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21/10/2020 18:32 CEST | Actualizado 21/10/2020 18:32 CEST

La corbata torcida de Abascal

Los votantes de Vox se han quedado tan huérfanos de ideas y propuestas como plenos de acidez de estómago.

EFE
Santiago Abascal, al inicio de su intervención.

Santiago Abascal ha subido a la tribuna con la corbata torcida. Torcida como el país. O como las ideas políticas de Vox. También podría haber sido un movimiento exquisitamente calculado para dar aire a su ombligo. Yo, mi, me, conmigo. Yo sé lo que necesita el país. Me tenéis que hacer caso. Confiad en mí. Venid conmigo. Y su contraposición: tú, vosotros. Tú eres un presidente irresponsable e ilegítimo. Vosotros no sois un Gobierno, sino “un Frente Popular socialciomunista en alianza con separatistas y con terroristas”. El yo de Abascal, el nosotros de Vox y el ellos de los demás. De todos los demás. Es decir, el caos, la ruina y la muerte.

Donald Trump lleva cuatro años empecinado en levantar un muro que separe EEUU de México. Abascal se afana en erigir otro que separe el ‘nosotros’ del ‘ellos’. En dejar en el otro lado a quien no le aplauda todo. O a quien ose mencionarle que lleva la corbata torcida, que haría bien en colocarla a la altura del ombligo. Aunque se lo tape. A quien no haga una defensa cerrada de sus ideas, las únicas válidas para echar “al peor Gobierno en 80 años”. Francisco Franco estaría muy orgulloso. 

Vox es un partido enfadado, triste y vacío, sin un mínimo de concreción ideológica bajo sus siglas

El problema es que ni el propio Abascal conoce sus ideas. Todos sabemos en contra de qué está, pero es una incógnita absoluta qué tipo de país quiere construir. Conocemos demasiado bien lo que quiere destruir, lo que le provoca ardor de estómago y lo que le lleva a fruncir el ceño. Pero nadie conoce una propuesta concreta que le haga, por fin, esbozar una leve sonrisa, que le levante un brillo en los ojos.

No se puede aspirar a gobernar recurriendo sólo a la queja. Y, precisamente, una moción de censura es la oportunidad adecuada para demostrar que la queja y la propuesta son términos compatibles. Quien destila amargura contagia amargura. Y quien propone alternativas genera entusiasmo. 

Vox es un partido enfadado, triste. Y vacío. Sin la más mínima concreción ideológica bajo sus siglas. ¿Qué piensa del Brexit? ¿De la relación con Marruecos? ¿De qué forma se combate el paro juvenil? ¿Y la creciente desigualdad social? ¿Qué tipo de educación defiende? ¿Qué papel debe desempeñar la cultura en el desarrollo del país? ¿Cómo se puede encauzar la creciente despoblación en las zonas rurales? ¿Debe dotarse de mayores recursos la educación pública? ¿Tiene alternativas para la gestión de la administración pública? Abascal sólo tiene una respuesta: Sánchez, dimisión.

La moción de censura es de forma inevitable destructiva, pero sobre todo debe ser constructiva, detallar por qué el presidente en el cargo no es apto y demostrar por qué quien se postula sí lo es. La moción de censura planteada por Vox además de un completo fracaso político ha debido ser una decepción mayúscula para sus votantes. Se han quedado tan huérfanos de ideas y propuestas como plenos de acidez de estómago. Lo de siempre. 

Ni el propio Abascal conoce sus ideas

Con estos mimbres no sería descabellado concluir que Vox es un partido que va como pollo sin cabeza, que actúa antes de pensar y que sus pulsiones ultraderechistas le impiden no ya aplicar, sino diseñar una mínima estrategia política. Quien se abone a esta teoría le estará haciendo el juego a Vox. No hay movimiento a la contra, crítica o tuit ofuscado que no esté perfectamente medido. No hay propuesta o iniciativa que no busque conseguir un único fin político: derrumbar los cimientos que sostienen la estructura democrática actual.

No es reconstruir, no es reparar las estructuras dañadas —que las hay—, no es nada de eso: se trata de echar abajo la democracia actual tal y como la conocemos valiéndose de una ideología vacía. Santiago Abascal no propone operar sobre un cuerpo enfermo, sino estrangular a un recién nacido. Porque España, a fin de cuentas, es un país que hasta hace 45 años vivía bajo una dictadura.

Santiago Abascal se ha encaramado a la tribuna del Congreso de los Diputados con la corbata torcida. Que no tuerza nuestras convicciones democráticas. Impedirlo es responsabilidad de todos los que prefieren al peor Gobierno de una democracia que una dictadura. 

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