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08/10/2020 11:48 CEST | Actualizado 08/10/2020 11:48 CEST

La COVID-19 y el eterno retorno

En todas las epidemias se trató de buscar un equilibrio entre el desafío y la respuesta, lo cual provocó no pocos cambios en el tablero geopolítico.

Gwengoat via Getty Images
Símbolo del uróboros. 

Fueron los mesopotámicos los primeros en teorizar sobre el “eterno retorno”, según el cual después de “el gran año” la historia del mundo se repetirá de forma cíclica en una secuencia infinita de acontecimientos.

¿Qué mejor símbolo para reflejar este concepto que una serpiente que engulle su propia cola? Así fue cómo surgió la figura del uróboro, del griego oyrá, que significa cola, y borá, alimento.

Esta serpiente, según otros un dragón, es la representación de un ciclo eterno, en el cual a un periodo de destrucción le sigue otro de renacimiento. Una metáfora que recuerda bastante al mito de Sísifo, ese personaje de la mitología griega que empuja una enorme piedra cuesta arriba por una colina a sabiendas de que cuando llegue a la cima volverá a caer y tendrá que subirla nuevamente.

Uno de los filósofos que más han ahondado en este concepto –el del eterno retorno– fue el filósofo alemán Friedrich Nietzsche que intentó buscar su lado positivo. En cierta ocasión nos recomendaba vivir la vida de forma que podamos desear una eterna repetición. Una máxima que debería enarbolar en nuestras conciencias.

Es posible que nos encontremos inmersos en el uróboro de las pandemias. La peste del siglo catorce viajó por mar hasta Europa, la viruela del Viejo Continente embarcó con los conquistadores españoles rumbo a América y la COVID-19 se ha dispersado por el mundo en las entrañas de los aviones.

En todas las epidemias se trató de buscar un equilibrio entre el desafío y la respuesta, lo cual provocó no pocos cambios en el tablero geopolítico.

En la antigüedad las mal llamadas pestes sembraban el miedo en las ciudades provocando el cierre de sus murallas. De forma paralela, en estos meses hemos asistido a confinamientos y privaciones de la movilidad, viéndonos abocados a abandonar las calles y permanecer entre las paredes de nuestras casas para evitar la transmisión de la enfermedad.

Durante las pandemias por cólera se temía la muerte al albur, los pacientes leprosos fueron segregados y obligados a abandonar las ciudades, la sífilis llevó pareja la idea del castigo por una vida licenciosa, con la tuberculosis surgió la idea de muerte inevitable, lenta y contagiosa… Nubarrones de incertidumbres y etiquetas que recuerdan y mucho a los que tenemos actualmente sobre nuestras cabezas. ¿Cómo olvidar a esos sanitarios que fueron repudiados por sus propios vecinos?

En las pandemias del pasado se buscaron teorías que permitiesen explicarlas, a cuál más disparatada: terremotos, erupciones volcánicas, castigos divinos, conjunciones astrológicas… En esta ocasión tampoco han faltado las teorías conspiranoicas o el negacionismo más absurdo.

Y con la cuarentena, más de lo mismo. Etimológicamente esta palabra procede del italiano “quarante giorni” que, a su vez, deriva del latín “quadraginta, que se traduce por “cuatro veces diez”. Fue una medida preventiva que se implementó hace siglos y que se ha vuelto a repetir en nuestros días, con cuarentenas de catorce días, de diez e incluso de siete. 

Hasta la existencia de rastreadores tampoco es nueva. La primera noticia que podemos tener de un puesto de biovigilancia se remonta a la Venecia del siglo catorce, cuando el gobierno de la Serenísima República nombró a tres guardianes de la salud cuya misión era identificar embarcaciones con individuos infectados e impedir su entrada al puerto. En el siglo diecinueve el rastreo tuvo su registro más eficiente y renovado cuando el doctor Snow llevó a cabo una meticulosa y excelente labor de rastreo durante la epidemia de cólera que asoló la capital inglesa.

Tras la pandemia del siglo sexto el imperio romano desapareció totalmente y hubo una transformación hacia lo que acabaría siendo el imperio carolingio.

Los médicos hemos utilizado en esta pandemia los tratamientos que hemos considerado más oportunos, desde la cloroquina hasta el interferón, pasando por antivirales y agentes biológicos. En otras épocas se usó una caterva terapéutica que ahora, como poco, nos parece inadmisible. 

Y así, podríamos pasarnos horas enredando con el juego de los espejos, buscando similitudes con otras pandemias de la historia de la humanidad, el eterno retorno.

En todas las epidemias se trató de buscar un equilibrio entre el desafío y la respuesta, lo cual provocó no pocos cambios en el tablero geopolítico: tras la pandemia del siglo sexto el imperio romano desapareció totalmente y hubo una transformación hacia lo que acabaría siendo el imperio carolingio; con la epidemia de peste floreció una nueva moral y se desarrolló un urbanismo desconocido hasta ese momento; tras la gripe española asistimos a una revolución tecnológica… Está por ver hacia donde encaminará sus pasos nuestra sociedad.

En una ocasión Woody Allen dijo que de ser cierta la teoría del eterno retorno de la que hablaba Nietzsche, lo más duro sería volver a ver Sonrisas y lágrimas. En fin… pues yo con eso me doy por satisfecho.