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20/01/2021 08:48 CET | Actualizado 20/01/2021 08:48 CET

La camiseta de Marlon Brando

Indiscutiblemente, los medios condicionan nuestras elecciones, moldean nuestros gustos y también provocan expectativas.

Getty Images
Marlon Brando.

La influencia de los medios es muy superior de lo que pensamos. De acuerdo, no es la inefable aguja hipodérmica que se temía, pero, en gran medida, los media condicionan nuestras elecciones, moldean nuestros gustos y también provocan expectativas. Eso no se puede discutir.

El martes pasado, en el Cinefórum que dirijo en la Universidad Internacional de La Rioja, comentamos cómo las gabardinas Burberry habían alcanzado cotas de venta inimaginables tras ser exhibidas por Ingrid Bergman y Humphrey Bogart en Casablanca (1941, Michael Curtiz). La misma suerte corrió la mundana camiseta interior, la cual gozó de estatus de fetiche sexual tras ser lucida por Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo (1951, Elia Kazan). Podrán aducir que fue casualidad, pero la imagen de Stanley Kowalski ataviado de semejante guisa ya forma parte de la iconografía erótica del cine.

Pero bajemos a lo concreto. Hace un par de años, estando de vacaciones en una villa costera, subí a uno de esos trenes turísticos que realizan visitas guiadas por todo el lugar. El hilo musical estaba compuesto por éxitos de los noventa y aquello, en comparación con el sopor que se sufría fuera del tren, lo hacía infinitamente más apetecible. 

En el asiento contiguo estaban una mujer y su hija, de ocho o nueve años. Esta última parecía indignada: “¡Esta no es la canción verdadera!” exponía mientras su madre le hacía caso omiso. “Mamá, te digo que esta no es la letra”. La madre asentía mientras ojeaba el móvil con total despreocupación. Me concentré en el monólogo de la pequeña, atendiendo al hilo musical. La canción que amenizaba la espera era ‘Galilea’, aquel éxito de Sergio Dalma versionado ad nauseam. La niña proseguía: “Yo he visto el anuncio y no dice Galilea, sino Creditea”. Seguidamente, la niña se puso a cantar, entero, el jingle del spot. Con aquel calor resultaba caricaturesco que una niña tan pequeña entonase las bondades de los créditos rápidos.

 

En aquel momento pensé en Sergio Dalma y, sobre todo, en el letrista Luis Gómez Escolar, autor de temas celebérrimos como ‘Bailar pegados’, ‘Vivo por ella’, ‘El jardín prohibido’ o ‘Livin’ la vida loca’. Qué mutación cultural tan bizarra, pensé. Aquella parecía una escena sacada de la película Demolition Man (1993, Marco Brambilla) en la que los habitantes de 2032 escuchaban emisoras de radio en las que programaban jingles publicitarios clásicos, mientras razonaban sobre Pizza Hut u Oscar Mayer:

Todo ello ejemplifica, grotescamente si quieren, que lo que sale en los medios es importante. Por consiguiente, por puro descarte lógico, aquello que no figura en los medios de comunicación no existe. 

Hace unos días, falleció en Valencia Claudia Montero, una compositora bonaerense afincada en España desde 2002, ganadora de cuatro Grammy Latinos. ¿No la conocían? Culpen de su desconocimiento a la agenda de los medios.

Montero consiguió una brillante carrera sostenida en el tiempo, obteniendo el Grammy a ‘Mejor obra Clásica Contemporánea’ en 2014, 2016 y 2018, así como el Grammy a ‘Mejor Álbum de Música Clásica’ en 2018. Casi nadie lo sabía. La muerte de Claudia Montero, que fue profesora del Conservatorio Superior de Música y que también participó en producciones audiovisuales, ha pasado prácticamente desapercibida, apenas se ha sabido de su existencia y de su fallecimiento. De haber sido un autor (y con semejante palmarés) los medios generalistas habrían hecho referencia a su partida.

Si seguimos con el discurso relacional, porque es imposible no seguir las ilaciones del razonamiento, llegamos a un proyecto que pone de manifiesto precisamente, el ocultamiento del talento femenino en la historia: ‘No more Matildas’. 

Con el hashtag #NoMoreMatildas, las redes se han hecho eco del proyecto nacido en el seno de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas (AMIT), apoyado por la Oficina del Parlamento Europeo en España. Este plan, cuyo nombre hace honor a Matilda Joslyn Gage, la activista que mostró esta desigualdad en la ciencia, hace hincapié en la relegación de la mujer en la ciencia. El llamado ‘Efecto Matilda’.

Y es que, el mayor problema no es solo que las mujeres no hayan tenido espacio en la sociedad más allá de los contornos de lo doméstico a lo largo de los siglos, sino que, las pocas que lograron destacar, fueron sistemática y deliberadamente ocultadas. Y eso es algo que se ha hecho adrede, no les quepa duda.

No es solo una labor de honradez devolverles su espacio y su importancia, mostrando que las mujeres no son siempre pioneras, sino una cuestión de justicia para con las nuevas generaciones, para que no se queden con la versión imperante y puedan conocer la verdad. 

Porque, a veces, es importante dejar el móvil de lado y decirle a tu hija que está equivocada y que, por mucho que insistan los medios, la protagonista de la canción se llamaba Galilea.

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