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16/01/2020 06:05 CET | Actualizado 16/01/2020 17:55 CET

La asistencia psicológica, en el trastero de la sanidad pública

El paciente de a pie solo dispone de los recursos públicos que a nivel de psiquiatría y psicología son de los más escasos.

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«Todas las semillas se pudren al principio, pero algunas germinan... Un mundo sin esperanza es irrespirable»

La esperanza (1938),André Malraux

En cada accidente, emergencia, catástrofe natural o no, desaparición y tantas otras situaciones que quiebran el corazón, el alma y la mente de sus protagonistas, podemos ver a una serie de profesionales, que bien pertenecen a grupos de voluntarios como los Psicólogos sin Fronteras, o bien a las administraciones públicas, las cuales tienen firmados convenios con los colegios oficiales de psicólogos de cada provincia. Asimismo, ante una situación particular de desorientación, pánico o un simple incendio se puede solicitar ayuda psicológica a los servicios de emergencia del 112.

A estos escenarios también acuden los medios de comunicación en una carrera desenfrenada por trasmitir la noticia. Quisiera pensar que es por una labor puramente de comunicación, y no que detrás solo exista un interés por elevar su audiencia, y entonces el espectador sea uno más de lo que acontece. Un dolor, el ajeno, que solo nos afecta los primeros minutos, o cuando nos lo recuerdan. Ahora bien, cuando todo acaba, los focos se apagan y se baja el telón para los espectadores, los verdaderos protagonistas siguen ahí, igual no de manera física, pero sí mentalmente, debiendo hacer frente a su particular duelo para el que nadie está preparado. 

Ha llegado el momento de formularse la pregunta: ¿A quién acuden pasado ese momento crítico, dónde se encuentran los tan necesarios psicólogos e el día a día?

Las cifras no mienten pues según la Organización Mundial de la Salud (OMS) estamos a la cola en el número de psicólogos clínicos en la sanidad pública, sin olvidar a unos psiquiatras que se ven saturados. Queja que ha llegado al Defensor del Pueblo, para que se amplíe la cobertura en atención primaria y en los centros de salud mental, que de poco sirve al que no puede esperar la tan ansiada ayuda por una mente sufriendo. Según los datos del portal Redacción Médica, la ratio es de 4.2 por cada 100.000 habitantes frente a la media europea de 18 profesionales.

En 2017, Julio Bobes, presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría, expuso de forma clara y con unos datos nada desdeñables y bastante alarmantes: “Por no haber sido capaces de aplicar la estrategia europea, no tenemos datos que sean comprensivos para todo el país. Lo poco que queda son estadísticas ‘light’ e impresiones, aunque sí sabemos que la demanda de asistencia ha aumentado y los recursos no. Esto significa más listas de espera y más personas insuficientemente atendidas″.

El abanico de protagonistas no queda limitado a los descritos al comienzo de estas líneas, ya que nadie está al margen de sufrir un episodio de ansiedad crónica, los indicios de un trastorno adaptativo o un desorden, una situación de acoso, abuso, o una incipiente o ya avanzada depresión (la cual ya ocupa el octavo puesto entre las enfermedades crónicas en España). De hecho, son la mayor parte de las consultas que reciben los profesionales de medicina familiar o atención primaria, siendo estos el primer filtro para acudir a los psicólogos clínicos y psiquiatras. 

Unos profesionales, estos últimos, quienes desde su dedicación y tiempo limitado tratan de poner todo de su parte, aunque no estén preparados para ello. En su conocimiento te recetarán la medicación que conozcan y puede que muchos salgan de ese bache, y otros tantos entren en una espiral en la que la enfermedad mental ya ha llamado a su puerta y no se han puesto los medios para no dejarla entrar, frenarla y evitar su enquistamiento. La necesaria prevención de la que tanto se habla respecto a una alimentación saludable, las enfermedades cardiovasculares o el cáncer, el tabaco, y los consabidos antibióticos, se halla ausente o inapreciable en las enfermedades relacionadas con la salud mental. 

Es más sencillo y fácil recetar, medicar en exceso con un coste económico mucho menor al principio y un peaje personal elevadísimo.

Hace más de 10 años la propia OMS advirtió que el próximo año la depresión será la segunda causa de discapacidad en el mundo desarrollado.

Los indicadores llevan ahí un excesivo tiempo y lo peor es que ciertas patologías mentales que ahora se hallan presentes en nuestras vidas, condicionándolas, podrían haberse corregido o mejorado en cierta medida con una necesaria política de prevención.

Es difícil de entender que no todo consiste en tener una sesión con un psicólogo clínico y todo quede resuelto, ya que se necesita tiempo, confianza y comunicación para que paciente y profesional puedan comprender qué es lo ocurre o pasa en la mente y la vida de ese paciente para poder ayudarle con la terapia que resulte más apropiada. Esta labor no se puede llevar a cabo en tres sesiones de 20 minutos cada seis meses, si has tenido la suerte de entrar en el sistema público.

