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30/06/2020 18:35 CEST | Actualizado 30/06/2020 18:35 CEST

La fiebre 'pilarista'

He llegado a escuchar cosas como “podemita”, “progresista”, “rojo” o “perroflauta” en boca de un docente dirigiéndose a alumnos o para criticar al Gobierno.

James L.W  (Unsplash)

Ahora que esta etapa ha terminado puedo decir que no hace mucho emprendí mi camino hacia un nuevo lugar, distinto del de mis más tiernos recuerdos. Muchas veces tiendo a pensar en ese arrepentimiento que he sentido durante mucho tiempo al haber cambiado mi rumbo cuatro años atrás. Sin embargo, tras años de tropiezos y experiencias, creo que ahora mismo no sería la misma persona sin haber aprendido de todo lo vivido. 

La primera toma de contacto es de sorpresa: te asombran por completo los edificios tan bonitos y tan altos que conviven entre esas cuatro calles del Barrio Salamanca. También te resultan imponentes las personas. Por la calle de Castelló pasean madres de impresionante fachada con sus hijos de la mano y también niños de la mano de sus madres no biológicas, sus auténticas criadoras vestidas de uniforme y encargadas de llevarles y recogerles todos los días de la semana. Giras la calle Castelló y te topas con los alumnos de edad más avanzada, a cada cual más fumador.

Después de observar a todo tipo de personas te decides a entrar. Probablemente si no eres de la zona sientas ciertas miradas acechándote, cuchicheos diversos y hasta gente que se aleja cuando pasas. Seguramente no huelas mal ni tengas un moco colgando, sino que acabas de ser clasificado como distinto y, lo más probable, como repudiado. Puede que tardes en averiguar qué está pasando; te lo resumiré sencillo: no sigues las modas de marcas como Nicoli, Brownie o alguna de las costosas tiendas que recorren la calle Lagasca. Esa es una opción, otra es que no te asocien con la norma nunca escrita de incluir en tu atuendo una bandera de España anudada en la mano derecha. 

Pasan lo primeros días y semanas y sigues notando que te sientes diferente al resto aunque siempre hay alguna persona dispuesta a ser simpática contigo para después darte la patada. 

Aquí entramos en otro de los puntos clave: los grupos. Estos temas se han tratado mil veces en libros y películas, pero ¿alguien se ha parado a ver qué pasaba en realidad? Os será familiar hablar del Antiguo Régimen y su división en la sociedad por estamentos, pues esto es algo muy parecido. No sólo parece una vuelta al siglo XIX por la distinción en grupos, sino por la división entre chicas y chicos. Se clasifican los grupos en guays, frikis, pringados, menos pringados, aceptados por los guays o los marginados.

He llegado a escuchar cosas como “podemita”, “progresista”, “rojo” o “perroflauta” en boca de un doce dirigiéndose a alumnos o para criticar al Gobierno.

Por norma general, los grupos no son mixtos, no te encontrarás un grupo de amigos compuesto por chicos y chicas. Probablemente esto también fomente la actitud de profesores retrógrados que, por el simple hecho de existir una amistad chico-chica, tengan la osadía de comentarte por los pasillos que aún no tienen muy claro quién es tu pareja. En cuanto a la relación de distintos estamentos, es poco probable que veas a los frikis salir los viernes con el grupo de intocables. Estos últimos se encuentran a años luz del alcance de cualquiera y solo se relacionan con personas dignas de su aprobación. En definitiva, la supervivencia consiste en ir ganándose el respeto de la gente y conseguir no ser pisoteado por la élite. 

Al ser una crítica, lo más predecible es que me encasilléis en los estamentos más bajos de esta “sociedad”, pero no. Yo fui una de esas personas que pudieron salir de todos esos prejuicios iniciales y pasé a formar parte de uno de esos grupos no muy pringados y, además, con una buena relación con los situados en lo alto de la pirámide de poder. Según pasa el tiempo vas alejándote cada vez más de la realidad, subes los peldaños invisibles en las escaleras que te llevan al poder y te olvidas poco a poco de quién eras en un principio. Como todo éxito en la vida, en algún momento tienes baches, te chocas o incluso te hundes. Este último fue mi caso, me hundí en mi propio “poder”. Durante algún tiempo me olvidé de todo aquello que repudiaba cuando llegué y en lo que nunca pensé que podría llegar a convertirme. No diré que pasé a formar parte de la élite, porque eso son palabras mayores, pero sí a relacionarme con ciertas personas que tenían aires de grandeza. Nadie me lo impuso ni me obligó a hacerlo, fui yo quién siguió el camino de baldosas envenenadas al supuesto éxito. No pretendo justificar mis decisiones, pero creo que el aroma a aceptación y prestigio es similar a los antiguos cantos de sirena que embaucaban a los marineros. 

Mi destino fue chocar contra el iceberg, contra la cruda realidad, y comenzar a hundirme poco a poco. No me gustaba pasar al lado de un grupo de personas y ni mirarlas a la cara por el hecho de que otra persona considere que no son dignos de ello. Tampoco me era muy agradable tener que justificarme constantemente el por qué de mis amistades con personas que a juicio de otros no encajaban en nuestro círculo de relaciones. Creo que no llega un momento en el que te plantas e inicias una revolución en contra de estas actitudes, sino que te alejas poco a poco de estas personas y ni siquiera tienes oportunidad de pronunciarte porque ellos mismos te van silenciando de manera muy disimulada para no manchar su nombre. 

