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02/12/2019 05:40 CET | Actualizado 02/12/2019 05:40 CET

La cronología de la justicia y otras formas de engaño cultural

¿Qué provoca un rechazo tan directo a la idea de una igualdad legal y cultural tan necesaria como imprescindible?

Pacific Press via Getty Images
Imagen de archivo de una protesta feminista en Madrid. 

Con frecuencia, la lucha por los derechos de la mujer parece caer en el confuso espacio de la permanencia temporal o lo que resulta más grave, su vigencia. Como si transcurrido el tiempo, la validez de la presunción de la igualdado la noción que ningún ciudadano debe ser discriminado debido a su géneroperdiera sentido o incluso peso. Cuando se analiza desde ese punto de vista, la lucha del feminismo se hace mucho más compleja, porque implica sin duda no sólo batallar contra la idea general del prejuicioque nunca desaparecesino también contra la crítica artificial y, en ocasiones despiadadas, contra su objetivo. Entre ambas cosas, el feminismo parece pasado de moda, carente de sentido o lo que resulta más inquietante, inútil. 

Pienso en todo lo anterior, mientras un buen amigo trata de convencerme que pierdo mi tiempoy sobre todo, mi energíaen continuar escribiendo sobre el feminismo y sobre todo, defendiendo sus objetivos y premisas. Lo hace con toda buena voluntad y sin ninguna malicia, pero dejándome muy claro que a estas alturas de nuestra época, hablar de feminismo era más o menos, un dinosaurio ideológico. Lo escucho de buen humor.

— ¿Y exactamente por qué lo es?le pregunto. Suelta una carcajada amigable. 
— Oye, tienes que admitirlo. Los derechos de la mujer ya no están en debate. Los tienen y ya. Y sí, hay lugares en el mundo que insisten en menospreciar a la mujer y esas cosas, pero la mayoría es bastante abierta a los cambios. ¿No es eso lo que querían?

No respondo. Nos encontramos caminando en un centro comercial, rodeados de unas cuantas vitrinas donde maniquíes hipersexualizados muestran sus enormes pechos a quien quiera mirarlos. Nos tropezamos con seis o siete peluquerías antes de encontrar una pequeña librería del ramo. Una mujer camina delante de nosotros con unos altísimos tacones y una falta muy cortita y cuando se cruza con una pareja, la mujer le dedica una mirada dura y ofendida. Aprieta el brazo del hombre a su lado. Un poco más allá, la publicidad de una bebida alcohólica muestra una mujer de espléndida figura y anuncia: “Bébetela entera”. Me pregunto si me convertí en una de las temidas “feminazis” al notar todo ese conjunto de ideas. O que quizás, no es tan fácil ignorarlas cuando aspiras a una cultura que te comprenda desde la igualdad y no la debilidad.

— ¿No sería mejor decir “lo que merecíamos”?le respondo. Mi amigo parpadea.
Oye, es lo mismo. 
— No lo essuspiro , hay una idea muy general sobre el hecho que la mujer tiene lo que deseaba y eso debería ser lo suficiente. Como si el aspirar a la inclusión fuera un reclamo caprichoso. Una malcriadez histórica.

Se trata de un tema que hemos tocado antes. Que de hecho, he tocado en más de una ocasión durante los últimos años y no sólo en una conversación privada. De pronto, la defensa de la igualdad parece erosionarse debido a toda una serie de cuestionamientos que carecen no sólo de sustancia sino también, de argumentos reales. Una despersonalización de la capacidad de cada mujery cada hombrepor reivindicar sus derechos individuales frente a un sistema que los menosprecia y disminuye. ¿Por qué resulta tan incómodo asumir la circunstancia básica que ninguna sociedad puede ser completamente libre si hay ciudadanos de segunda categoría? ¿Qué provoca un rechazo tan directo a la idea de una igualdad legal y cultural tan necesaria como imprescindible? Se trata de una serie de ideas complejas que tienen inmediata relación con la forma como comprendemos a nuestra sociedad y más allá de eso, como analizamos nuestra identidad colectiva. 

