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09/01/2020 12:16 CET | Actualizado 09/01/2020 12:16 CET

La ética decisión de ser activista

Pienso en las cifras de embarazo adolescente de mi país, en las borrosas estadísticas de feminicidios. En todas las veces en que he lidiado con prejuicios en un continente donde ser mujer reviste un riesgo considerable.

CARLOS PINA
Una mujer se manifiesta el 8 de marzo de 2019 en Madrid.

Hace unos días, un amigo me preguntó “hasta cuándo” pensaba escribir sobre feminismo. O, de hecho, hasta cuando pensaba escribir directamente. Lo dijo, además, con un tono paternal que intentó disimular con una sonrisa jovial. Me tomé un sorbo del café sin azúcar que compartíamos, antes de estallar por la ira que me coloreaba las mejillas.

— ¿Y por qué debería dejar de hacerlo?
 —  Lo digo porque ya es suficiente, ¿no? Ya demostraste el punto. Eres una mujer educada, intelectual y culta. Hablaste de todos los temas que te provocó. Te buscaste polémicas. Ya ahora puedes madurar con tranquilidad.

La ira me dejó paralizada y en silencio. Intenté ordenar la mezcla de cólera, amargura y algo parecido al desaliento que me cerró la garganta. No pude hacerlo. Mi amigo me dedicó una mirada casi alarmada cuando dejé la taza a un lado de la mesa con un movimiento rápido que la hizo zarandear sobre la madera.

— Oye, escribes muy bien — añadió —,  no es que no lo hagas. Es que ¿Para qué sigues haciéndolo? ¿Qué sentido tiene? Allí tienes: tanto esfuerzo en escribir sobre feminismo para ganarte insultos de mujeres, ¿captas el punto?

Lo capto, desde luego. Vivo en un país machista (México) en el que llamarte a ti misma feminista equivale exponerte a la burla, la discusión innecesaria e, incluso, la humillación pública. Se trata de batallar en un espacio de ideas difusas, argumentos incompletos y una serie de ideas retrógradas que intentas combatir con un mínimo de objetividad, la mayoría de las veces sin lograrlo. Pero más allá de eso, una mujer que escribe sobre feminismo es un estereotipo tan frecuente  — y tan evidente —  que resulta siendo casi tragicómico, incluso paródico. No es fácil mantenerse fuera de la arena de la discusión absurda, de los tópicos veniales de una superficial guerra de los sexos. Pienso en las veces en que lo he logrado. Pienso en las que no.

— Me refiero, además  — prosigue mi amigo —  que estás arando en el mar. ¿Para qué insistes? Deberías tomar el año nuevo para alejarte de todo eso. Usar tu talento para algo más productivo, ¿no?

¿Más productivo? Por algún motivo pienso en las cifras de embarazo adolescente de mi país  — las más altas del continente—, las borrosas, inexactas y poco claras estadísticas de feminicidios. Todas las ocasiones en que he tenido que lidiar con los prejuicios en un continente en que ser mujer reviste un riesgo considerable. Pienso en las víctimas del maltrato  — que ninguna ley protege—, en las mujeres explotadas laboralmente. En las que viven situaciones de acoso, que no importan a nadie sino a las pocas activistas que siguen luchando en un país en que la palabra feminista es poco menos que un insulto.

— Dedícate a lo tuyo  — vuelve a la carga mi amigo — . ¿A ti que te interesa si las tipas son usadas como objetos? ¿La cultura de la Miss? ¿La multitud de madres adolescentes? Dedícate a sobrevivir y ya está.

Una vez, Coetzee dijo que todos atravesamos estados animales, temibles y cercados por una cierta naturaleza salvaje. Que las peores situaciones están hechas para embrutecer, no para controlar. El control viene después, claro. La cuerda cortísima. Pero embrutecer es un método infalible para demoler el espíritu. Para dejar la voluntad de cualquiera al alcance de cualquier panfleto. Lo dijo en Desgracia, un libro temible y precioso sobre tragedias y dolores muy humanos. Sobre el horror al límite de lo cotidiano. Sobre la mezquindad del hombre moderno. Recuerdo la frase como si la hubiera leído ayer. Me produce la misma sensación de angustia remota, de algo doloroso al borde la conciencia.

¿A quién le importa la cultura, los derechos de nadie? ¿Vale la pena acaso insistir en algo semejante?,  me dice con los ojos muy abiertos y asombrados

— Entonces, ¿tú dices dar por perdido el esfuerzo de defender los derechos de la mujer?  — pregunto —,  sólo asumir que no se puede, que no vale la pena ¿Y ya? ¿eso es todo?
 — Pero ¿a quién le importa?  — me dice con los ojos muy abiertos y asombrados, supongo por mi ingenuidad-. ¿A quién le importa la cultura, los derechos de nadie? ¿Vale la pena acaso insistir en algo semejante?

¿De verdad vale la pena esta lucha diminuta, invisible? Arar en el mar, había dicho mi amigo. Imaginé la escena. Las líneas de espuma en el mar extraordinario, plata y movedizo. Desapareciendo. Apareciendo otra vez. Y después, sólo el mar. La superficie espejada reflejando el cielo tristón. ¿Eso es todo? 

Porque los derechos femeninos no parecen ser lo suficientemente significativos como para ameritar una lucha concreta. O eso parece pensar la mayoría. Está “pasado de moda”. Hay toda una corriente de pensamiento que condena la insistencia de diversas organizaciones que intentan proteger, defender y divulgar las múltiples problemáticas de las mujeres alrededor del mundo. De hecho, la misma palabra “feminista” acabó convirtiéndose en un insulto directo, la descripción de una mujer agresiva, violenta. Una figura irascible y radical que me produce cuando menos un poco de conmiseración.

