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28/05/2019 07:34 CEST | Actualizado 28/05/2019 07:34 CEST

La 'areté' universal

joe daniel price via Getty Images
El Erecteion, en la Acrópolis de Atenas. 

Me he pasado de frenada que, en realidad, yo sólo quería hablar de Francia, emocionada como estoy al descubrir que existen ministros de Educación que no son claros zoquetes sin mucho más que serrín en las molleras y billeteras los corazones.

Justo en estas semanas de Brexit, de rumores espeluznantes acerca del resultado de las europeas, de desconfianzas, de miedos, sale un tal Jean-Michel Blanquer, ministro de la Educación Nacional del país vecino, que, con la clara conciencia de que un mundo más tecnológico cada día tiene necesariamente que ser un mundo más humano, ha decidido rescatar el latín y el griego del baúl de los recuerdos, y darles su espacio en la enseñanza.

Es el mismo Blanquer que impulsó la prohibición de los móviles, y que cree que las lenguas antiguas son algo más que dos simples asignaturas. Son como las paredes maestras del sistema. “Debemos ser vigilantes para que este mundo nuevo, caracterizado por Internet y las nuevas tecnologías no nos dé soluciones engañosas. El aprendizaje del latín y el griego contribuyen al desarrollo de la lógica, facilitan el aprendizaje de otras lenguas y permiten establecer un vínculo entre diferentes conocimientos”.

De completo acuerdo. Ya lo inventaron los griegos dos mil años antes de que los liberales modernos, los profesionales del capitalismo salvaje, decidieran que no vale de mucho aprender a pensar. Areté, lo llamaban.  En griego clásico, ἀρετή,  que era  el nombre del primer libro de texto que tuve de esta lengua clásica, antes de que alguien decidiera enviarla, envuelta en un paquetito con el latín, al baúl de los recuerdos, por considerar que había otras materias más interesantes que estudiar.

La areté era el fin último de la enseñanza, y agrupaba conceptos como valentía, justicia, moderación, virtud, dignidad… Todo lo necesario para hacer lo que hoy llamaríamos un hombre de bien, un ciudadano ejemplar.

Fue esa la primera palabra de la lengua de Platón y de Aristóteles que descubrí. Y me sonó muy bien. Areté. La excelencia o algo así, que la traducción es complicada. La areté era el fin último de la enseñanza, y agrupaba conceptos como valentía, justicia, moderación, virtud, dignidad… Todo lo necesario para hacer lo que hoy llamaríamos un hombre de bien, un ciudadano ejemplar.

Hacía años que no recordaba este concepto. Grecia había quedado reducida al kalimera, kalispera, efjaristó y las novelas de Petros Márkaris (que recomiendo vivamente). El tiempo había mandado a un rincón del disco duro de mi cabeza las enseñanzas clásicas, los buenos y menos buenos ratos de traducir la Anábasis de Jenofonte, obligada en mi época, y hasta las enseñanzas de los Siete Sabios o las deliciosas historias de la mitología helena, que me apasionaban hasta el punto de conocer de memoria la larga lista de dioses, semidioses, titanes, náyades y demás.

Y mire usted por dónde, un francés me la ha traído de vuelta.  Ha vuelto Grecia con todo su peso, con toda su historia, con su areté de siglos. Ojalá sea para quedarse.

 

Este post se publicó originalmente en el blog de la autora. 

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