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18/02/2020 09:46 CET | Actualizado 18/02/2020 13:56 CET

La España vaciada y el bla, bla, bla...

No valen los discursos ni las banderías políticas, porque todos han sido culpables de la situación en mayor o menor grado.

SOPA Images via Getty Images

Estas últimas semanas han vuelto a ser ‘rabiosa actualidad’, como solía decirse antes, los conflictos planteados por la descarbonización y su impacto social y económico en las zonas hulleras, y el conflicto siempre vivo en la agricultura: la emigración rural a los cordones industriales tuvo hace un siglo las mismas causas que el proceso que ha desembocado en la ‘España vaciada’, muy estos días escenario de furia agrícola. 

Sí, hace 87 años, el 27 de enero de 1933, Manuel Azaña, presidente del Gobierno de la II República, anotaba en su diario (esta parte fue publicada en el correspondiente a 1932/1933, titulado ‘Los diarios robados’, en 1997, por Grijalbo-Crítica Editorial) cómo en el Consejo de Ministros se trató, entre otros asuntos, la cuestión del fin del carbón y sus repercusiones en Asturias. Marcelino Domingo puso el problema sobre la mesa, y se comentaron las conclusiones de una ‘conferencia hullera’, que Azaña consideraba “fantásticas e inadmisibles”. “Todos lo reconocen”, puntualizaba. Y añadía que el problema “no tiene por ahora solución”. Indalecio Prieto insistía en que “los mineros tienen que resignarse a trabajar un día menos a la semana, así como en otras industrias se trabaja tres o cuatro días”. Fernando de los Ríos “agrega que aunque los obreros se encargaran de la explotación de las minas, el problema seguiría siendo el mismo, porque el carbón no se vende”. Esa era la cuestión de fondo; ya hace casi un siglo, el carbón no se vendía. Para el 6 de febrero se había convocado una huelga. Marcelino Domingo dijo que “la huelga es la única solución por el momento”.

No lo fue, como se ha visto. Las huelgas siguieron, y siguieron, y siguen todavía, en las cuencas de Asturias y en las de Ponferrada y El Bierzo en León, solapándose con las de los agricultores, cuyos tractores, como si fueran columnas de tanques, en perfecta formación con largas filas de a tres o a cuatro, colapsan carreteras y autopistas peninsulares. Es la protesta de la ‘España vaciada’, que se despuebla con rapidez y sin remedio, yendo en masa a las urbes industriales o a la costa, como los inmigrantes que llegan de África en patera, entre charlatanería hueca. 

Hay un factor que ha agravado el problema de los bajos precios en origen en comparación con el que el ciudadano paga en las cajas registradoras: la irrupción de las grandes superficies comerciales y las cadenas de ámbito nacional o multinacional de supermercados e hipermercados, que con su imponente poder establecen precios que arruinan a los productores que no logran entrar en la cadena. 

También aparte del tiburoneo hay otras explicaciones: si antes el ‘intermediario  frutero’ (cómo el de la canción de Los Sabandeños) no aportaba nada a la cadena de valor, ahora los productos agrícolas son manipulados, envasados, embellecidos, limpiados… lo cual implica un gasto, que no repercute enteramente en el consumidor, para que no se retraiga en la compra o en los beneficios empresariales, sino en el que pone la tierra, el agua y el trabajo, y apenas mantiene a su familia, viéndose obligado hasta a vender por debajo del coste de producción. Lo mismo ocurre en la ganadería. 

Frente a la tragedia de la España vaciada no valen los discursos. Ni las banderías políticas, porque todos han sido culpables de la situación en mayor o menor grado.

Las alternativas han rodeado a la realidad, y han ido difiriéndose ad calendas graecas, una broma muy celebrada por sus coetáneos del emperador Tiberio, pues los griegos no tenían calendas. 

Después de la República, el franquismo desarrolló una potente política hidráulica, agrícola e industrial, pero como señalaba un estudio sobre el reparto de las inversiones del Instituto Nacional de Industria (INI) realizado por la profesora María del Carmen Sánchez Carreira  de la Universidad de Santiago de Compostela, “la empresa pública española sirvió para todo lo imaginable”… pero no como instrumento de desarrollo regional. “Primaron los criterios sectoriales y estatales sobre los regionales (…) En las contadas ocasiones en que se contempla explícitamente el objetivo de paliar los desequilibrios regionales (…) tampoco se avanza en esa línea…”. Además “el conflicto entre eficiencia y equidad se resuelve en España mediante la subordinación de los objetivos regionales a los nacionales, esto es, primando la eficiencia”.

