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20/10/2020 16:17 CEST | Actualizado 20/10/2020 16:17 CEST

La pandemia de la desigualdad

El teletrabajo es una preocupación. Aunque es un instrumento necesario, da miedo que sirva para recluir de nuevo a las mujeres en casa.

LLUIS GENE via Getty Images
El reflejo de una mujer caminando por Barcelona en el escaparate de una tienda de ropa.

“La violencia no despareció en las democracias porque desde 1945 hasta comienzo de los años sesenta los principales países europeos occidentales estuvieron implicados en guerras sucias contra rebeliones nacionalistas en sus colonias, con abundantes episodios de tortura y violación, pero a partir de 1945 la cultura dominante en la política y en la sociedad democrática rechazó la violencia”, escribe Julián Casanova en su libro Una violencia indómita. El siglo XX europeo; en esa idea quimérica hemos vivido esforzándonos en hacer un mundo mejor.

Parecía que hasta lo estábamos consiguiendo; íbamos ganando espacios de libertad y de igualdad insospechados; la socialdemocracia y el feminismo contribuyeron a ese nuevo mundo. Pero, sin ser conscientes del todo, comienza a torcerse mucho de lo que creíamos ganado. “El virus no ha transformado el mundo por sí solo. Lo que ha hecho es dejarnos ver cuánto había cambiado ya” (Ivan Krastev); las “cosas feas” empezaron antes de la pandemia y el retroceso en teorías y acciones que creíamos superadas, también.

Después de tener a Obama como primer presidente de color en la historia de EEUU, pasamos a un depredador machista como sucesor. De tener a Lula, o Dilma Rousseff en Brasil, a Bolsonaro, y en Europa se hunde la socialdemocracia y empiezan a resurgir fascismos o populismos de diversa índole, todos nefastos porque siempre lo son, hasta que en 2020, centenario de aquellos locos años 20 del pasado siglo, en los que las mujeres se pudieron cortar el pelo y el largo de las faldas para seguir peleando todavía por alcanzar el derecho al voto -en algunos países ya conseguido-, nos asola una pandemia de un virus desconocido que arrasa millones de vidas, con consecuencias terribles de muerte y dolor que transforman el mundo.

La desesperación reaparece tras la situación económica y social que provoca la pandemia que arrasa con todo lo que creíamos seguro; el miedo se instala entre nosotros.

En este páramo, el crecimiento de la desigualdad de las mujeres, va a ser, de nuevo, mayor.

De la pandemia sanitaria, a la que tristemente aún no le vemos el final, se ha escrito mucho, pero de sus consecuencias, desigualdades sociales y económicas, menos, aunque no hay un solo sector social que no las esté sufriendo. “La pandemia disparará una pobreza ya enquistada. Antes de la crisis del Covid-19, en España, un 25,3% de la población (11,87 millones de personas) se encontraban en riesgo de pobreza o exclusión social, un millón más que en 2008” (El País). Pero estas cifras terribles tienen rostro y “a veces cuesta ponerle rostro a la pobreza”. “El riesgo de pobreza o exclusión alcanza a un 26% de las mujeres y a un 24,6% de los hombres; al 30,3% de los menores de 18 años; al 46% de las familias monoparentales; y entre norte y sur hay diferencias de hasta 26 puntos (37,7% en Andalucía y Extremadura frente al 11,7% de Navarra). El Gobierno central está siendo sensible a la pobreza y adopta medidas que “señalan un horizonte en el que todos, niños y niñas, tengan las mismas oportunidades sin importar las condiciones de su nacimiento, porque la pobreza se hereda: quien ha nacido y crecido en la pobreza será pobre de adulto”.

Y en este páramo, el crecimiento de la desigualdad de las mujeres, va a ser, de nuevo, mayor. La pandemia también tiene nombre de mujer y “golpea con especial dureza a las trabajadoras, amenazando con borrar los frágiles progresos logrados en los últimos años”. El secretario general de la ONU dice: el Covid-19 “podría borrar a una generación de frágil progreso hacia la igualdad de género”. Los datos muestran con detalle cómo las mujeres, en todo el mundo, han asumido mayores tareas de limpieza, cuidado y educación de los hijos, cocina y compras que los hombres”.

El teletrabajo es también una preocupación, pues, aunque es un instrumento necesario, da miedo que sirva para recluir, de nuevo, a las mujeres en casa, de la que tanto había costado salir, y que, aprovechando esa forma de trabajo, entre descanso y descanso, las teletrabajadoras pongan lavadora, planchen, preparen comida y todos los etcéteras conocidos. No creo que siempre sea así, pero me preocupa, tanto como que la brecha salarial haya aumentado respecto a la crisis de 2008 y que cobren un 22% menos que los hombres. Ojalá el recientemente aprobado Real Decreto, 13 de octubre, de igualdad retributiva entre mujeres y hombres logre acabar con esta “tradicional” diferencia en contra de las mujeres.

Habrá vacuna, pero temo que la pandemia de la desigualdad seguirá entre nosotros.

 

Este artículo se publicó originalmente en Diario de Sevilla

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