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13/11/2018 07:25 CET | Actualizado 13/11/2018 11:30 CET

La amenaza del pasado de furia y fuego

Reuters
Una mujer deposita flores en una ceremonia para conmemorar el aniversario del fin de la Primera Guerra Mundial, en Londres.

Muchos, sean políticos, académicos e investigadores en el pasado, periodistas, politólogos, están de acuerdo: en numerosos aspectos, desde luego en más de los prudentes, la conmemoración del centenario de la Primera Guerra Mundial coge al mundo en una situación parecida a la de los tiempos previos a la Gran Guerra. O la Gran Carnicería, como también se le conoce, porque lo fue. Pero este presentimiento de que el mundo no ha aprendido de sus errores, y que los está repitiendo con una sobrecogedora puntillosidad y perfección, se extiende a la Segunda Guerra Mundial.

Uno los dos estallidos, porque están unidos por un mismo hilo conductor. Hay sin embargo una abismal diferencia entre la primera y la segunda. La primera terminó malamente: el Tratado de Versalles cerró la herida en falso. No se contuvo la infección. Las draconianas sanciones a Alemania, imposibles de cumplir, dieron alas al discurso de venganza de Adolf Hitler. Sin embargo, tras la II, los Aliados aprendieron de los errores del pasado y comprendieron que para que la paz fuera estable y duradera había que cambiar el chip, aunque todavía ese artilugio no se había inventado en su forma contemporánea.

Resumiendo, en cuanto callaron las armas y se dispersó el humo de las bombas y los incendios, en vez de aislar a Alemania de nuevo, y de imponerle condiciones tan duras que impedirían su recuperación económica, y que por lo tanto, provocarían un largo tiempo de miseria, caldo de cultivo de nacionalismos y de discursos populistas y nacionalistas, como los nazis o los fascistas, se puso en marcha el Plan Marshall con el objetivo de reactivar las economías de las naciones europeas, la potencia agresora incluida.

Pero no fue solo este plan lo que ayudó a superar las consecuencias de la devastación y el odio; fueron también dos nuevos y potentes instrumentos pacifistas: la creación de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero, antecedente del Mercado Común, y finalmente de la Unión Europea, así como la creación de la Alianza del Tratado del Atlántico Norte, NATO en sus siglas en inglés, OTAN en sus siglas en español. Alemania y Francia, y esto es clave, se abrazaron.

La solidez de las dos organizaciones, la Unión Europea y la Alianza Atlántica coincide con un periodo de extraordinaria bonanza política, económica y social

Según Helmut Schmidt, el canciller socialdemócrata alemán, heredero de Willy Brandt, una de las razones de la OTAN fue controlar a la RFA mediante su integración. Es cierto que oficialmente nació –y es verdad– para disuadir a la URSS de Stalin de avanzar hacia el Oeste; pero uno de sus efectos fue impedir un nuevo 'susto' alemán. Al estar la totalmente integrada en la Alianza, era imposible que Alemania repitiera un rearme agresivo producto de alguna situación sobrevenida. El riesgo se cortaba con carácter preventivo.

En cuanto al objetivo enunciado como principal, contener la tentación expansionista soviética, que está en los genes de Rusia desde el zarismo, esa necesidad vital de tener un área de seguridad en sus fronteras, la OTAN fue un instrumento decisivo. Hubo un momento, cuando Moscú desplegó nuevos misiles, los SS-20, en el teatro europeo, en que estalló una seria crisis que caldeó la Guerra Fría. Fue la 'Crisis de los misiles'. Pero la respuesta firme de las democracias europeas encerró el riesgo en un sólido contenedor. La adhesión de España mediante referéndum actuó, encima como elemento de mayor cohesión y seguridad.

Fue un tiempo de confianza, y de certezas. Como nos dijo el secretario general de la OTAN en Bruselas, el alemán Manfred Wörner, a un grupo de periodistas españoles: "Somos la más formidable maquinaria de paz de todos los tiempos".

La solidez de las dos organizaciones, la Unión Europea y la Alianza Atlántica coincide con un periodo de extraordinaria bonanza política, económica y social, y con una 'verdad' que llegó a creerse eterna, porque ¿quién en su sano juicio iba a discutir que el modelo que se había logrado implantar duraría para siempre? Ese modelo creció, asimismo, sobre una creencia firme, casi una religión laica: el europeísmo.

Europa como actor y no sólo como escenario, como predicaba el español Javier Solana; Europa como potencia mundial entre Rusia y Estados Unidos. Europa como referencia con su Estado de bienestar, marca de la Casa Común, y como interlocutor en quien se podía confiar.

