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15/06/2019 09:29 CEST | Actualizado 15/06/2019 09:30 CEST

La genialidad biológica de lo que llamamos amistad

La soledad es letal. ¿Qué hacer?

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Este artículo también está disponible en catalán. 

Con los amigos compartimos la carga de la vida, nos ayudamos a gestionar las amenazas y obstáculos del día a día: los problemas en el trabajo, la fiebre del niño y el canguro que no se presenta, los sustos de salud, las peleas con el cónyuge o la pareja, las crecientes necesidades de los padres ancianos... Ojalá siempre tuviéramos amigos. Según el estudio de La Caixa (2019) Soledad y riesgo de aislamiento social de las personas mayores, la soledad prevalece en todas las edades, se incrementa a medida que pasan los años y se agrava especialmente a partir de los 65 años, cuando la red social de amigos comienza a romperse. Para ellos, para todos, en realidad, los amigos ya no son un lujo. Son un salvavidas.

Permítanme una digresión personal. Éramos un grupo de cinco amigas. Rondábamos los veintitantos años; tres casadas y dos solteras. Estábamos iniciando nuestra vida profesional y disfrutábamos de la energía de la juventud. Un día tomamos la decisión de encontrarnos una vez por semana. Con los años, el tiempo que pasábamos hablando de nuestras vidas, sobre los estudios, los jefes y el paro, sobre los hijos y esposos, lo fuimos empleando gradualmente para hablar sobre la muerte de los padres, las heridas afiladas del matrimonio y de la vida.

Nuestro grupo era como las tiendas de los chinos, donde tienen de todo: un lugar único de asesoramiento profesional, ayuda logística y socorro emocional. Pero con el paso de los años, los hijos comenzaron a succionar nuestro tiempo, los compromisos laborales y los viajes se intensificaron, los padres enfermaron, necesitaron tratamientos y se murieron. Una especie de fuerza centrífuga nos apartaba del grupo. Los tensores que nos alejaban entre nosotros giraban cada vez más y más rápido hasta que estiraron tanto que, finalmente, se rompieron. Llegó un momento que encontrarnos cada semana se convirtió en una carga. Seguimos siendo amigas individualmente, pero el grupo se disolvió. 

En nuestra sociedad más de un tercio de los adultos entre los 45 y los 65 años de edad están tristemente solos. El psicólogo y neurocientífico James Coan y su equipo de la Universidad de Virginia están estudiando la manera en que el cerebro transforma nuestros contactos sociales en una mejor salud mental y física. Sus investigaciones demuestran que mantener vínculos estrechos con seres queridos de confianza actúa como amortiguador vital contra los factores estresantes externos; tendremos vidas más largas, felices y saludables. Nos crecerá el cabello, mejorará nuestro tono de piel, nuestro sistema inmunológico se reforzará. Con una red de amigos las personas se recuperan más rápidamente del cáncer. Son menos propensas a sufrir ataques cardíacos o derrames cerebrales. Se protegen de la depresión y tienen muchas más probabilidades de mantener sus recuerdos intactos a medida que envejecen. Sentirse solo es tan malo para la salud como fumar 15 cigarrillos al día. Pero la neurofisiología subyacente a estos vínculos sigue siendo difícil de entender. El último descubrimiento de Coan es de lo más sorprendente: simplemente tomar la mano de un ser querido ofrece una protección contra el estrés equivalente a una descarga eléctrica.

En nuestra sociedad más de un tercio de los adultos entre los 45 y los 65 años de edad están tristemente solos.

Vistas las terribles consecuencias de la soledad diría que abandonar la red de amigos es un error. La soledad es letal. ¿Qué hacer? Esta era la pregunta que me perseguía cuando veía el espacio en blanco de mi agenda que mis amigas un día ocuparon semana tras semana. El aislamiento se incrementó cuando dejé todos mis trabajos para dedicarme casi exclusivamente a la tarea silenciosa y solitaria de la literatura: leer y escribir libros. Pensé un plan. Encontrar amistades en dos direcciones: hacia atrás en el tiempo y alrededor de mi mundo. Mirando hacia atrás, he tratado de encontrar mis viejas amistades, incluyendo las de la infancia. También miro a mi alrededor y encuentro amigos entre otros escritores y en mis incursiones ateneístas en el Ateneo de Barcelona.

En cuanto a mi grupo de amigas, nos reunimos muy de vez en cuando, en Pascua o en Navidad, con la esperanza de que muy pronto encontraremos el camino de vuelta. Podría suceder, ¿por qué no?; de hecho, hemos compartido muchas historias, risas y copas de vino. Lo que nunca se aleja de mi pensamiento es que la ciencia confirma el dicho que dice que “quien tiene un amigo tiene un tesoro”. ¡Qué sabiduría!

 

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