Mi amigo sacude la cabeza, incómodo. Más de una vez, me ha comentado que le fastidia el tema de los derechos de la mujer por innecesario. Insiste que la mujer en Venezuela “hace lo que quiere” y nadie le pone objeción. Que en nuestro país, la mujer tiene más libertad “que en cualquier otro país de Latinoamérica”. Cuando me lo dice, siempre me pregunto si está consciente de la inquietante carga de planteamientos que supone su visión, si el hecho de hablar de que la mujer venezolana “hace lo que quiere” no parece suponer que hay una cierta percepción sobre lo que “no podría ser”. Y no hablamos de una ideal legal, sino de algo más sutil. 

¿Qué provoca un rechazo tan directo a la idea de una igualdad legal y cultural tan necesaria como imprescindible?

Pero volvamos a lo cotidiano. A todas las veces que se hace evidente, preocupante y sobre todo, cada vez más complejo, el hecho que la desigualdad de género sigue provocando todo tipo de situaciones discriminatorias, prejuiciadas e incluso, de directa amenaza contra la mujer y sus derechos, su libertad personal y libertad individual. Como la ocasión en que un hombre me llamó “machorra” en un un comentario vía web por declarar que no deseo tener hijos ni tampoco contraer matrimonio. O esa vez en que alguien me insistió en que quizás debería moderar mis opiniones y hacerlas más “femeninas” para evitar debates insustanciales. O en esa ocasión que una amiga se lamentó que a pesar de sus esfuerzos, continúa obteniendo una fracción del salario de su contraparte masculino con quien comparte funciones. O cuando lea las preocupantes noticias sobre ablaciones masivas consideradas religiosas y culturalmente aceptables en varios países africanos. Cuando lea de nuevo a alguien ponderar sobre la “culpabilidad” de la mujer que sufre una violación. O cuando las cifras de embarazo adolescente en Venezuela me recuerden que cada vez hay más niñas siendo madres, mujeres confinadas a su papel doméstico, familias que dependen exclusivamente de la figura maternal para sobrevivir. 

¿Tan difícil es comprender que nuestra sociedad necesita asumir que el papel de la mujer debe ser el de un ciudadano con los mismos derechos y deberes de cualquier otro? ¿Que no hay una tradición ni tampoco patrón social que pueda limitar la capacidad, talento y aspiraciones de una mujer? No debería ser necesario que alguien señalara que es justo o que no lo es. Debería ser un instinto inmediato, una toma de conciencia elemental sobre que necesitamos asumir como un derecho esencial en nuestra manera de percibir el mundo. Pero no lo es tanto. No lo ha sido por siglos, donde incluso se ha debatido sobre el hecho real si la mujer podía ser considerada como un ser humano. Una idea que ahora mismo puede parecer desconcertante, pero que fue alentada y transformada en una idea cultural por siglos. Y es que hablamos sobre la noción de la individualidad de la mujer, el respeto a sus capacidades y su identidad. ¿Existe un progreso exponencial con respecto a cómo se interpreta lo femenino actualmente? Nadie lo duda. ¿Es necesario insistir sobre la justo y lo injusto con respecto a lo femenino? Por supuesto que lo es. Y lo es en la medida que se mantiene una percepción más o menos idéntica sobre el deber ser de género durante buena parte de las largas décadas de lucha por la inclusión femenina. Desde el soterrado debate del “papel de la mujer como sostén del hogar” (y su obligación casi ancestral de someterse a un papel secundario en beneficio de la percepción de la familia) hasta esa insistencia en la identidad de la mujer sujeta a la maternidad, no es tan sencillo sustraerse de siglos de machacona insistencia en el papel secundario de lo femenino. Se trata, sobre todo, de esa percepción sobre la razón por la cual, la mujer sigue siendo analizada desde una dimensión única — el papel, el género y la identidad — y más allá de eso, de cómo se percibe así misma a través de los cambios políticos y sociales. No siempre es sencillo aceptar que esa mirada condescendiente continúa allí, que la lucha de ideas políticas debe enfrentarse no sólo a lo obvio, sino a algo más sutil: a esa comprensión de la mujer como parte de un esquema de valores y tradiciones que intentan definirla desde una inquietante visión genérica. Y que debemos seguir luchando contra ella. De la manera que podamos, desde todas las percepciones posibles que estén a nuestro alcance. Una batalla insistente por revalorizar a la mujer como individuo y no como tópico social. 

 

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