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08/06/2021 07:07 CEST | Actualizado 08/06/2021 07:07 CEST

La desinformación como anzuelo

Mira que es mala suerte que aún no se hayan silenciado las voces de Ayuso predicando la rebaja de impuestos, cuando el G-7 decide que hay que ponerles un impuesto global de un 15% mínimo a las multinacionales.

Alberto Ortega / Europa Press via Getty Images
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, interviene en un acto.

A la flamante re-presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso la famosa justicia poética que es para los políticos como la temible espada de Damocles, pero peor, porque los deja en ridículo, le cae del cielo como pedrisco.

Mira tú que es mala suerte que aún no se hayan silenciado sus voces predicando la rebaja de impuestos a lo Reagan, Thatcher y Trump, cuando la Unión Europea y el G-7 deciden que hay que ponerles un impuesto global de un 15% mínimo a las multinacionales. Como el demócrata Joe Biden no solo arrambla con los privilegios fiscales a los ricos que prodigó y se auto prodigó descaradamente Donald Trump, Washington se ha sumado a esta iniciativa.

Todo el mundo (literal) necesita dinero extra para salir del reguero de desastres que está dejando la pandemia de la covid, cuyas secuelas persistirán durante años, y el dinero público solo puede salir de pocos instrumentos: los dos principales son la deuda, que ya desborda todos los límites, y la presión fiscal. Los ciudadanos sometidos al IRPF, la clase obrera y la clase media, han sido los pagadores habituales de todos los crack. En el último (2008), el salvamento de los bancos españoles ascendió, aunque las cifras bailan, a unos 65.725 millones de euros, según el Banco de España.

Para entender los vericuetos de la batalla de Ayuso, que se saldó con una victoria espectacular de la derecha más conservadora, insolidaria y, sí, titiritera y ventrílocua en Madrid, es muy útil releer de vez en cuando los discursos de Keynes. Uno de mis preferidos, por su actualidad, es el que pronunció con el título ¿Soy liberal? en la Escuela de Verano de este partido en Cambridge en agosto de 1925.

No se pierdan el arranque de sus palabras: “Creo que en el futuro, más que nunca, las cuestiones relativas al marco económico de la sociedad serán con mucha diferencia los temas políticos más importantes…”. A su juicio, la solución correcta se sustentaría en “elementos intelectuales y científicos que han de estar por encima de la ingente masa de votantes más o menos analfabetos” (sic). Claro que el conferenciante no hablaba directamente caído de un guindo, y conocía algunas realidades complementarias. “Ahora bien —añadía— en una democracia los partidos han de depender de esta masa de votantes desinformados…”.

Pero sobre todo desconfiaba de los conservadores: “No lleva a ninguna parte, no satisface ningún ideal (…), ni siquiera es seguro o está calculado para defender (…) el grado de civilización que hemos alcanzado”. Aunque también discrepaba del laborismo, porque “siempre tendrán mayor peso (“que los elementos intelectuales”) los que no saben nada de lo que dicen”. Zanjaba así su opinión y pronóstico sobre el Partido Conservador: “Siempre será un hogar para los reaccionarios”.

En espera de que en la Carrera de San Jerónimo se produzca una caída del arre burro como la de San Pablo Camino de Damasco, el Partido Popular (y su alma mater la fraguista Alianza Popular) se ha distinguido en ese empeño de situarse en vanguardia de la contracorriente: ha estado en contra de la inmensa mayoría de leyes progresistas: la del divorcio, la de despenalización del aborto, la del matrimonio homosexual...

Y otras las ha ido descafeinando cuando tiene el BOE en sus manos. Sea la del Sistema Nacional de Salud, debilitándolo en las autonomías donde puede, como Madrid —donde van a cerrarse casi medo centenar de ambulatorios en el distrito Centro a la vez que se han despedido a miles de médicos con contratos temporales o de los llamados para la emergencia coronavírica—, Galicia —donde la niebla artificial se esparce sobre una Saude que ayuda al vaciamiento del rural— y últimamente en Andalucía —las estadísticas españolas o de Bruselas están ahí—; o las leyes de la dependencia, boicoteada de mil formas, basta ver el desastre de las residencias de mayores en la capital de España…

Una publicidad persistente como el calabobo, ayudada por una panfletitis aguda, casi siempre histriónica está ocultando con fría determinación de engaño la verdadera génesis, o al menos una parte principal, de la situación actual. El abucheo no es un método ni científico, ni democrático en la conversación nacional. Siempre que no gobierna los populares abuchean. Sea en los desfiles patrióticos del 12 de Octubre, o en los escaños mediante el procedimiento del pateo.

