La chaqueta de los Machado

La sombra de Antonio sumió a su hermano Manuel en una penumbra de la que nunca pudo zafarse.
La chaqueta de los Machado.
La chaqueta de los Machado.

Manuel era el mayor; cosmopolita, entregado a la noble causa del modernismo, mujeriego y juerguista. Hacía gala de la licenciatura en Filosofía y Letras que tanto se le resistió a Antonio.

Tuteló a este en sus primeros pasos por los barrios de la poesía; también por las tabernas a las que acudían los dos jóvenes con lápiz, papel y sed. Me gusta imaginarlos despachando incontables chatos de vino bautizado (“donde no hay vino, agua fresca”). Bien cocidos, ambos hermanos colocarían las cuartillas sobre el paño para emprender la búsqueda del cisne de Verlaine.

Y me da a mí que el poético pájaro tendría para ellos ojos de meretriz y andares de cupletista. Es lo que tiene el amor de juventud: huele y suda. Por eso me parece mucho más sabio que el amor de los mayores, que en tantas ocasiones no pasa de ser resignación.

Siempre he querido que me gustasen los poemas de Manuel, pero reconozco que la sombra de Antonio lo sumió en una penumbra de la que, al menos para mí, nunca pudo zafarse.

También ha pesado en la injusta balanza el que traicionase a la legitimidad republicana por la que tanto trabajó. Suyo fue el intento más serio de escribir un himno nacional que sustituyera al romántico y, hay que reconocerlo, pachanguero Himno de Riego.

Supongo que el fracaso en tal empeño le salvó la vida cuando el golpe de estado le pilló en Burgos, en medio de aquella nueva España que llegaba mordiendo.

Unos cuantos días de calabozo por un quítame allá esas opiniones, y el consejo de su mujer, más aficionada a los curas que a los versos de su marido, bastaron para que Manuel se deshiciera en alabanzas al caudillo (en minúscula, por favor, que la ortografía no ha de ignorar la pequeñez del alma) y al movimiento (de tierras) que abría fosas como quien abre botellas de manzanilla.

Quizás la clave la tenga aquel avezado lector cuyo nombre he olvidado, que en una sobremesa alcohólica y humeante me propuso leer los versos de Manuel Machado instalado en la ironía. Para él, Manuel se reía tanto de su entusiasmo lírico como de su decepción. Aunque tal vez no se riera, sino que mantuviera la distancia que el boxeador sabe guardar entre su rostro y el golpe que puede tumbarlo.

El mujeriego y juerguista se transformó, de la noche a la mañana, en probo funcionario y devoto esposo. Y quiero pensar que cada amanecer se miraba en el espejo y guiñaba un ojo a su máscara (“la cara es el espejismo del alma”. Gracias, David González) mientras musitaba: “Ni esto ni aquello, Manolo. Ni esto ni aquello”.

Cuando supo de la muerte de Antonio, hizo valer las prerrogativas que tantas loas al gallego le habían concedido para viajar a Francia a despedirse de él. La querencia lo llevó a París, aquel París en que compartiera casa y absenta con Rubén Darío. Corrigió el rumbo cuando supo que su familia estaba en Colliure, pero no llegó a tiempo de despedirse de su madre. Tan solo encontró a su hermano José, que le negó la palabra.

En estos días, que tan para mal nos retratan, la compañía zaragozana Teatro del Temple, gente aguerrida y sabia, ha subido al escenario un encuentro imaginado, ojalá hubiera sido posible, entre Manuel y Antonio tras la guerra, en la casa que en su día compartieron.

Con visceralidad e inteligencia (que, a lo mejor, son sinónimos) han urdido un lienzo de recuerdos y posibilidades, de palabras que debieron ser pronunciadas antes y de silencios que nunca debieron adueñarse del aire.

La sobriedad de la puesta en escena acentúa el dramatismo que te sobrecoge (me faltaron pañuelos). El espacio se entrega a un texto sólidamente construido y a tres actores, Carlos Martín, Félix Martín (que son, porque lo son, Antonio y Manuel) y Alba Gallego (a cuyo rostro asoman las mujeres que marcaron la vida de los dos poetas) en una interpretación contenida y admirable, capaz de vencer mis resquemores del primer momento, lastrado como estaba por tantas imágenes de Antonio como me acompañan; en especial, la foto en la que, en el café, Alfonso atrapó el cansado escepticismo y la entereza derrotada del anciano, que ya había renunciado a la rama reverdecida que fue Leonor, a la que no le importó amar hasta el delirio aunque la rancia sociedad soriana lo acusase de asaltacunas.

Más fácil me fue entrar en la verdad ficticia de Manuel, libre de memoria y representaciones.

Rescato cuatro versos del infame poema Al sable del Caudillo (el respeto al título me impone la mayúscula):

Que hoy sean tu nueva hazaña

estas paces que unirán

en un mismo y puro afán

al hermano y el hermano...

Aunque me temo que pedir al tirano que facilitara la reunión de ambos era poco menos que brindar al sol en un día nublado.

Supongo que aprenderé, con el tiempo, a desechar las poesías patrióticas. Soy consciente de que el peor Alberti y el peor Hernández vestían de uniforme.

Y me llama la atención una línea de la carta en que Manuel respondía al reproche que le dirigiera Antonio por publicar con excesiva premura:

Tu poesía no tiene edad. La mía, sí

Quizás debiera acercarme otra vez a Manolo Machado. Aunque pienso en el “torpe aliño indumentario” de Antonio, en los lamparones y los rastros de ceniza que lucían sus chaquetas y que hicieron posible que sus alumnos de Soria y Baeza coincidieran en el mote de ’Manchado. Y pienso en la única de que disponían su hermano José y él en Colliure y que se repartían para salir a la calle por turnos.

Y sé que, aunque hubiera dispuesto de veinte distintas, Antonio nunca se habría cambiado.

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