"La otra mirada" y la ficción comprometida

"La otra mirada" y la ficción comprometida

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La televisión pública debe contribuir al bien común. Los medios de masas tienen una gran capacidad de influencia. Por ello, y especialmente los que dependan del Estado, deben ofrecer contenidos que apuntalen los principios de igualdad, libertad y compromiso con el progreso social: los pilares fundamentales de cualquier sociedad justa y democrática. Por ello, la ficción, las series y películas emitidas en la televisión pública, debe observar los mismos valores en sus tramas. Es el caso de algunas series de Televisión Española, como La Señora, 14 de Abril. La República (lamentablemente censurada en los oscuros tiempos de la mayoría absoluta del Partido Popular hasta el punto de que entre su primera y segunda temporada pasaron casi siete años) o de La otra mirada

De La otra mirada se han emitido dos temporadas: la primera, entre abril y julio de 2018 y la segunda entre mayo y julio de este mismo año. Actualmente, se encuentra a la espera de una posible renovación y, si se produce, rodará previsiblemente su tercera temporada en los próximos meses. Y es precisamente esa renovación la que me parece ética y políticamente exigible en tanto que sus contenidos promueven una sociedad mejor.

Sus personajes enfrentarán el sexismo de la época para lograr no sólo una indispensable autonomía vital que comienza con la adquisición de conocimiento y formación educativa sino también un mundo más equitativo del que todo el sexo femenino, como grupo humano injustamente subordinado, se vea beneficiado.

La serie se ambienta en la Sevilla de los años veinte del siglo pasado. Sus protagonistas dan vida a las profesoras y alumnas de una “Academia para Señoritas” que se mira en el espejo de la Residencia fundada, también para mujeres estudiantes, por María de Maeztu en Madrid en 1915. Sus personajes enfrentarán el sexismo de la época para lograr no sólo una indispensable autonomía vital que comienza con la adquisición de conocimiento y formación educativa, sino también un mundo más equitativo del que todo el sexo femenino, como grupo humano injustamente subordinado, se vea beneficiado.

Las tramas, complejas, fieles al rigor histórico y con frecuentes giros emocionantes, no sólo abordarán la desigualdad sexual; la pugna entre una educación tradicional y otras concepciones que recuerdan a las vindicaciones de la Institución Libre de Enseñanza se hará patente a través de los perfiles del claustro de la academia. Nos sumerge así en la profunda renovación educativa cuyo éxito cristalizó en el periodo republicano. Al mismo tiempo, el racismo y el clasismo tendrán su papel principal y la denuncia a ambos será evidente. El clima que se crea por la llegada de una alumna negra permitirá observar las tensiones de la época y la necesidad de tejer redes entre mujeres como única posibilidad de avance. Con ello, se deja clara la vocación internacionalista que el feminismo porta en su ADN.

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Del mismo modo, el conflicto interclasista (o, dicho de forma abierta y convencidamente marxista: el antagonismo de clases) se hace evidente viendo quiénes son los que pueden optar a una vida más libre, siendo las condiciones materiales el aspecto clave. Señalar esta evidencia, sin embargo, no obsta para apelar, como en el caso anterior, a la completa solidaridad entre mujeres a la hora de enfrentar al dominio patriarcal y al éxito indudable que la alianza ofrece. Esto se refleja en la serie cuando la defensa de la Academia reúne a burguesas y proletarias, oprimidas por las mismas leyes y objetos de las mismas violencias patriarcales. Del mismo modo, la mejora de las condiciones laborales de las segundas en las fábricas sevillanas cuenta con el apoyo directo de las profesoras de la academia. Asimismo, la lucha a brazo partido contra los matrimonios forzados, la vindicación del divorcio, la denuncia de los riesgos del aborto clandestino o la incredulidad a la que se enfrentan las víctimas de una violación serán algunos de los aspectos nucleares de la historia de estas mujeres valientes. A veces asustan los paralelismos con la actualidad. 

La serie tampoco se olvida de visibilizar la homosexualidad femenina, algo insuficientemente reivindicado en la ficción histórica (salvo, precisamente, en algunas series de TVE). En este caso se explicita la denodada persecución a cualquier intento de relación afectiva entre mujeres, que, según las leyes de la época no abolidas hasta la II República, podrían implicar que cualquier homosexual acabara en una institución mental o en la cárcel.

Todas estas tramas, que no son otras que las que debe afrontar la ciudadanía como colectivo y cada persona en sus compromisos éticos, dibujan la esencia de una sociedad más justa, la necesidad de la libertad y la igualdad para una vida plena y para el bien común del conjunto.

Además, si bien las mujeres y sus circunstancias sociales y vitales son la esencia de esta serie, algo que ya es una apuesta profundamente valiente, los hombres tienen papeles igualmente variados y ricos que muestran, en efecto, cómo muchos de ellos mantenían una lucha sin cuartel por apuntalar sus privilegios. Pero no olvida a varios otros de convicciones más igualitarias capaces de evolucionar y promover relaciones mucho más humanas y justas.

Todas estas tramas, que no son otras que las que debe afrontar la ciudadanía como colectivo y cada persona en sus compromisos éticos, dibujan la esencia de una sociedad más justa, la necesidad de la libertad y la igualdad para una vida plena y para el bien común del conjunto. La indudable carga intelectual y política (en el sentido más digno y etimológico del término) de la serie no dificulta en absoluto el placer emocional y estético del que debe proveernos la ficción como arte. Los planos cuidados, la vestimenta y las vistas de la ciudad recrean con precisión los años 20 permitiendo al espectador/a situarse fácilmente en otro espacio y tiempo.

La vida de los personajes, las injusticias que padecen, los misterios que no se explican, los dilemas a los que no hallan siempre buena respuesta, los éxitos y fracasos y varias dosis de humor e ironía aseguran, en efecto, ese deleite estético propio de la mejor ficción. Lograr en el público una actitud reflexiva y comprometida al tiempo que se permite vivir con pasión otras vidas, como en el mejor cine o la mejor literatura, es un triunfo que merece ser renovado, al menos, por tercera vez. La renovación de la serie de La otra mirada y la emisión de la tercera temporada sería una señal evidente de una televisión pública rigurosa, comprometida con la sociedad y que premia el trabajo bien hecho.