La cárcel de carne

Eso que tan cínicamente nombramos “umbral de la pobreza” están mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos.
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La cárcel de carne.
CARLOS ALEJÁNDREZ 'OTTO'
La cárcel de carne.

Sería muy fácil decir que los ojos de aquel anciano que terminaba su vida laboral en mi cocina destilaban sabiduría o tenían la profundidad de la experiencia; con trucos de esa índole se escriben muchas novelas. Pero lo único que yo lograba apreciar en ellos era la vista cansada de quien ha visto cosas, quizás demasiadas, y no todas agradables.

Recordaba yo alguna anécdota de mi primo el cirquero mientras trajinábamos con las preparaciones, cuando el hombre nos confesó que él también había trabajado de mozo en un circo de los de leones cansados, trapecistas a poca altura y magos disfrazados de Fu-Manchú.

-La principal atracción que llevábamos era la mujer más gorda del mundo, a la que sacábamos a pista tirando de un carretón muy pequeño para ella, por lo que sus lorzas se derramaban por los bordes. Pesaba cerca de trescientos kilos y su número consistía en elevar, como podía, brazos y piernas, siempre al lado de uno de nosotros, para que el público comparara y se espantase. Los chavales del pueblo en que estuviéramos acampados se venían por la mañana para ver cómo, a tirones, la sacábamos de su carromato para que tomase un poco de sol. Así comprobaban que no había truco, y, de paso, se ahorraban la entrada. Por suerte, nunca supe cómo era su vida íntima. De ella se encargaba una hermana a la que muchos miraban mal porque convertía en anís el dinero de la ballena, pobre alivio para lo que tendría que hacer dentro de aquella caravana.

Todos callamos, y juraría que se me atragantó el almuerzo imaginando las escatológicas escenas que el viejo había insinuado.

Aquella historia me trajo al recuerdo el escaparate más impactante del que he oído hablar: era el de una tienda, no recuerdo en qué calle de las que desembocan en Montera, dedicada a la venta de máquinas de coser. En él, desde que alzaban el cierre hasta que lo echaban, siempre después que el sol, una mujer, abnegada y sonriente, cosía pieza tras pieza sin apartar la mirada de su faena. De tarde en tarde, y para que el público observara las primorosas puntadas de la Singer, mostraba su labor elevando el paño como si toreara por delantales.

Pero ni la tela alba ni su sonrisa podían ocultar sus dedos encallecidos.

Los freaks de la escalofriante y extraordinaria película de Browning siempre han estado entre nosotros, ya fueran los enanos de corte que Velázquez nos recuerda o los demenciados exhibidos para disfrute y choteo del respetable. También los apóstoles que inmortalizó El Greco (capaz de meter en cintura, a fuerza de pincel, hasta a la obesa curia) y que, a decir del documentado Marañón, eran carne de manicomio.

El monstruo siempre ha sido un buen espectáculo. Y, entre todos, el gordo (discúlpame, Stan Laurel) ha sido el preferido, ya fuera en aquel circo mohoso, en el patio del colegio o en la pantalla del televisor, en la que, me cuentan, un programa norteamericano sigue de cerca, con el pretexto del tratamiento médico, las miserias de quienes ya ni pueden levantar del sillón su desaforada cárcel de carne. Maldigo a quienes malician que los “arrobados” se lo han buscado, ganándose su desgracia torrezno a torrezno.

No insistiré en lo que ya todos saben: la obesidad tiene cada vez una relación más directa con la pobreza. Es muy probable que el tonel que intenta jugar al fútbol en el descampado se haya alimentado con pan engordado con artificios y fiambres a los que se les enseñó la carne de lejos, Lo que encierra el condón del chopped es más misterioso que lo que estaba al fondo del pozo de Poe.

Es muy fácil (y alguna vez he caído en ello) escandalizarse ante quienes renuncian a la comida de verdad para conformarse con sucedáneos apenas masticables, pero no hay que ser un lince para comprender que hasta los tomates que sonrojan una ensalada cuestan el triple que hace dos años, y no son más que el preludio de la cena de una familia que tiene que pagar la luz, el gas, el agua, la hipoteca y alguna cosilla como el material escolar o la ropa.

Y qué decir de los pescados frescos y las carnes nobles, que en muchos de nuestros barrios se están convirtiendo en animales mitológicos.

Hay cifras, datos y estadísticas que no repetiré aquí, pero que me dejan bien clarito que el hambre y eso que tan cínicamente nombramos “umbral de la pobreza” (en el umbral nos quedamos porque nos da miedo saber que al fondo hay sitio) están mucho más cerca de nosotros de lo que imaginamos; quizás en nuestro mismo edificio, al otro lado del descansillo.

Y que es bastante probable que el nene fondón que se mueve con torpeza intentando patear un balón que no alcanza, tenga hambre.

El manito que me surte de exóticos productos mexicanos (antes recogidos en su huerto de Leganés, D. F; ahora, en un secarral toledano que le recuerda, y mucho, a Sonora) cruzó la frontera del Río Grande tras un periplo de pesadilla en el que las maras, la sed o los guardias voluntarios que custodian el paraíso de la hamburguesa jugaron al yo-yo con su vida.

Yo le pregunté si valía la pena afrontar tanto riesgo.

-Amigo, cuando uno ve hincharse las barrigas de sus hermanitos por no comer, ni se lo piensa.

Pero esas barrigas solo las ve él. Nosotros, los satisfechos, atrincherados tras un muro de presente, esperamos a que salgan a la pista central, iluminados por los focos, seguros de olvidarlas al primer truco del mago.



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