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13/11/2020 10:02 CET | Actualizado 13/11/2020 10:02 CET

La ira del oso herido

Trump se atrinchera y los republicanos aprovechan para recaudar fondos y hacer campaña para el Senado.

BRENDAN SMIALOWSKI via Getty Images
Donald Trump, presidente de los Estados Unidos. 

Tal como había anunciado repetidas veces que haría, Donald Trump se niega a reconocer su derrota en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre y acusa a los demócratas de fraude electoral sin prueba alguna, negándose a empezar las actividades necesarias para efectuar el traspaso de poderes.  Todos sabíamos que iba pasar esto. Lo que no sabíamos es que los republicanos le iban a seguir la corriente, metiéndose en su mundo de fantasía, en una especie de locura compartida.

El sábado, día 7, cuando se supo que Biden había ganado las elecciones presidenciales, la mayoría de los senadores y congresistas republicanos reaccionaron con ambigüedad, sin felicitar a Biden oficialmente, pero sin cuestionar los resultados de los comicios. Las noticias que se filtraban de la Casa Blanca eran que los colaboradores de Trump estaban intentando convencerle para que aceptase la derrota y empezase el proceso de transición.  En el transcurso del fin de semana, las filtraciones pasaron a indicar que Trump necesitaba tiempo para asimilar la noticia. Cuando finalmente quedó claro que, de las cinco fases del duelo, a saber, negación, ira, negociación, depresión y aceptación, Trump no iba a ser capaz de ir más allá de la segunda, o sea, la ira, los republicanos del Capitolio empezaron a cerrar filas detrás de él, secundando sus declaraciones respecto a la necesidad de investigar los resultados de los comicios.  

A ellos se unió rápidamente el notoriamente servil fiscal general de Estado, William Barr, que actúa siempre más como abogado personal del presidente que como el representante de la ley que se supone que es. Barr dio orden de abrir una investigación. Su inusitada intervención en el proceso electoral, haciendo caso omiso de las reglas, que no permiten investigaciones de fraude hasta no haya concluido el recuento de los votos, dio lugar a la inmediata dimisión del fiscal de delitos electorales como protesta por esta inapropiada orden. A la vez que pasaba todo esto, el secretario de estado, Mike Pompeo, declaraba que Trump iba a continuar en la Presidencia. 

JEFF ROBERSON via Getty Images
William Barr.

La absurda conducta de Barr y de Pompeo, actuando ambos como si Trump fuese a seguir en el poder, cobró sentido cuando se supo, a través de otras filtraciones, que éstos no eran los únicos que estaban sosteniendo esta ficción.  Al contrario, al parecer en estos momentos todos los colaboradores de Trump en la Casa Blanca están obligados a simular que comparten sus creencias, so pena de ser echados de su puesto y de ser condenados al ostracismo. Además, aunque están a punto de quedar cesantes con el cambio de Gobierno, no se les permite buscar trabajo, porque hacerlo sería admitir que Trump ha perdido las elecciones. Deben mantener en todo momento la ficción de que Trump ha ganado las elecciones y no pueden mencionar el nombre de Biden bajo ningún concepto. Tienen que actuar como si no existiese.  

Los comentaristas contemplan todas estos acontecimientos con asombro.  Sobre todo se preguntan por qué los republicanos fingen que Trump no ha perdido, cuando saben perfectamente que no va a seguir en el poder. Los republicanos no esperan que Trump se quede en el cargo. De hecho muchos han felicitado a Biden en privado o a través de terceros. Se están barajando tres explicaciones y las tres tienen visos de realidad y se complementan.  

La primera explicación es que nadie quiere incurrir en la ira de Trump.  Como dijo un comentarista de la televisión, nadie quiere atravesarse en el camino de un oso herido y exponerse a recibir un zarpazo. Es sabido que Trump tiene al partido republicano en un puño, ya que ha fidelizado a los votantes hasta tal punto que le siguen ciegamente. A sus ministros y demás colaboradores les puede arruinar la carrera política dentro del partido republicano con un simple mensaje de Twitter. Lo mismo pasa con los senadores y congresistas, que le tienen verdadero miedo. Como en Estados Unidos a las elecciones primarias puede presentarse cualquiera, los políticos republicanos temen que, si no se doblegan a los deseos de Trump, éste les diga a sus fanáticos seguidores que voten por otro candidato en las elecciones primarias. Hay incluso una expresión para referirse a este fenómeno, “to primary” o “primarizar,” que quiere decir presentar un candidato más fiel a las elecciones primarias para desbancar de su cargo a un político en ejercicio. La impresión de los comentaristas, pues, es que los republicanos no quieren incurrir en la ira de Trump por el gran poder que éste tiene sobre los votantes, el cual podría continuar si, como se sospecha, crease un programa de televisión para mantener vivo el culto a la personalidad y su influencia sobre el partido.   

Al mantener viva la ilusión de que éste todavía podría ganar las elecciones presidenciales, los republicanos esperan motivar a éstos para que voten masivamente en las elecciones para el Senado

Éste es el principal motivo para la participación de los republicanos en la ficción de que Trump ha ganado las elecciones y va a continuar en el poder, pero no es el único. Hay otros dos motivos y no carecen de importancia. El primero es que esto les ayuda a recaudar fondos. Con la disculpa de que necesitan dinero para contratar abogados e investigar los resultados de los comicios, están obteniendo recursos que pueden usarse para otros fines, como pagar las deudas de esta campaña o ahorrar para la próxima. La idea de que puede haber habido fraude electoral enciende a la base y la motiva a dar dinero con la esperanza de mantener a su ídolo en el poder.

Pero quizás la razón más importante para mantener la ficción de su victoria sea la batalla por el Senado, que en Estados Unidos es un organismo muy importante que controla los mecanismos del poder. En el estado de Georgia ha habido empates para los dos escaños del Senado y va a haber unas elecciones especiales el 5 de enero. Lo que pase con esos dos escaños determinará qué partido está a cargo del Senado. Aunque lo más probable es que ganen los republicanos, que hasta ahora han dominado Georgia, esto no está asegurado y el partido se prepara para dar una gran batalla. Para ganarla necesita que salgan todos los seguidores de Trump a votar. Al mantener viva la ilusión de que éste todavía podría ganar las elecciones presidenciales, los republicanos esperan motivar a éstos para que voten masivamente en las elecciones para el Senado.  

Parece, pues, que los republicanos, viendo que no les quedaba más remedio que seguirle la corriente a Trump en sus delirios de grandeza y sueños de invencibilidad, se han puesto a pensar en cómo podrían sacarle rédito a esta anómala situación y han llegado a la conclusión de que les podría servir para recaudar fondos por una parte y para hacer campaña para el Senado por otra.  Así que continúan con la representación teatral, mientras el oso se lame las heridas en su refugio de la Casa Blanca. 

Cristina González es catedrática emérita de la Universidad de California, Davis, donde ha impartido clases de Literatura y Cultura Hispánicas en el Departamento de Español y de Historia y situación actual de la universidad americana en la Facultad de Educación. 

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