La potente irrupción de las energías alternativas, limpias, sostenibles (nunca se agotarán hasta el fin de los tiempos) cuya materia prima, el sol, el viento, las mareas (utilizadas desde antiguo, por ejemplo, para los molinos, como el ‘molino de mareas’ de la Ría de Ortigueira, en A Coruña) son gratuitas y nada contaminantes… son la puntilla para el carbón y el petróleo. Un aspecto decisivo para que se implante su uso, por necesidad, sentido común, economía o decreto, es la evidencia de la gravedad del calentamiento global, que ha llevado a la ONU a declarar  la emergencia climática planetaria. Porque Trump ha podido ser absuelto en el impeachment, pero no podrá serlo de su ignorancia e irresponsabilidad suicida ante el cambio climático. El negacionismo y la estupidez solemnizada en estos temas sólo consiguen convertir el problema en un caos.

Y sin embargo, tanto las provincias cuya economía, y por lo tanto su población, se basan sobre todo o en buena parte en la minería y la agricultura, tienen razón para movilizarse. Contra el centro (Madrid) o contra sus propios centros, sean estos municipales, provinciales o regionales, que han tenido al menos décadas para encontrar soluciones.

SOPA Images via Getty Images

El ejemplo puede ser Europa, desde la Comunidad Económica Europea (CEE) a la actual Unión Europea: los fondos de cohesión y de convergencia tuvieron como objetivo un plan de desarrollo de los países pobres del sur que les permitiera igualar a los países ricos del norte y el centro europeo. El argumento para que España obtuviera más ayudas (que reiteraba entonces Felipe González en cada reunión, cumbre o no, y por el que José María Aznar le llamó pedigüeño) era que si los ricos ayudaban a los pobres a desarrollarse, esos expobres les comprarían más manufacturas al aumentar su capacidad adquisitiva. Mediante la convergencia entre el sur y el norte, la cohesión europea sería beneficiosa para todos. Hasta para el Reino Unido, que criticaba el “derroche”.

Frente a la tragedia de la España vaciada no valen los discursos. Ni las banderías políticas, porque todos han sido culpables de la situación en mayor o menor grado. La única medida sensata es que el Gobierno proponga a las Cortes un programa especial de medidas urgentes de cohesión y convergencia para que no siga agravándose la brecha entre la España rica y la enorme España pobre, que encima, se ha quedado fuera de la España turística. 

Las comunidades autónomas han mirado para otro lado, escaqueándose hábilmente de sus obligaciones.

Este trasvase poblacional, por cierto, estaba muy bien explicado en el magnífico prólogo la ley de Costas de 1988 (o ley Sáez Cosculluela), que alertaba sobre la superpoblación de la línea litoral y el acoso urbanístico a la ribera. Esta ley, visionaria y de un razonable e imprescindible por previsor ‘radicalismo’ ambiental, fue ‘amputada’ por la de 2013 del PP (o ley Arias Cañete) elaborada para permitir “nuevos usos en la primera línea” y “poner en valor” el litoral. La borrasca ‘Gloria’ de enero de 2020, con olas de hasta 10 metros y vientos de hasta 144 kilómetros/ hora presentó una enmienda a la totalidad.

Pero también las comunidades autónomas han mirado para otro lado, escaqueándose hábilmente de sus obligaciones. Han sido muy conservadoras, muy poco imaginativas, muy inútiles y en ocasiones muy cobardes hacía adentro, frente a caciques locales o intereses creados, o hacia Madrid. 

Esa España vaciada, y a conciencia, puede recuperarse si el interés político es de Estado y no de circunstancias. Si sigue camino del la despoblación total, del abandono de las aldeas, cuyas casas se desmoronan piedra a piedra, de los municipios en caída libre, mientras algunos gobiernos regionales permiten la supresión de líneas de transporte, cierran colegios sin sustitución razonable, o clausuran centros de salud o paritorios ‘no rentables’, también se resentirá la vertebración regional, y a su través la nacional.

Además, los ingentes fondos comunitarios entregados a España, como se ha visto por los resultados y las protestas masivas, no han sido empleados con esta estrategia de cohesión y convergencia nacional que trasponga la doctrina de la cohesión y la convergencia europea de Bruselas. Ya es hora de hacer las cosas con seso y de dejar de andar como pollos sin cabeza.

Los viejos problemas tienen que morir algún día. Lo aconsejan los libros de historia… y la amenaza real de los radicalismos y los populismos.