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27/09/2019 07:19 CEST | Actualizado 27/09/2019 07:19 CEST

La libertad de odiar: un derecho inexistente

En España parece ser que nos tenemos en tan alta estima que consideramos que nuestra libertad también incluye la invasión del espacio de los otros.

NurPhoto via Getty Images
El portavoz de Hazte Oír, Luis Losada, en una imagen de archivo. 

No es la primera vez que asistimos, con estupor, a discursos de odio más o menos explícitos en medios de comunicación o en foros de debate retransmitidos en directo. Para muestra, el autobús tránsfobo de Hazte Oír o las jornadas de la pasada escuela presuntamente feminista Rosario Acuña, de Gijón. Estos discursos se van instalando, se van disfrazando hasta quedar parapetados detrás de un supuesto disfraz de libertad de expresión que no es tal.

Desde el Colectivo LGTBI Alicante Entiende me enviaron una foto de unos folletos que estaba repartiendo Hazte Oír por los colegios de la ciudad; en el panfleto se puede ver a dos mujeres, una de ellas con un carrito de bebé, en la que una le pregunta a la otra si lo del carrito “es niño o niña”, y ésta responde que “todavía no lo sabemos, porque todavía no habla”. En grande se puede leer arriba “Dejad en paz a los niños”, y debajo del gráfico de las madres se lee “una respuesta ciudadana al adoctrinamiento de género”. 

Lo grave del hecho, además del folleto en sí, es la difusión en los colegios, donde los niños y niñas tienen derecho a recibir una educación ajena a cualquier discriminación. En los colegios hay niños y niñas trans que no tienen por qué soportar el catecismo de un grupo ultra católico (ni de ningún otro), y también hay niños y niñas cis que no tienen que verse sometidos a tal adoctrinamiento. Los equipos docentes de los centros deben actuar con premura y deben evitar que este caldo de cultivo que abona al odio y al dogma siga contaminando los espacios de educación, máxime cuando hay menores en ellos. Las autoridades públicas también tienen que ponerse manos a la obra en esta materia rigurosa y certeramente, sin aspavientos ni discursos grandilocuentes: queremos hechos, no palabras de campaña electoral.

En España parece ser que nos tenemos en tan alta estima que consideramos que nuestra libertad también incluye la invasión del espacio de los otros.

Poco se ha hablado de la relación que tienen algunos de los miembros de Hazte Oír con la secta paramilitar y ultracatólica de El Yunque, como acreditó la jueza López Castrillo. Es un peligro para los menores, que recordemos que tienen el derecho a una educación en igualdad, que los gobiernos y el personal docente se dediquen a mirar para otro lado mientras estos pensamientos, estos dogmas, consiguen franquear los muros de las instituciones que deberían ser laicas, plurales, y garantes del respeto a la diversidad familiar y sexual. 

La libertad de expresión es un derecho humano reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y como tal, no es un derecho absoluto. El Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos ya nos señala que la libertad de expresión conlleva también “deberes” y que está sujeta a “ciertas restricciones” cuando sea necesario “para respetar los derechos o la reputación de otros” o “para proteger la seguridad nacional o de orden público, o de la salud o moral públicas”. En síntesis, sería algo así como tu libertad termina donde empieza la de los demás. En España parece ser que nos tenemos en tan alta estima que consideramos que nuestra libertad también incluye la invasión del espacio de los otros; nos hemos abonado a una idea infantil en la que se defiende sin el más mínimo pudor que tenemos derecho a todo, todo el tiempo, y que nuestra verdad tiene que ser escuchada a toda costa, distribuida a toda costa, a pesar de pisar derechos de otros. En esas estamos, en un país que mide el amor propio en función de las heridas de guerra que le pueda hacer al de enfrente, y si el de enfrente es de un grupo socialmente vulnerable, mejor aún. 

Guardar silencio nos hace cómplices. Yo no callo, ¿y tú?

 

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