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08/03/2020 10:27 CET | Actualizado 08/03/2020 10:27 CET

La noche de los cristales rotos trans

Todo avance que tambalee los pilares donde se sustentan las opresiones y desigualdades, levanta la reacción de sectores conservadores...

Mar Cambrollé, autora del artículo. 

El activismo trans a nivel mundial esta promoviendo en muchos estados y países normas jurídicas de protección contra la discriminación y de reconocimiento de derechos que superen la desigualdades sociales, creando sinergias políticas y discurso para la deconstrucción de interpretaciones fuera de la visión psicomédica y biopolítica. 

Esta lucha del trans activismo ha propiciado declaraciones de instituciones internacionales, como la ONU, el Comisario Internacional de Derechos Humanos, la Organización de Estados Americanos o el Consejo de Europa. Todas abogan por el fin de la discriminación de las personas trans, la despatologización, el reconocimiento de derechos que no vulneren la dignidad y recomiendan la protección jurídica desde nuevos marcos legislativos. Ello ha removido las posiciones que tanto la OMS y la APA (Asociación de Psiquiatría Americana) han mantenido con respecto a la transexualidad, declarando ambos organismos que la transexualidad no es una enfermedad y por tanto eliminando esta de la clasificación de enfermedades mentales. Un gran logro que va a tener una influencia determinante en la atención sanitaria de las personas trans y, cómo no, en las legislaciones que regulan derechos para estas. 

Al mismo tiempo, se ha producido en estos últimos años una nueva forma de legislar bajo los principios de despatologización y del reconocimiento de la libre determinación de la identidad y expresión de género. Fue Argentina en 2012 quien sorprendió al mundo con una ley que se fundamenta en estos principios, marcando la agenda internacional. Este tipo de medidas se hacen imprescindibles como herramientas para combatir las discriminaciones de las personas trans. 

En España, en 2014, Andalucía aprueba, por unanimidad del Parlamento andaluz, una ley trans específica e integral, que es pionera en el Estado español y Europa. Por primera vez, una legislación despatologiza la transexualidad y reconoce como eje de la ley la libre determinación de la identidad y expresión de género. Un marco jurídico que se ha concretado por el respeto a la dignidad de las personas trans, una atención sanitaria que no segrega, que no patologiza y que se fundamenta en el consentimiento informado. Las personas trans dejamos de ser objetos de la medicina,para ser sujetos de derecho.  

Todo avance que tambalee los pilares donde se sustentan las opresiones y desigualdades, levanta la reacción de sectores conservadores e involucionistas...

Desde las buenas prácticas y experiencia de Andalucía se ha demostrado la utilidad de dicha ley, haciendo de la igualdad un valor para toda la ciudadanía y no un privilegio. No se ha roto nada, no se han restado derechos a nadie, y hoy adultos, infancia y juventud trans viven en el respeto a su identidad en colegios, institutos y universidades. 

Andalucía ha sido un referente para otras comunidades que han legislado sobre los mismos principios, como Madrid, Valencia o Aragón, dibujando un mapa de desigualdad territorial por la ausencia de estos marcos legislativos en otras comunidades. Además, estas normas autonómicas tienen limitaciones de algunas cuestiones que han de ser abordadas desde competencias estatales. Los colectivos trans llevan en conversaciones políticas desde 2015 para la tramitación de una Ley Trans Estatal, de carácter integral, que venga a reparar tantos años de discriminación, a reconocer derechos en igualdad y a proteger jurídicamente el derecho a la libre determinación de la identidad y expresión de género en todo el país. 

El 23 de febrero, Unidas Podemos registra una proposición de ley, impulsada por la Federación Plataforma Trans, que ha sido elaborada desde la participación y consenso de más del 90% de los colectivos trans. Una propuesta que decae al disolverse las Cortes. Pero que de nuevo forma parte del acuerdo programático del Gobierno de coalición. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lo anuncia en su discurso de investidura. La ley está más cerca que lejos, por fin las personas trans vemos que, aunque tarde, la democracia también llegara para nosotras.

