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29/06/2020 12:03 CEST | Actualizado 29/06/2020 12:03 CEST

La 'herida narcisista' de la derecha (moderados pero ensoberbecidos)

Según el PP, en buena parte se pudo haber evitado. Vuelve obsesivamente una y otra vez sobre los muertos como patrimonio partidista.

Stringer . / Reuters
El líder del PP, Pablo Casado, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. 

“Se trata de la rabia asociada con la frustración del derecho narcisista y sus necesidades insaciables. La frágil superioridad enfrentada al fracaso enfurece al narciso, arremetiendo contra el otro, cuando es criticado públicamente”. 

“No ha sido por mala fe, pero en buena parte no han acertado. Las consecuencias han sido dramáticas y en buena parte se podrían haber evitado...”, ha sentenciado Ana Pastor en el Congreso de los Diputados. 

Finalmente, el apoyo del PP al decreto de nueva normalidad, que considera de contenido exiguo, lo ha vinculado a su tramitación como proyecto de ley en que reivindicará un plan de contingencia y el mantenimiento como máxima autoridad del Ministerio de Sanidad para prepararse ante una segunda ola de la pandemia. 

Estos han sido a grandes rasgos los argumentos que ha esgrimido el PP, en lo que se ha querido ver como un aterrizaje suave en la nueva realidad y en la moderación política, desde la estrategia de polarización y la crispación desarrollada a lo largo del confinamiento. 

De grado o por fuerza, poco importa, el PP abandona con ello la estrategia agotada de desestabilización y criminalización del Gobierno, adoptada desde el inicio de la pandemia de la mano de la extrema derecha, que culminó en su momento con las caceroladas, el procesamiento del delegado del Gobierno de Madrid y el cese del coronel Pérez de los Cobos, todo ello como consecuencia de las movilizaciones del 8M. Una estrategia extremista para una situación extrema de largo confinamiento y desescalada, de miedo, malestar ciudadano y crispación, que finalmente ha resultado baldía en sus últimos objetivos de división interna y crisis de Gobierno. 

La coalición del PSOE y Unidas Podemos ha resultado ser más sólida de lo esperado y la debilidad de la mayoría de investidura ha sido compensada por la incorporación de Ciudadanos en su papel, hasta ahora inédito, de centro moderado. 

Con el final de la desescalada, el decreto de control de los rebrotes de la covid-19, los nuevos acuerdos sociales y la culminación de los trabajos de la comisión de reconstrucción y las elecciones vascas y gallegas, se ha abierto una nueva etapa, en que la excepción parece haber terminado con el fracaso de la estrategia de desestabilización. La normalidad, sin embargo, hay que reconstruirla. 

“No es un tema de competencias, sino de salud pública”. Quién lo iba a decir en quienes la menospreciaron y bloquearon la aplicación le la ley.

Esta nueva táctica en ciernes del PP está aún muy lejos de convertirse en una estrategia de oposición seria para un periodo de paulatina normalización, que estará protagonizada por la complejidad del control compartido de la convivencia con la enfermedad y los acuerdos sociales y políticos sobre las medidas para la reconstrucción económica en el marco de la reactivación europea. 

A priori, la supremacía moral sobre la acción política no parece una buena receta. La soberbia y la prepotencia gestora y profesional tampoco. Hubo un tiempo en que la derecha heredera del franquismo llegó a la democracia con su poder intacto pero moralmente derrotada frente a la autoridad democrática de la izquierda, avalada además por sus homólogas europeas. Ese será el germen del largo periodo de gobierno del PSOE y de su asimilación como partido de Estado. Más tarde, la crisis provocada por los casos de terrorismo de Estado y corrupción hicieron pensar a la derecha aznariana que con ello se había equilibrado la balanza no solo del poder político, sino también de la autoridad moral. 

