La pandemia me ha hecho a volver a la casa de mis padres y la convivencia no es sencilla

Muchos jóvenes posiblemente perdamos la oportunidad de crecer como personas si no conseguimos salir del paraguas de nuestros padres.

Si estás soltero, sin hijos y tienes entre 20 y 34 años, lo más probable es que sigas viviendo en casa de tus padres.

Si es así, enhorabuena, formas parte de la gran mayoría de jóvenes que no pueden emanciparse. Y el fenómeno bumerán, por el que los hijos tienen que volver a casa después de emanciparse, es cada vez más frecuente y ha venido para quedarse.

Consuélate pensando que no estás solo. Ahora, gracias al coronavirus, yo también soy una hija bumerán.

Después de mudarme al empezar la universidad en Southampton en 2013, al acabar la carrera volví a mi casa en Hillingdon, el barrio de Londres en el que crecí. Empecé a trabajar como comercial de ventas por teléfono y, cuando lo dejé para perseguir mi sueño de ser periodista, me mudé y empecé este año mi vida como adulta.

Solo tres meses después, llegó la pandemia y el confinamiento. Antes de darme cuenta, me habían suspendido de empleo y no tenía ni idea de cuándo volvería al trabajo. Sopesé mis opciones: pasar el confinamiento con una compañera de piso a la que apenas conocía o volver a casa con mi familia. Hacer videollamadas con mi hermano y mi hermana me estaba haciendo echarles muchísimo de menos y decidí volver a mi dormitorio de toda la vida.

“Aún conservo mi empleo y sé que si lo pierdo, siempre tendré un techo bajo el que dormir”

Me había mudado hacía poco tiempo, así que mi dormitorio todavía estaba igual. Mi adolescencia y mi vida universitaria se reflejaban en la decoración: peluches, montañas de apuntes, libros... Pero me había emancipado hacía solo tres meses y sentía que había dado un gran paso atrás. Justo cuando empezaba a sentirme independiente, ahí estaba de vuelta en la casilla de salida.

Soy consciente de la suerte que tengo por poder volver a casa y vivir sin pagar el alquiler, pero readaptarme ha sido complicado. En mi piso, tenía mi rutina de despertarme, ir al gimnasio y luego al trabajo. Las noches estaban reservadas para dejar lista la comida, quedar con amigos, leer, escribir o relajarme. Evidentemente, la pandemia afectó a la rutina. Al no trabajar, le dediqué más tiempo a hacer ejercicio y a cocinar, pero en general sentía que tenía mi vida bajo control.

¿Y al volver a casa de mis padres? Hacer ejercicio se vuelve más intrusivo, como si estuviera rompiendo un equilibro del que nadie habla. Ya no puedo cocinar solamente para mi paladar y tengo que tener en cuenta el gusto de mi padre por las especias y la aversión de mi madre a la pasta. Y, simplemente, se han acabado las tardes de sofá y manta con Netflix.

Me siento en un limbo frustrante, esquivando límites que no estaban ahí cuando me fui. Yo misma he tenido que poner normas, como llamar a la puerta de mi cuarto antes de entrar y dejarme planificar mis desayunos y comidas, pero atrás han quedado mis días de no hacer nada. Me siento culpable por querer estar sola en casa y, al mismo tiempo, culpable por no ayudar más a mi madre con las tareas del hogar. Cada vez que me entran ganas de encerrarme en mi cuarto y ver una serie, lo pienso dos veces y bajo al salón para ver algo con mi madre para que no se sienta sola. Es muy duro no tener la independencia ni la autonomía a la que estaba acostumbrada.

“Siento que soy una adulta viviendo como una niña”

Creo que a mis padres también les resulta duro. Estoy segura de que se alegran de que viva con ellos, pero sé que mi madre echa de menos tener la casa para ella sola cuando tiene fiesta. Es difícil encontrarle el lado positivo al nido vacío cuando ha dejado de estar vacío.

Estoy atrapada en una espiral de culpa y frustración y soy incapaz de hablar de ello sin sonar quejica. Les estoy infinitamente agradecida a mis padres por acogerme en su casa, pero siento que soy una adulta viviendo como una niña, con muchos planes y pocas libertades.

Al mismo tiempo, no me olvido de que no soy la única persona que está en esta situación. Es común en culturas de Asia del Sur que los hijos vivan en casa hasta la boda, de modo que casi todos mis primos de mi generación están en la misma situación que yo.

Esto no entraba en mis planes. De niña, pensaba que a los 21 ya estaría casada y viviría con mi marido. No entraba en ninguna de mis previsiones que con 25 años tuviera que estar viviendo todavía en casa de mis padres. Como mínimo, esperaba vivir en un pisito en Londres con un perro.

Lo más duro de todo, por supuesto, ha sido el confinamiento. Ahora que en el Reino Unido estamos viviendo un segundo confinamiento, resulta complicado ver la luz al final del túnel. Aunque la vacuna esté en camino, si no vuelve la estabilidad, más oportunidades de trabajo y una mejor oferta de alquiler, habrá aún más personas en mi misma situación. Muchos nos hemos perdido el inicio de nuestra vida como adultos y posiblemente perdamos la oportunidad de crecer como personas si no conseguimos salir del paraguas de nuestros padres.

Sí, tengo suerte de contar con el apoyo de mis padres. También sé que podré volver a emanciparme cuando la pandemia amaine. Aún conservo mi empleo y sé que si lo pierdo, siempre tendré un techo bajo el que dormir.

Quiero a mis padres y ellos me quieren a mí, pero necesitamos espacio. El problema es que el espacio, ahora mismo, es un bien que escasea.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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