Hay toda una corriente que condena la insistencia de diversas organizaciones que intentan proteger, defender y divulgar las múltiples problemáticas de las mujeres. La misma palabra “feminista” acabó convirtiéndose en un insulto

Todo lo anterior, mientras la cultura de la Violación sigue siendo parte de la mayoría de las sociedades del mundo. Mientras la mayoría de las mujeres del mundo, deben enfrentarse a la percepción que el género y su capacidad para concebir disminuyen sus capacidades y habilidades físicas y mentales. Mientras buena parte de la publicidad muestra a la mujer como un objeto sexual deseable, sin opinión ni tampoco identidad. Mientras el salario de la mujer continúa siendo al menos 20% que el de su contraparte masculino que desempeña las mismas funciones y que tiene la misma preparación académica y la misma experiencia laboral. Mientras gran parte de las agresiones sexuales son consideradas “descuidos” o incluso “provocaciones” de la víctima. Mientras a la mujer se le sigue insistiendo en que cuide cómo vestir, pero que se preocupa muy poco por educar al hombre para no violar. Mientras una mujer soltera y que no desea tener hijos es considerada una rareza y muchas veces sometida al prejuicio. Mientras la palabra “lesbiana” se considera un epíteto vulgar. Mientras la figura femenina continúa siendo definida únicamente por su capacidad para concebir. Mientras las mujeres de varios países del mundo continúan padeciendo un tipo de percepción legal que cercena sus derechos y su identidad como ciudadano. Mientras a diario veinte mujeres son maltratadas en sus hogares. Mientras los índices de la impunidad del Feminicidio aumenta de manera exponencial. Mientras las mujeres iraníes siguen siendo condenadas por cometer “delitos” como salir a la calle sin compañía masculina. Mientras mujeres en los Emiratos Árabes son condenadas a severas penas de prisión por ser violadas.

Hace unos meses, leí que el feminismo actual molestaba por “existir en una época frugal” de modo que la principal crítica parece ser la ferocidad de la militancia o el hecho que algunas feministas no se rasuren el vello corporal. A nadie parece importarle demasiado la razón de fondo, que promueve una batalla de ideas que durante décadas ha intentado revalorizar el nombre y el valor de la mujer. Hace unos años, una campaña publicitaria mostró a un grupo de niñas en vestido rosas: levantaban pancartas con la problemática de la mujer en el mundo, mientras gritaban groserías con una alegría casi inocente. La mayoría de quienes vieron el vídeo se escandalizaron por las palabrotas. Casi nadie por las cifras.

Fui feminista antes de saber que lo era. Tenía catorce años cuando comencé a hacerme preguntas muy concretas sobre las razones por las cuales se me consideraba distinta sólo por ser mujer

Recuerdo el vídeo mientras mi amigo insiste en la poca importancia de luchar por los derechos de la mujer. Cuando recalca que “ya hay suficiente de esas batallas”, que “ya se verá que ocurre más adelante”. Que le irritan “las radicales, masculinizadas, que escupen improperios en todas las redes sociales”. Como la imagen de niñas que gritan groserías llevando trajes color de rosa, más importante parece ser el prejuicio, lo aparentemente inadecuado de la idea superficial, antes que el fondo mismo del planteamiento. ¿Quién realmente puede decir que faltan razones para continuar insistiendo en la figura de la mujer debe revalorizarse? ¿Quién puede decir, más allá de un análisis elemental sobre lo que se propone que el feminismo no propone ideas concretas sobre la necesidad de lograr la inclusión definitiva de la mujer y reconocer el valor de su diferencia?

Fui feminista antes de saber que lo era. Tenía catorce años cuando comencé a hacerme preguntas muy concretas sobre las razones por las cuales se me consideraba distinta, sólo por ser mujer. El motivo por el cual debía temer caminar por una calle oscura, cuando un hombre podía hacerlo con toda libertad. Por qué no podía llevar la ropa que quisiera sin recibir críticas o miradas reprobadoras. Por qué “las mujeres eran para la casa” y los “hombres para la calle”. Por qué debía soportar miradas groseras y comentarios denigrantes de hombres desconocidos. Por qué se dudaba de mi capacidad física sólo por ser mujer. Eran dudas, preguntas y cuestionamientos que poco o nada tenían que ver con un tipo de ideología concreta, con un movimiento en particular. Solamente quería saber por qué se me considera distinta por mi género. La razón por la que ser mujer me obligaba a cumplir una serie de pautas de conducta que no había pedido o que no consideraba admisibles. Nunca obtuve la respuesta que deseaba.

De manera que seguí insistiendo. Continué haciéndolo porque lo consideré necesario, moral y sobre todo, indispensable en mi manera de asumir el mundo que me rodea, la manera de comprender mi identidad más privada. Y es que no necesito dejar de depilarme el vello de las axilas para saber positivamente que una mujer debe aspirar a los mismos derechos, prerrogativas y ventajas sociales, culturales y laborales que un hombre. No tiene la menor importancia si me maquillo o no, si llevo falda larga o corta, si muestro el escote o no, en el hecho que aún buena parte de los hombres de mi país me consideran frágil, vulnerable, una criatura débil que debe ser protegida. Importa poco si llevo el cabello corto, si no uso perfume en el hecho, que, a cada hora, una mujer de mi país es violada. Que, aunque le cocine o no el desayuno a mi novio de turno, las condiciones de menosprecio que soportan millones de mujeres en el mundo, seguirán siendo motivo de lucha y reclamo. Porque más allá de lo cosmético, de lo banal y lo fútil, el feminismo o, mejor dicho, esa noción de la necesidad de reclamar lo que creo justo, seguirá siendo indispensable e incluso inevitable en mi manera de ver el mundo. Un valor ético al que no pienso renunciar.

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