El triunfo electoral de Zapatero, la llamada cuestión catalana y la moción de censura de Sánchez, han supuesto sin embargo en un contexto populista una verdadera “herida narcisista” para las derechas, que no solo ha empoderado políticamente a la derecha iracunda de los herederos de la dictadura, sino que ha situado al PP a la defensiva, cuando no al rebufo de sus estrategias desestabilizadoras con un menosprecio irresponsable de los equilibrios y una contumaz instrumentalización de las instituciones como el Tribunal Constitucional, el Supremo, el Consejo General del Poder Judicial, la Guardia Civil, e incluso la jefatura del Estado, antes impensables en un partido democrático. 

En ese sentido el reciente giro táctico del partido popular al votar el decreto de la llamada nueva normalidad ha llegado acompañado, además de la lógica crítica política, de la apelación al juicio moral sobre el ministro de Sanidad y su equipo que convierte al subjetivismo moral en el sucedáneo edulcorado de la extrema derecha de la ira o de la santa indignación del neofundamentalismo religioso. 

Es así que nosotros, señor ministro, decidimos que no ha actuado de mala fe. Le perdonamos la vida y dictaminamos que a pesar de vivir en el error es usted buena gente...  Aunque en lo que respecta al resto del Gobierno, y en particular en lo que respecta al presidente Pedro Sánchez y al vicepresidente Pablo Iglesias, y no digo sus inicuos apoyos, eso es otra cosa muy distinta...

La reacción general ha sido de alivio, porque no atribuyendo dolo o voluntad de hacer daño o delito, como hasta ahora las derechas habían planteado con acusaciones como la del 8 de Marzo, se diluye la imputación como acción voluntaria y criminal. Algo, en todo caso, hemos ganado. 

En consecuencia, al ministro y los funcionarios del ministerio de les achaca que en buena parte no acertaron. Al Gobierno se le impugna por su mala gestión y a los funcionarios por una oscura incapacidad que al parecer no tuvieron antes con otros gobiernos que sí acertaron. 

Según el PP, en buena parte se pudo haber evitado. Vuelve obsesivamente una y otra vez sobre los muertos como patrimonio partidista.

Ha sido, por tanto, mala gestión la imprevisión primero: la falta de epis y los test, aunque haya sido algo general. Luego el estado de alarma y el confinamiento, aunque también hayan sido lo habitual, eso sí con excepciones de inmunidad de rebaño, precisamente no recomendables. Como las fases arbitrarias de la desescalada, aunque con lo que hemos visto después hayan estado más que justificadas. Finalmente las consecuencias han sido las más dramáticas del mundo: los infectados y los muertos por covid, la sobremortalidad y la peor crisis económica. Un catastrófico balance final de la pandemia cuando ésta aún se encuentra aún en su momento más explosivo. 

Porque, según el PP, en buena parte se pudo haber evitado. Vuelve obsesivamente una y otra vez sobre los muertos como patrimonio partidista. Por eso les dedica su responsabilidad con el decreto: a los que no están, junto a sus colegas sanitarios. Otra apropiación pretenciosa más, como lo es la mitad de Ramón y Cajal. 

Todo lo cual no descarta sin embargo que haya habido una negligencia criminal. Las espadas pues siguen en alto. 

En definitiva, un apoyo con cautelas a las medidas para la nueva normalidad. Aunque faltaría un plan de contingencia a falta del repudiado estado de alarma. Y de nuevo vuelven los test para todos, en este caso también en los aeropuertos. 

Y como colofón: 

“No es un tema de competencias, sino de salud pública”. Quién lo iba a decir en quienes la menospreciaron y bloquearon la aplicación le la ley. “Y doten” de una vez al Ministerio de Sanidad para una verdadera política nacional. Un ministerio también sistematicamente ninguneado y con un presupuesto bajo mínimos. 

En resumen, la mera moral y la retórica hueca como táctica frente a la ética civil y la política en tiempos de incertidumbre y complejidad. Ni siquiera da para una estrategia que haga prever el diálogo y los acuerdos. Ya se verá.