INTERNACIONAL
06/06/2019 07:37 CEST | Actualizado 06/06/2019 09:25 CEST

La historia de película de Manuel Otero, el único español que participó en el desembarco de Normandía

Emigrante en EEUU tras pelear en la guerra civil por los republicanos, se enroló en el Ejército para lograr la nacionalidad, pero encontró la muerte sobre la arena de Omaha.

Manuel Otero Martínez tenía un anhelo: convertirse en ciudadano norteamericano de pleno derecho y empezar a vivir la vida en paz, en Nueva York, con su taller mecánico. Ya bastante había pasado en la Guerra Civil española. Necesitaba papeles, pasaporte, ciudadanía, y por eso tomó una decisión arriesgada que le costaría la vida: la de enrolarse en el Ejército de las barras y estrellas. A las 7:40 horas de la mañana de un 6 de junio de hace 75 años, Manuel desembarcó en Normandía (Francia) y murió reventado por una mina en la batalla que le dio a los aliados en la Segunda Guerra Mundial la llave de la victoria en Europa. Un gallego en la playa de Omaha. El único español presente en el Día D. Este jueves, junto a sus compañeros, recibirá un homenaje que ha tardado décadas en llegar. 

¿Un español en el desembarco? No hay noticias de eso, no puede ser. Es lo primero que pensó Manuel Arenas, presidente de la Asociación de Amigos del Museo Militar de La Coruña y la Asociación Histórico Cultural The Royal Green Jackets. Una mujer llamada Gema Martínez le puso sobre la pista al preguntarle por su tío, a finales de 2013. ¿Seguro que no era de otra división, de otro regimiento? Todas las dudas quedaron despejadas cuando la señora le enseñó su tesoro: el arcón en el que los restos de Manuel fueros trasladados desde Francia a su pueblo, Serra de Outes, en A Coruña, con su número de identificación, más la acreditación de que recibió el Corazón Púrpura y las cartas a su madre. 

Manuel Arenas y Antonio Osende, su compañero en las dos asociaciones, comenzaron entonces a indagar sobre la figura de este soldado verdaderamente desconocido, cuya historia han podido reivindicar en los últimos cinco años. Consultaron los archivos oficiales de Estados Unidos, hablaron con expertos en Historia de Francia, siguieron la pista de los documentos personales del militar y acabaron así por armar una historia que, como dicen, “cae en las manos de Steven Spielberg y sale un Salvar al soldado Ryan impresionante”.

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Manuel Otero, en una imagen que guarda la familia. 

Esa historia comienza un 29 de abril de 1916, cuando Manuel Otero nace en Outes. Tras un tiempo arreglando barcos en el pequeño astillero de su pueblo, decidió enrolarse como mecánico en la Marina Mercante. Estaba destinado en Cantabria cuando Francisco Franco y los suyos dieron el golpe de estado, el 18 de julio de 1936, y como la zona quedó bajo control republicano, fue reclutado por ese bando. Tenía 20 años. Se sabe que batalló en Brunete, donde fue herido de gravedad, trasladado a Valencia para recibir tratamiento y preso en Barcelona. 

Su familia, que seguía en Galicia, región de dominio nacional, tocó en todas las puertas que pudo hasta conseguir que lo liberasen, porque no tenía tampoco delitos de sangre. Manuel pudo volver a su hogar, pero ya no era su hogar. La etiqueta de rojo no se la podía quitar de encima. Así que, pasado un año aproximadamente, decidió emigrar a EEUU. Se instaló en Westchester, un suburbio de Nueva York, donde abrió un negocio de mecánica. Salía adelante y mandaba dinero a su madre. 

Su vida remontaba, pero seguía siendo un simpapeles. Necesitaba la nacionalidad norteamericana. Para ello pensó que era bueno alistarse como voluntario en el Ejército, dentro de un programa para compensar con documentos a los extranjeros que se jugaran el pellejo por el país, y que hoy se mantiene. Sólo tenía que aguantar seis meses. Sin embargo, a los tres días de que empezase a correr su calendario, Japón perpetró el bombardeo sobre Pearl Harbour, que provocó que Estados Unidos entrase en la Segunda Gran Guerra junto al bando aliado. Corría el año 1941. Manuel también entró en guerra, por segunda vez en su vida y en tierra extraña.

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Llegada de soldados norteamericanos a Normandía. 

El camino hasta Omaha

Según los datos recopilados por Arenas y Osende, el soldado 32868826, que es como fue identificado el gallego, acudió como reemplazo a Reino Unido para preparar el desembarco aliado en las costas de Francia, una operación de máximo secreto. Estaba enrolado en el 16 Regimiento de la 1ª División de Infantería del Ejército de EEUU, conocida como Big Red One, elegida para esta misión porque ya estaba rodada en Italia y en el norte de África. Manuel también era veterano y sabía de batallas. Tenía que tocarle. 

