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08/08/2020 12:34 CEST | Actualizado 08/08/2020 12:34 CEST

La inviolavilidad de los hombres

El problema del machismo no son sus excesos ni sus errores, sino la injusticia esencial que lo define.

Imagen de la película 'Rey Arturo'. 

En estos días que tanto se habla de “inviolabilidad” conviene hacer una reflexión más amplia sobre su concepto y aplicación práctica.

La idea que otorga al hombre ser el “rey de la creación” no es una metáfora, sino una referencia literal a la realidad de los hombres en su día a día. Se podría haber buscado otra figura, como que el hombre es “la cúspide de la creación”, o “la perfección de la creación” o, por ejemplo, “el ser más completo de la creación”; pero no, han elegido la idea de que “el hombre es el rey de la creación”, y no lo han hecho por un exceso de imaginación, sino bajo la incapacidad de trascender de lo inmediato.

Veamos las razones.

El concepto de “rey” que utilizan en su referencia a la creación se construye sobre una serie de elementos que, a su vez, forman parte de la idea de ser hombre, por lo que la relación entre los dos conceptos forma parte de la esencia de ambos, no de las circunstancias que puedan compartir. Veremos los principales elementos que definen esa idea del hombre como rey, y de rey como hombre. Concretamente, son cinco:

  1. En ambos casos, se trata de un concepto construido sobre la referencia biológica. El rey los es por pertenecer a una determinada familia y línea de sangre, y el hombre simplemente por ser parte de la “familia” de los hombres. Este elemento hace que su valor, el del rey y el del hombre, esté en su condición, no en su capacidad, preparación o formación, que puede ser mejor o peor, pero es algo anecdótico y secundario, porque el hecho de ser rey y el hecho de ser hombre los legitima para asumir los roles, funciones y responsabilidades diseñadas para ellos.
  2. Al tratarse de una construcción sobre la referencia biológica, su condición es heredable a su descendencia biológica y social, puesto que su herencia no sólo es sobre la biología, sino que también incluye a la sociedad que ha creado a través de su obra y su cultura androcéntrica.
  3. Ser rey no es sólo estar en lo más alto de la cúspide, sino tener poder sobre todo lo que forma parte de su reino,de ahí que el hombre-rey disponga de la naturaleza y el planeta en su propio beneficio, como si le pertenecieran sólo a él y a su modelo de sociedad dirigido a la acumulación de poder.
  4. La consecuencia inmediata de esta posición de poder es la existencia de súbditos, es decir, de personas que por su naturaleza y condición quedan relegadas a posiciones inferiores con el objeto de satisfacer las exigencias y demandas del rey, que tiene al resto de la población en esa posición de inferioridad; y del hombre, que tiene a las mujeres como súbditas particulares de su reino social, tanto en lo privado como en lo público.
  5. Y para que el modelo sea estable y sostenible, y no se vea debilitado por la propia dinámica interna y los acontecimientos que se producen como consecuencia de la misma, cuenta con una serie de prerrogativas que van desde la definición de la normalidad, sea nueva, renovada, tradicional o histórica, y todos los silencios y sombras que extiende sobre la realidad, hasta la inviolabilidad práctica del rey-hombre y del hombre-rey. Así, por ejemplo, en la violencia que nace de los elementos de su reinado que determinan la desigualdad para dominar a sus súbditas-mujeres, si ponemos en relación el número de casos de violencia de género que existen, unos 600.000 según la Macroencuesta de 2011, con los casos denunciados y los casos condenados, según los estudios del CGPJ, el número total de condenas respecto al total de casos representa el 5%, lo cual se traduce en una inviolabilidad práctica de los hombres en el ejercicio de sus funciones como tales hombres, según define el marco cultural de su reino androcéntrico.

El problema del machismo no son sus excesos ni sus errores, sino la injusticia esencial que lo define. Una injusticia que parte de la idea de que es la condición de las personas la que define su posición en la sociedad, las funciones que deben desarrollar, y la manera de relacionarse entre sí. Cuanto más elementos se añadan a la condición esencial de “ser hombre” o “ser mujer”, más se asciende en las jerarquías definidas por la propia cultura machista, y más elementos de la cultura se encargan de proteger la posición y las funciones desarrolladas desde ellas. De ese modo, bajo la referencia social y de reconocimiento, un hombre es más que una mujer, un hombre blanco más que un hombre de otro grupo étnico, un hombre heterosexual más que un hombre homosexual o trans, un hombre nacional más que un hombre extranjero… y lo mismo ocurre con las mujeres en sentido contrario. Conforme la combinación de elementos se produce en una misma persona, esa interseccionalidad la asciende o desciende hasta posiciones más altas o más bajas.

Por eso un hombre blanco, heterosexual, nacional, rico… contará para defender lo que haga con una serie de elementos informales, entre ellos la reputación, el reconocimiento, el honor, la credibilidad, las influencias… y con elementos formales, como la mayor capacidad de usar los instrumentos del sistema, desde los elementos jurídicos hasta figuras especialmente definidas para ser aplicadas en determinados espacios, como la inviolabilidad o la inmunidad.

Quien entiende que esos instrumentos formales forman parte de su condición y los hace suyos, no  elementos destinados a evitar que las funciones a desarrollar desde lo común y para la sociedad se vean dificultadas de manera inadecuada, tiende al abuso; porque no sólo se siente superior, sino que se sabe por encima del bien y del mal por los privilegios otorgados a su condición.

 

Este artículo se publicó originalmente en el blog del autor. 

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