition” (literalmente, “semáforo”: rojo, ámbar y verde).

Y es una oportunidad para Europa, para la entera UE. Pero también cabe aquí una lección insoslayable: los lideres progresistas con asiento en el Consejo (socialistas, socialdemócratas) tienen  el deber imperioso de comunicarse mejor y con intensidad que nunca antes en el pasado, compartir prioridades y poner en común estrategias para imponerlas en la mesa del Consejo  y en las iniciativas legislativas y presupuestarias de la Comisión, tejiendo alianzas legislativas con la mayoría proeuropea en el PE. Los gobernantes de izquierda tienen la obligación de hacerlo mejor que en el pasado: verse y hablarse más, poner en común lo que les une pese a las inesquivables diferencias nacionales debidas a la diversidad de pesos específicos, tamaños, historia, geografía, idiosincrasia, entre los EEMM.

Un tiempo nuevo puede abrirse para el conjunto de la UE. Es el impacto tectónico de la victoria, ajustada, pero cargada de posibilidades, del SPD y de Olaf Scholz, ojalá pronto nuevo canciller, en las elecciones federales del país más poblado de la UE y con mayor número de escaños en el PE. 

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