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15/09/2020 11:20 CEST | Actualizado 15/09/2020 11:20 CEST

La conspiración del chucho

Pablo Casado está haciéndose el ‘longui’ para mantener la ficción y salvar los muebles, porque el honor es de Dios y Dios hace milagros pero no imposibles…

Europa Press News via Getty Images
Imagen de archivo del presidente del PP, Pablo Casado. 

El discurso negacionista y de la nueva CEDA y la FAES, asumido devotamente por Pablo Casado, era que no podía ‘ajuntarse’ con Pedro Sánchez bajo ningún concepto y por ninguna razón… porque era un mentiroso, no se fiaba de él, y, sobre todo, no estaba dispuesto a apoyar un gobierno donde estuviera Pablo Iglesias y el comunismo bolchevique de la peligrosísima modalidad vírica bolivariana. 

El argumento, vamos a llamarlo así, convenía a su parroquia y a otras almas creyentes a fuer de cándidas. Ni presupuestos ordinarios, ni extras presupuestarios sobrevenidos por la pandemia, como los fondos europeos, ni gaitas ni castañuelas. Bloqueo total. Sólo si Sánchez rompiera con Podemos… podría estudiarse el asunto, pero solo estudiarse ¿eh? Nada de marcha atrás. En eso imitaba a Fidel Castro: “Retroceder, ni para coger impulso”. 

Ese era el discurso oficial. Incluso cuando el propio Consejo General del Poder Judicial advirtió que era insensato (y nada democrático) continuar con el veto ‘popular’ a la renovación del CGPJ (y del Defensor del Pueblo y el Consejo de RTVE) cuyo mandato se ha sobrepasado con creces. Pablo Casado y el ‘coro del argumentario’ no se salieron ni una micra del guion. No iban a dejar que Sánchez metiera a Podemos en el ‘ajo’. Ellos, los populares, se presentaban y lo siguen haciendo como celosos guardianes de la Constitución, a la que hay que recordar que votaron con muchas reservas de pensamiento, palabra, obra y por escrito como enmiendas que ahí quedan accesibles para la posteridad gracias a Internet y las nubes. 

Esto se mantuvo así hasta primeros de septiembre. Empezó a resquebrajarse del todo cuando ante el rey Felipe VI, el presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, conservador, entre conservar la lealtad a la Constitución o conservar la apariencia de sumisión al PP optó por recordar que (por el PP, aunque no lo cita porque ello resultaría algo chirriante con la neutralidad exigida en acto tan solemne y togado como la apertura del año judicial en el TS) se está incumpliendo, con “una seria anomalía”, como es estar en funciones desde 2018, el artículo 122.3 de la Ley Fundamental que establece un mandato de cinco años, ampliamente superado. 

Pero, todo lo que puede empeorar, empeora irremediablemente, o “a perro flaco todo son pulgas”, con el estallido semifinal del ‘caso Kitchen’, una madeja liada por el exministro del Interior de Rajoy, Jorge Fernández Díaz, al que su particular ángel de la guarda, un tal Marcelo, lo dejó desamparado en el peor momento. Mediante la confesión del ‘arrepentido’ número 2 del Ministerio, Francisco Martínez, quien fuera secretario de Estado de Seguridad (2013 a 2016), despechado porque sus jefes lo dejaron tirado en la cuneta, la presunción de inocencia ha mutado al menos oficiosamente en presunción de culpabilidad. “Voy a contar el juez todo lo que sé”, ha dicho sobre toda aquella operación tantas veces negada de la ‘policía patriótica’ y el robo de documentos de Luis Bárcenas, que pudieran incriminar al partido conservador en aquellos delitos. 

Pablo Casado está haciéndose el ‘longui’ para mantener la ficción y salvar los muebles, porque el honor es de Dios y Dios hace milagros pero no imposibles… todo esto me recuerda a las ‘tácticas’ del chucho.

Una filtración de audios convence hasta a los medios más ‘palmeros’ de la derecha de que lo más prudente para mantener a salvo al PP era marcar distancias con los gobiernos de Rajoy. Rompiendo con el pasado, creen, salvan su influencia e intereses en el presente y el futuro. Pero el pasado nunca muere del todo.

Hay un antecedente que es clave para contextualizar algunos aspectos fundamentales, como la falacia de que la negativa a pactar la renovación del CGPJ con el PSOE sea por culpa de Juana o de su hermana. De los insultos de Iglesias a la Corona, o de la desconfianza hacia el sanchismo. Todas las disculpas son parte de una burda mentira. La verdad verdadera, y no la ‘alternativa’ al modo ‘fake’, es que los estrategas del PP, y sus cerebrines mediáticos, tenían claro que mientras pudieran tenían que mantener, aunque fuera entubada, la mayoría judicial que habían perdido en las elecciones. La necesitaban por motivos de seguridad corporativa y personal: jueces más o menos títeres o crédulos que antepusieran su ideología a su neutralidad, y a los que poder manejar para dilatar, embrollar o frenar causas pendientes. De todo hay en la viña del Señor.