Todo avance que tambalee los pilares donde se sustentan las opresiones y desigualdades, levanta la reacción de sectores conservadores e involucionistas, como sucedió en 2005, cuando se anunció el “matrimonio igualitario”, que despertó las iras y soflamas de la Conferencia Episcopal,  el Foro de la Familia y sectores políticos situados en la ultraderecha. Hasta dos manifestaciones de cerca de un millón de personas movilizaron contra ese “posmodernismo” y “mal social” cuya única intención, según ellos, era cargarse la sociedad y la “familia” como núcleo de esta. Han pasado más de 15 años y España no se ha roto, ni las familias han desaparecido. Se han reconocido otros modelos de familias que no restan ni quitan derechos a nadie. 

Cuando la sociedad civil en más del 90% tiene una mirada transpositiva, profesionales del derecho, docencia, medicina, psicología, sexología y trabajo social en su mayoría se han alejado de la patologización y abogan por la autodeterminación de la identidad y expresión de género, y cuando más cerca está el compromiso político para la aprobación de una ley trans, la ultraderecha, representada por Vox, organizaciones civiles relacionadas con un conservadurismo y fundamentalismo religioso, como Hazte Oír, y voceros de la curia romana, hablan de combatir la “ideología del género” y de oposición a esta norma. 

Lo que nos sorprende sobremanera es que en esta trinchera anti derechos trans se han posicionado y alineado, a la cabeza, mujeres que tienen una relación con el movimiento feminista, e incluso muchas que ocupan cargos orgánicos en partidos progresistas, sindicatos e instituciones, levantando su ira y odio contra las personas trans. Desde la dictadura franquista las personas trans no habíamos sido tan “perseguidas”, humilladas, vejadas y atacadas con tanta virulencia e impunidad.   

Quizás no haya habido nada más transversal que la transfobia y el desprecio a los derechos humanos de un colectivo que en muchos aspectos ha estado relegado a un plano subhumano.

La noche del 10 de noviembre del 38, se llevaron a cabo una serie de linchamientos y ataques en la Alemania nazi contra la población judía, mientras las autoridades observaban sin intervenir. A este suceso se le conoce como La noche de los cristales rotos.

Intencionadamente he querido exponer la comparativa con este evento y los linchamientos y ataques que las personas trans estamos sufriendo en estos días, también con la observación sin intervención de las instituciones, organizaciones políticas y civiles.  

Así, el Partido Feminista de España (PFE), liderado por Lidia Falcón, ha sido expulsado de la coalición Izquierda Unida, siendo esta la única formación en actuar con coherencia y responsabilidad política ante los reiterados ataques hacia las personas trans. La posición anti derechos trans del PFE está siendo vitoreada, aplaudida y defendida por páginas ultra católicas y líderes de Vox y Hazte Oír. Son la “muleta teórica” de la ultraderecha. Pero este hecho también ha demostrado la falta de empatía de un sector de la izquierda que rápidamente ha venido a mostrar su apoyo al feminismo TERF (feministas contrarias a la inclusión de las mujeres trans) comprando su mensaje de intoxicación de la opinión pública, basado en infundios, calumnias, prejuicios y argumentos carentes de objetividad, desde un falso cientifismo, destinado todo a la demonización del colectivo trans, el ultimo colectivo humano en alcanzar el reconocimiento de derechos básicos. Lo que nos lleva a preguntarnos... ¿por qué esto ha sido así? Quizás no haya habido nada más transversal que la transfobia y el desprecio a los derechos humanos de un colectivo que en muchos aspectos ha estado relegado a un plano subhumano.

Esto no es una pelea del feminismo contra el activismo trans. En primer lugar, porque las mujeres trans somos feminismo y también porque estos movimientos siempre han sido aliados en la demanda de igualdad y contra las opresiones machistas. Querer intencionadamente reducir esto a una pelea entre “bandos” es esconder lo que claramente es una posición política contraria a los derechos humanos de las personas trans, acompañada de un discurso de odio. 

Las opresiones no se pueden combatir desde la equidistancia, ni de perfil. Aprendamos de la historia para no repetir los mismos errores inhumanos de los que algún día sintamos vergüenza y tengamos que responder y explicar ante las generaciones futuras. Construyamos entre todas, todos y todes la igualdad.