Los fallos en la gestión de la crisis terminaron por abrir las puertas de la sala de baile a aquellos que parecían haber sido erradicados para siempre: los populismos y los nacionalismos

Pero, según avanzaba el continente hacía los primeros cien años de la tragedia de 1914-1918, disparada por un disparate de un lobo solitario en Serbia, las certezas comenzaron a convertirse en incertidumbres, hasta llegar al punto actual en que la única certeza es la falta de certezas en el futuro.

Y eso vino de la mano de la 'gran recesión' que empezó en 2007, con la caída de Lehman Brothers, pero que se había venido incubando desde que el capitalismo de casino se salió de madre con las utopías desreguladoras. Eso tumbó la cordura estratégica del Washington dominado por los republicanos, y acabó con el monopolio de la cristiano-democracia en la derecha liberal europea, que fue sumándose a los 'duros' de un capitalismo cada vez más avaricioso e inhumano.

Los fallos en la gestión de la crisis terminaron por abrir las puertas de la sala de baile a aquellos que parecían haber sido erradicados para siempre: los populismos de discurso fácil pero falso, los nacionalismos, sean de campanario parroquial o de comunidades regionales con fuertes señas de identidad, por ejemplo, una lengua, o de estados subyugados por el comunismo que no entienden la complejidad de pertenecer a un proyecto como la UE que, como cualquier sociedad, tiene unas reglas de obligado cumplimiento para sus socios.

En ese contexto, la avalancha de inmigrantes, fuesen refugiados de guerras lejanas, algunas provocadas por los propios europeos y sus amigos, como EE UU o sencillamente por el hambre, actuaron como detonadores de la ultraderecha que poco a poco ha dejado de disimular su genuina condición: la añoranza de las dictaduras nazis o fascistas.

De pronto, en un decenio, el 'decenio de las incógnitas', todo se acelera; y es cuando pasamos de las certezas a la nada, y regurgita el nihilismo encapuchado. Lo que pudo haberse retardado, e incluso disuelto, con medios de comunicación tradicionales, se aceleró con el poder inmenso que han adquirido como elementos de furor y trastorno mental colectivo las 'redes sociales'. Los millones de crédulos, y de esos que, cansados de la política y el debate, y también, por qué no decirlo, de la corrupción y la demagogia, buscan un liderazgo fuerte que les ofrezca seguridad –sin tener en cuenta que más veces que menos los hombres fuertes acaban siendo dictadores o algo parecido- han terminado por ser instrumentos inconscientes, peleles, de manipuladores y malvados.

Incluso cuando parece que no hay esperanza la hay: o por lo menos queremos creer que la habrá, hasta cuando ya es evidente que hay millones de personas que caminan hacia el abismo

No es ninguna teoría de la conspiración, ni ninguna frivolidad. De Fidel Castro a Hugo Chávez, de Orbán a Erdogán, de Putin a Kaczynski, de Trump a Bolsonaro... hay todos los ejemplos que se quieran.

El sarpullido nacionalista y la ultraderecha, y el populismo de corte peronista, ese invento donde caben todas las ideologías y algunas que aún están por inventar, desde el sindicalismo combativo y primario hasta el capitalismo más ladrón e intransigente, ya se han convertido en un factor de enorme preocupación para los europeos 'de bien'. El Brexit, una excéntrica locura de millones de británicos nostálgicos del Imperio, ha demostrado que la amenaza no es inventada. La amenaza para la unidad europea es real. Inminente. Pero incluso cuando parece que no hay esperanza la hay: o por lo menos queremos creer que la habrá, hasta cuando ya es evidente que hay millones de personas que caminan hacia el abismo; o hacia atrás, que viene a ser lo mismo.

También la infección ha llegado a España. Y no parece que vaya a cortarse por lo sano, porque la aparición de VOX, tras la irrupción de Podemos y el conflicto catalán en fase de efervescencia, y las ambigüedades del PNV, que mueve la colita como diciendo 'y de lo mío qué', y del nacionalismo identitario que, quién lo diría, se ha apoderado de la izquierda en Baleares y la Comunidad Valenciana... todas estas apariciones, o reapariciones, así en grupo, parecen un mal presagio.

Aprovechemos el centenario de la Gran Guerra, y los años de paz desde el final de la II Guerra Mundial, para sacar las cuentas. ¿Para qué cambiar los que nos ha ido bien? ¿Por qué confiar en los que proponen romper lo que funciona para volver a un pasado de miseria, esclavitud, sudor, sangre, furia y fuego?

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