Los documentos revelan que estuvo cerca de un año haciendo entrenamientos de desembarco, esperando a conocer datos de por dónde atacar y, también, el regreso de algunos compañeros desplazados en Sicilia. Un tiempo en el que pasó a ser soldado de primera clase y en el que cumplió los 28 años. 

El día central de la Operación Overlord llegó y Manuel se embarcó de los primeros, a las seis de la mañana, a bordo de una lancha de desembarco LCI 85, con la que tocó tierra a las 7:40 horas. Lo hizo en una segunda oleada, en uno de los sectores, casi en el centro, en que los aliados dividieron la playa para repartir las tareas, el llamado Easy Red. El mítico de las fotografías de Robert Capa, el Dog Green, estaba un poco más al sur. 

Las crónicas dicen que ese día la marea estaba muy baja, así que los soldados, con su fusil envuelto en tela y plástico contra el salitre y su carta del general Eisenhower en el bolsillo, tuvieron que caminar mucho hasta llegar al primer refugio. Toda la zona estaba llena de obstáculos, el fiero recibimiento de las tropas nazis.

El teniente William T. Dillon, el mando al que respondía el militar español, dio la orden de que Otero y dos compañeros -identificados como John P. Ford y David Arnold- tratasen de tomar un búnker cercano. Primero se parapetaron tras una elevación de rocas y luego fueron a atravesar la concertina que los separaba de su meta, con el fuego de ametralladoras silbando a su alrededor. Pero antes de llegar a su objetivo una mina explotó y mató a Ford y a Otero. Lo cuentan extraordinariamente bien en este vídeo de Tropa Guripa

La unidad de Otero fue diezmada prácticamente entre el 60 y el 70% sólo en la arena de esa playa, el mismo día del desembarco. Se calcula que en esa jornada murieron 3.800 soldados aliados, de los que 2.500 procedían de Estados Unidos, el grupo más damnificado. La “gran cruzada” para hacerse con 80 kilómetros de costa francesa protegida por el ejército alemán movilizó a 150.000 uniformados, 4.000 buques y 1.200 aviones de EEUU, Reino Unido y Canadá.

Un entierro único

Superviviente de una guerra, pero no de dos, Manuel fue enterrado con miles de compañeros en el cementerio normando de Colleville, en el que hoy hay más de 9.000 soldados norteamericanos. Un mes después de su muerte, la familia fue informada de su desgraciado final. En 1947, su padre acudió al consulado de EEUU en Galicia para tratar de gestionar la repatriación de sus restos. Gracias a la mediación de la Cruz Roja Internacional, la España de Franco dejó que un arcón de madera forrado de zinc, con su número de serie, su unidad y la fecha de su muerte, llegase a Outes. 

Otero fue excepcional en la vida y también en la muerte, en su despedida final, la que hizo en su pueblo, con una bandera de EEUU sobre su féretro, con escolta de oficiales estadounidenses y la presencia del agregado militar en la embajada en Madrid. Como todo un ciudadano de la Gran América. 

Arenas narra el testimonio de una mujer del pueblo, que cuando sucedió aquello apenas tenía nueve años, que dice recordar el entierro y especialmente cómo al fallecido se le dio sepultura con una bandera roja y blanca que ella no conocía, entre señores que hablaban de forma extraña y caminaban firmes junto al féretro. El soldado reposa desde entonces en el cementerio de San Juan de O Freixo de Sabardes, en Outes. Lo guardan banderas de Galicia, de España y de EEUU. 

 

Es un personaje olvidado durante décadas y su historia merece que sea conocida en toda España. Tuvo mala suerte en todos los sentidos, era un joven que tenía el sueño de prosperar, el sueño del emigrante gallego. Es el único gallego y el único españolManuel Arenas, presidente de la Asociación de Amigos del Museo Militar de La Coruña y la Asociación Histórico Cultural The Royal Green Jackets.

A su familia, el Gobierno de Washington le dio una pensión vitalicia de 900 pesetas al mes (5,4 euros). La única hermana de Otero, ya muy anciana y residente en Como (Italia), guarda aún la medalla con la cruz púrpura con que fue distinguido y el diploma que glosa sus méritos.

“Es un personaje olvidado durante décadas y su historia merece que sea conocida en toda España. Tuvo mala suerte en todos los sentidos, era un joven que tenía el sueño de prosperar, el sueño del emigrante gallego. Es el único gallego y el único español. Miramos todos los listados de fallecidos del Ejército americano y había puertoriqueños o mexicanos, pero el único que figura como español era Manuel Otero”, insiste Arenas. En los registros, de hecho, aparecía como “latino”, pero sin nacionalidad. Hubo que cribar “otero” a “otero” -había unos cuantos- hasta dar con él. 

Este jueves, en el homenaje general que los caídos del Día D recibirán en Normandía, habrá una placa especial para Manuel Otero Martínez, una ofrenda de su familia y de los investigadores que han sacado a flote el relato de un hombre que sería un héroe nacional en otro país, un gallego que luchó “de verdad” por la libertad, como dicen los rescatadores de su memoria. 

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