No te sorprende que alumnos de 14, 15 o 16 años defiendan con gran orgullo la dictadura franquista y lo justifiquen como un sentimiento de patriotismo.

Antes he mencionado brevemente la actitud del profesorado, pero creo que no es suficiente. En estos años que he ido viendo pasar por las aulas a distintos profesores, he podido reconocer a distintos tipos y me he permitido el lujo de clasificarles como se hace con los alumnos según llegan. Están los profesores que expresan su opinión política sin ningún tapujo y que además te juzgan por tus creencias o discrepancias con su parecer. Por otro lado, podemos encontrar a los que tratan de disimular su criterio, pero que de algún modo convierten su asignatura en una reivindicación de algo en concreto, lo cual resulta de lo más hipócrita. Y por último, el grupo de los más fieles devotos al cristianismo, entre los que se encuentran en gran parte los docentes de religión.

El colegio es católico y la asignatura de “Fe y Cultura” es obligatoria hasta el último de tus días allí, lo cual debes aceptar y respetar. En cambio, no debes tolerar una exclusión o discriminación por no compartir sus mismas ideas, algo que gran parte de esos profesores hacen día a día. En el aula he llegado a escuchar cosas como “podemita”, “progresista”, “rojo” o “perroflauta” de la boca de un docente dirigiéndose en algunos casos a alumnos y en otros a criticar la actitud del Gobierno. 

Durante el curso escolar hay tres misas obligatorias a las que todos los alumnos tienen que asistir: la de inicio de curso, la de Navidad y la de Pascua. En ellas siempre hay un sacerdote encargado de orquestar la ceremonia y en ocasiones hasta trata de ocultar en sus palabras el trasfondo político de su prédica.

Llega un punto en que no te sorprende que alumnos de 14, 15 o 16 años defiendan con gran orgullo la dictadura franquista y lo justifiquen como un sentimiento de patriotismo. A mi llegada me sorprendió ver que la mayoría de las personas de mi clase, con tan solo 14 años, simpatizaban con un partido en concreto y lucían sus pulseras. En un principio no resulta nada digno de crítica, pero según pasaron los años esas tendencias azules tornaron a un tono verde. Mi indignación no era por no coincidir con toda esa masa de personas, sino por sus intentos de convertir los cambios de clase en mítines de Vistalegre y tratar de captar más adeptos para su partido. He visto a muchos seguir al pastor y meterse en el rebaño solo por el hecho de encajar. 

Otro de los puntos clave a tratar es la fobia y rechazo al amor homosexual. Durante años he escuchado en esas aulas palabras como “enfermos”, “aberraciones”, “dignos de tratamiento psiquiátrico” para dirigirse a personas que aman a alguien de su mismo sexo. He conocido a muy pocas personas homosexuales dentro del colegio, pero esa minoría o bien se han tenido que esconder durante mucho tiempo o los propios profesores les han pedido que públicamente no tengan muestras de afecto. No sé realmente si estos pensamientos propios del Paleolítico son impulsados por creencias políticas, religiosas o por los “valores” inculcados desde casa, pero si sé que no son normales en gente del siglo XXI que va a pasar a ser el futuro del país. 

Multitud de profesores han sido testigos de actitudes de acoso y rechazo a otros alumnos, y han reaccionado o bien callando o calificándolo de “bromas de niños”.

El lema principal del colegio dice: “La verdad os hará libres”, pero yo me pregunto, ¿por qué no predican con el ejemplo? 

En las cuotas que los padres pagan cada trimestre, hay una parte destinada al llamado “Proyecto Ayuda” que cada año se dirige a una causa distinta. Hubo un curso que se participó en una campaña nacional contra el bullying cuyo lema era “Se buscan valientes”. No había día en que los profesores no trajesen un discurso relacionado con el tema, llenándose la boca de orgullo al predicar con esas palabras.

Aquí reside otra de las muchas hipocresías que vagan por los pasillos del colegio. Multitud de profesores han sido testigos de actitudes de acoso y rechazo a otros alumnos, y han reaccionado o bien callando o calificándolo de “bromas de niños”. No sólo eso, sino que muchos de esos “adultos ejemplares” tienden a “hacerse colegas” de esa élite intocable de alumnos, por lo que rara vez han recibido represalias o se han responsabilizado de acosar a sus compañeros. Una vez más, se fomenta esa cumbre de la sociedad en la que incluso participan los docentes, por lo que es un círculo interminable que nadie intenta destruir. 

Yo que he sido testigo y víctima de esa “fiebre pilarista” he salido del paso, no inmune pero sí más fuerte. He aprendido qué es lo que no quiero ser en la vida y cómo alejarme de todo aquello que se interpone en mi camino. No obstante, también hay que aprender de las personas y no juzgarlas por su procedencia o su aspecto, sea por una parte o por otra. Aunque tus principios te lo impidan, puedes entablar muy buena amistad con personas que ni te imaginarías, aprender de ellos y ellos también de ti. El verdadero éxito comienza desde el respeto.