Como nos recordaba E. Punset: «Hasta qué punto es urgente que las instituciones sanitarias y educativas dejen de mirar hacia otro lado y adopten una actitud preventiva sobre los problemas del espíritu (…)»—y sigue diciendo— “sutilmente como una lluvia fina, sin que reparamos en ello, los dolores del alma se han ido colando en el corazón de las preocupaciones de la gente» (Lo que nos pasa por dentro).

¿De qué manera hay que decirlo? Los expertos lo demandan sin descanso, los pacientes que se encuentran en una situación vulnerable pues no disponen de los mecanismos, y en ocasiones las familias no perciben las señales de alarma de unas enfermedades que al igual que el dolor son invisibles para la sociedad. La urgencia de las medidas preventivas, conforme acabo de indicar, es un hecho que no solo puede evitar desenlaces que ya tienen marcha atrás, como puede ser un suicidio. Además, cuántos aspiramos a una mejora en la calidad de vida, no solo en el plano físico, también en el sufrimiento emocional. Sin olvidar unos costes para las arcas públicas por las bajas laborales, discapacidades y unos cuidados mayores; que no son nada comparables al destrozo que asola a una familia cuando dicho desenlace final ha sido por una enfermedad mental.

¿Cuándo se van a concienciar las administraciones públicas y sanitarias?, al igual que se predica, como antes he avanzado, frente a la obesidad o el tabaquismo con campañas que eviten enfermedades peores, que el camino es la estrategia de la prevención, no solo la más eficaz, sana y económica que redundará en una mayor calidad de vida de sus protagonistas, los enfermos y sus familias. Algunas patologías se encuentran en una fase temprana en la que la actuación es crucial para que no se traduzcan en patologías más graves e indefinidas.

En lugar de ello, es más sencillo y fácil recetar, medicar en exceso con un coste económico mucho menor al principio y un peaje personal elevadísimo. 

El paciente de a pie solo dispone de los recursos públicos que a nivel de psiquiatría y psicología son de los más escasos.

¿Cuántas veces por el contrario he leído que ciertas medidas tienen un elevado coste a corto plazo? Aunque son seguras, y a medio y largo plazo los beneficios son constatables, la principal es sin duda la nada desdeñable función de mejorar la calidad de vida de sus enfermos y evitar no solo la cronicidad también enfermedades más incapacitantes o un suicidio en el que no existe vuelta atrás.

En España los centros de atención primaria no disponen como tal de psicólogos clínicos, que se ubican de forma separada centros de salud mental o en centros hospitalarios; lejos de los objetivos que se marcara el propio Ministerio de Sanidad en las estrategias 2009/2013. Algunas unidades de patologías crónicas, y especialmente aquellas destinadas al tratamiento del dolor de carácter multidisciplinar (pero solo un 51% del total) cuentan con alguno de estos profesionales, y digo alguno porque suele ser uno para el total de la unidad. Al final, si llegas a este profesional no podrá dedicarte el tiempo necesario, y aquel se sentirá desbordado y el paciente una vez más al final de la lista.

Por todo ello, cuando llega a mis oídos la noticia de que un deportista de élite ha sido un luchador, o resulta un valiente por hacer público que sufre una enfermedad mental, ya sea una depresión u otra dolencia y la superado, haciéndolo público en un acto de normalización, la opinión pública se vuelca en él. Reconociendo su esfuerzo, al tiempo dicha respuesta me sumerge en una tristeza o todo lo contrario, me hierve la sangre, por la cantidad ingente de menores, adultos y mayores desconocidos que se ven estigmatizados. Sí, así es, hasta culpabilizados por no saber cómo salir del pozo en el que han caído y no disponer de los recursos del famoso deportista o pertenecer a un club deportivo que trabaja con sus jugadores las emociones día a día. 

El paciente de a pie solo dispone de los recursos públicos que a nivel de psiquiatría y psicología son de los más escasos, sin olvidar la carencia de profesionales en la asistencia pública, quedando en manos del nivel adquisitivo de cada cual, que se pueda permitir acudir al sector privado. En consecuencia, las listas de la sanidad pública se encuentran colapsadas en beneficio de los especialistas privados.

Volvemos a lo mismo, quien pueda acceder al sector privado lo hará sin duda, y el que no seguirá sintiéndose invisible para el sistema, y lo peor: doblemente estigmatizados por su enfermedad crónica de base, como puede ser el dolor, y por su patología mental, que es igualmente intangible.

Al menos poco a poco se va normalizando en hecho de acudir a uno de estos profesionales sanitarios, psicólogo o psiquiatra, cada cual con su misión. Ambos se complementan y en el caso de los pacientes crónicos lo deseable y difícil de conseguir es de nuevo una abordaje de la cronicidad en el sistema nacional de salud. 

 

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