Cuando unos periodistas le preguntan a Pablo Casado qué van a hacer con María Dolores de Cospedal, investigada por el juez en el marco de la operación Kitchen, la utilización política de la policía, un grupo de militantes derechistas los abuchea. Y Casado se quita la careta, por fin, aunque ya la llevaba casi suelta, colgada de la oreja: “Estoy de acuerdo con estos caballeros”.

El problema es que esos presuntos caballeros montarán a caballo pero en aquellos momentos estaban agrediendo una de las libertades esenciales de la democracia: la libertad de prensa. El Tribunal Constitucional, en cualquier etapa, es rotundo al respecto, en línea con el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH). La protección constitucional de los derechos a la libre expresión tiene una especial intensidad sobre los medios de comunicación, por ser vehículos necesarios para la formación de la opinión pública.

El abucheo, pues, como elemento de amedrentamiento además de silenciamiento, entra de lleno en una de las pocas prohibiciones expresas que contiene la Constitución Española en su artículo 20.2: “El ejercicio de estos derechos no pude restringirse mediante ningún tipo de censura previa”. El presidente del PP, y serio aspirante a presidente del Gobierno, parece no conocer suficientemente la CE78.

Vana pretensión la del avestruz. El Partido Popular no puede huir de su pasado por mucho que lo intente, mediante el camuflaje o el tan socorrido no sabe/no contesta. Y lo cierto es que ni Casado ni Díaz Ayuso tienen culpa de lo que se inició en los tiempos gloriosos de Aznar. Las celebraciones nupciales de su hija en El Escorial fueron más que una anécdota, sobre todo por la amplia lista de invitados pringados, y por el elevado número de ministros y altos cargos que han dado frecuente uso a los banquillos judiciales.

Acostumbrados a deformar la realidad como los espejos curvos, a eso comparó Valle Inclán sus esperpentos, y a que al final esa sea la verdad alternativa que se imponga, los culpables siempre son otros: Rodríguez Zapatero, por ejemplo, fue culpable en el argumentario del PP del estallido de una crisis económica monumental por la excesiva dependencia española del ladrillo… fomentada por Aznar-Rato. “No la vio venir”, “no reconoció a tiempo su gravedad”. ¡Culpable! Sánchez, que es culpable de muchas cosas, no lo es de haber provocado la insurrección catalana de 2017, ni de haber creado el virus. El ciego que le echa la culpa al oculista porque aunque le cambia las gafas sigue sin ver.

La derecha europea empezó a joderse cuando el neoliberalismo cinematográfico de Ronald Reagan y la filosofía de la economía casera de Margaret Tatcher, al servicio de los grandes y semi ocultos intereses financieros internacionales, globales, sustituyeron a la democracia cristiana, que con la socialdemocracia, establecieron el estado de bienestar en Europa. Un estado del bienestar que está literalmente plasmado en la Constitución Española en su artículo 1.1: “España se constituye en un estado  social y democrático de derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político”.

Los madrileños tienen un problema, bueno, la verdad es que son un montón, y aún no se han dado perfecta cuenta. El cierre de centros de salud es una muy mala noticia, sobre todo cuando ya la comunidad científica llama a prepararse para otra posible pandemia a medio/corto plazo; seguir sin presupuesto para no afrontar hasta las próximas elecciones los desafíos de la salud pública o las viviendas sociales... pasará factura. Lo mismo que la loquinaria estrategia de reducir los impuestos tras una guerra, algo que no se le ocurre ni a un cabo interino.

Menos mal que el G-7, y muy probablemente el G-20, empezarán por arriba, y eso se irá capilarizando por ósmosis. En esa membrana semipermeable irán quedando atrapados los paraísos fiscales, toda esa telaraña de vivales al servicio de las multinacionales (o multi-regionales) que trampean y abusan de su poder para pagar lo menos posible a Hacienda.

Pronto se le está acabando el cuento doctrinal de Alicia en el País de las Maravillas y yo, mi, me conmigo a Isabel Díaz Ayuso. Hasta el mero más pasmado sabe a estas alturas que esa lombriz en el anzuelo es de pega.

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