Esto no es una malévola insinuación falta de cualquier asidero veraz. La veracidad, “que no la verdad única y absoluta”, es una exigencia constitucional vía reiteradísimas sentencias del TC. Hay un antecedente que no debe olvidarse: el PSOE y el PP estuvieron a punto de llegar a un acuerdo para la renovación del CGPJ y del TS en noviembre de 2018, hasta que el portavoz del PP en el Senado, Ignacio Cosidó, exdirector de la Policía Nacional, descubrió en un grupo de WhatsApp con 146 senadores cotillas que el trato era muy favorable al PP, once miembros para el PSOE, diez para el PP, con Manuel Marchena de presidente, porque también se podría controlar “desde atrás” a la Sala de lo Penal, la que, atentos a esto, no sólo juzgaría a los presos del ‘procés’, sino que era asimismo la competente para enjuiciar a diputados, senadores, y demás  aforados…

Como es natural, el efecto de esta filtración fue demoledor. Sísmico. El magistrado Marchena, muy dignamente, presentó ipso facto su renuncia a la candidatura, con lo cual se frenó la renovación del órgano de gobierno de los jueces.

Aquel episodio y el actual pudieran tener un punto de unión. Está acreditado por un ‘wasapeo’ entre el presidente Sánchez y el presidente del PP, Pablo Casado, jefe más o menos de la oposición, que se estuvo a punto “al 99 por ciento” de alcanzar  por fin un acuerdo en agosto, pero de repente el dirigente popular reculó. Pocos días antes, quizás por una de esas casualidades perversas de la historia, o no, de que explotara públicamente con toda su crudeza y mal olor el escándalo de la ‘conspiración Kitchen’. Es especialmente significativo el dolido comentario telefónico de uno de sus protagonistas, el resentido (con razones) exsecretario de Estado de Seguridad con Jorge Fernández, y ahora ‘apestado’ Francisco Martínez, al presidente de la Audiencia Nacional, el magistrado José Ramón Navarro: “Mi grandísimo error fue ser leal a miserables como Jorge, Rajoy o Cospedal”. 

El chucho es un pez raya que llega a alcanzar hasta dos metros, muy frecuente en aguas canarias. Al sentirse amenazado, se revuelve, enturbia la arena con sus remolinos y huye…

¿Sabía ya Casado que el juez instructor de la AN García-Castellón iba a dar la campanada y que el sumario era un campo sembrado de minas al señalar a los órganos superiores del Estado (presidencia del Gobierno, Ministerio del Interior…) como responsables de la vigilancia ilegal y con fondos públicos del extesorero del PP?  Todo ello con el comisario Villarejo por medio, en prisión a pesar de sus amenazas de desestabilización integral del Estado, ‘caso Corina’ como arma de destrucción masiva que ha puesto en jaque a la Corona, policía experto en cloacas que aparece como núcleo alrededor del que se movían, y mueven, numerosos  satélites e intereses no siempre confesables. O sea, inconfesables. Vistos los antecedentes que obran en la causa, tantas coincidencias son tan imposibles como que a uno le toque dos veces el premio de Euromillones. 

Mirando hacia atrás la estrategia anticorrupción interna del PP, con Aznar y la Gürtel; con Rajoy y más de lo mismo, y con el asalto a la casa de Bárcenas, y la ‘policía patriótica’ y el espionaje ilegal, y el ganar tiempo para el olvido o la prescripción, y la descarada utilización del Poder Judicial mediante el alargamiento artificioso y anticonstitucional de su mandato; y con Pablo Casado haciéndose el ‘longui’ para mantener la ficción y salvar los muebles, porque el honor es de Dios y Dios hace milagros pero no imposibles… todo esto me recuerda a las ‘tácticas’ del chucho. 

PJPhoto69 via Getty Images
Un chucho. 

El chucho es un pez raya que llega a alcanzar hasta dos metros, muy frecuente en aguas canarias. Descansan en la orilla, apenas con unos centímetros de agua, escondidos bajo la arena. A algunos se les notan los ojos, o los extremos de las ‘alas’… pero lo más frecuente es el susto cuando se les pisa sin querer. Entonces, al sentirse amenazados, se revuelven, enturbian la arena con sus remolinos y huyen… aunque pueden dejar en los pies alguna herida de su aguijón de cola.

Sí, ahora estamos en la fase del remolino del chucho. Pero pasará. Todo pez al final se convierte en pescado. Mueren por la boca, como se sabe. Marchena y Navarro, ambos canarios, los conocen bien. Imagino.