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09/08/2019 07:19 CEST | Actualizado 09/08/2019 07:19 CEST

La economía colaborativa, clave para conseguir un planeta más sostenible

Boonyachoat via Getty Images

En nuestro planeta compartimos recursos más de 7.300 millones de personas. Y a medida que el consumo se dispara, también crece la huella ecológica que dejamos. No solo a través de los desechos que generamos individualmente, sino como consecuencia de los desmesurados procesos de producción, ya estemos hablando de energía, medios de transporte, alimentos o tecnología. Concretamente en Europa ya generamos un impacto medioambiental 2,8 veces superior a lo que puede soportar el planeta, lo cual no aventura un futuro muy prometedor.

Las consecuencias están a la vuelta de la esquina y no tienen vuelta atrás. Según un estudio realizado por 15 investigadores del Instituto Federal Suizo de Tecnología de Zúrich, en 2050 muchas ciudades españolas experimentarán un cambio irreversible en el clima habitual por culpa del aumento del calentamiento global. Por ejemplo, se prevé que Madrid aumentará su temperatura habitual en 2,1 grados.

Ante esta situación, debemos pararnos y reflexionar porque todos jugamos un papel en esta terrible tendencia. Por supuesto, hay que exigir a los gobiernos que regulen todos los sectores y cumplan con los límites impuestos, como las emisiones máximas de CO2 fijadas por la Comisión Europea. Pero no menos importante es que los ciudadanos tomemos conciencia del impacto que nuestros hábitos tienen sobre el planeta. Debemos plantearnos si todo lo que consumimos es necesario, si hemos caído en la obsolescencia programada, si podríamos desplazarnos de otra manera y si, en definitiva, vivimos haciendo todo lo posible por minimizar nuestra huella ecológica. 

Los ciudadanos tomemos conciencia del impacto que nuestros hábitos tienen sobre el planeta. Debemos plantearnos si todo lo que consumimos es necesario.

Nos pasamos la vida desechando cosas que percibimos como obsoletas o acumulando objetos que apenas utilizamos. Siempre para comprar productos más recientes que, supuestamente, van a mejorar nuestra vida. Sin embargo, lo que hacemos es agotar poco a poco los recursos de nuestro planeta aumentado las consecuencias medioambientales que ya estamos experimentando.

Además de modificar nuestros hábitos de consumo, debemos pensar en la reutilización de los recursos. Sin ir más lejos, solo en 2018 se ahorraron en España 1,74 millones de toneladas de dióxido de carbono mediante la compraventa de objetos de segunda mano y hasta 112.000 toneladas de plástico, según un estudio de Milanuncios, el Instituto de Investigación Medioambiental de Suecia (IVL) y la consultora especializada en medioambiente Ethos International. Para que nos hagamos una idea, estas cifras equivalen a eliminar por completo el CO2 que genera el tráfico de Madrid durante 10 meses y a todo el plástico que se necesita para fabricar 15.900 millones de bolsas. Un respiro increíble para nuestro planeta por el mero hecho de que otros utilicen lo que a nosotros ya no nos sirve. 

Tomemos como ejemplo los coches, sin duda, uno de los bienes de consumo más contaminantes, tanto por un uso directo, como por su proceso de producción. Basta un dato para entender mejor el contexto: las emisiones producidas durante la fabricación de un automóvil no se amortizan hasta más de 20 años después. Y eso sin tener en cuenta la contaminación generada durante el tiempo que está circulando.  

Actualmente el parque de vehículos de España lo forman casi 34 millones de automóviles. Si analizamos el caso de las grandes urbes como Madrid o Barcelona nos encontramos con que hay más de 4,8 y 3,7 millones de vehículos, respectivamente. Siendo esto así, el ahorro potencial de emisiones del mercado de segunda mano de coches asciende a más de 1,69 toneladas de CO2 en un año… ¡El 97% del total de emisiones que se podría ahorrar gracias a la compra-venta!

Nos pasamos la vida desechando cosas que percibimos como obsoletas o acumulando objetos que apenas utilizamos.

En un contexto en el que la forma en la que nos movemos está en tela de juicio, en que se popularizan medios de transporte como la bicicleta o los patinetes, o con  los combustibles en constante evolución… el coche es el ejemplo perfecto para hacernos reflexionar sobre el impacto que tiene en el medio ambiente todo lo que consumimos. Por no hablar de ordenadores, alimentos o esos smartphones que renovamos cada año. Objetos que se quedan obsoletos de un día para otro, aunque la contaminación que generamos para crearlos perdure durante décadas.

La población debe tener en cuenta que puede alargar la vida de cualquier objeto, sea una prenda de ropa, un vehículo o un juguete, y darle un nuevo uso gracias al mercado de la segunda mano. Existe la posibilidad de que para una persona un producto ya no tenga utilidad, pero sí lo tenga para otra. De este modo, alargamos la vida del producto y de nuestro planeta evitando que se le agote la gasolina antes de tiempo. Sólo es necesario que seamos conscientes de que tenemos que cambiar muchos de nuestros hábitos, comenzando por la forma en que consumimos. 

 

Joao d’Eça es general manager de Milanuncios