La pareja (televisiva) es una catástrofe

'Secretos de un matrimonio': cómo cambiar los roles de género 48 años después.
Los protagonistas de 'Secretos de un matrimonio'.
HBO
Los protagonistas de 'Secretos de un matrimonio'.

La pareja, el matrimonio convencional, con su proverbial monogamia incluida, la vida doméstica, son una catástrofe. Y la verdad como lema vital está definitivamente sobrevalorada. Esos serían los dos titulares que se concluían de la serie Secretos de un matrimonio (Filmin), que en 1973 dirigió Ingmar Bergman. Y también de la que ha revisado con el mismo nombre, 48 años después, el director israelí Hagai Levi, que ya se puede ver completa en HBO.

En aquella primera ocasión, Bergman les contó el drama a nuestros padres. Aunque él se dirigía a las parejas suecas, claro, no a las españolas, ni siquiera a las americanas. Ahora, Levi nos interpela a nosotros, a los hijos de aquella pareja cuya disolución, cuyo aniquilamiento, narró Bergman.

Pero las similitudes acaban ahí. El resto es casi un cambio de paradigma. Levi les da la vuelta a los roles de género, con todo lo que eso significa. El protagonista de Bergman, Johan, era un tipo individualista, egoísta, machista, heteropatriarcal, un padre ausente, un hombre infiel, prototipo de la sociedad ¡sueca! del momento. Imaginemos, y llevémonos las manos a la cabeza al hacerlo, cuál sería aquí su parangón.

Ahora, en la serie de Levi, Jonathan, el personaje al que da vida Oscar Isaac, es un padre estupendo y un buen marido, sea lo que sea lo que eso significa. Un hombre empático de verdad. Y ahí sí que ya por fin somos todos iguales: muchos hombres españoles, norteamericanos de 50 años, también son como el personaje que interpreta Isaac.

¿Y ellas? Bueno, la sumisa (al principio), la abnegada Marianne, protagonista de Bergman, tiene ahora la cara, el cuerpo y el carisma de Jessica Chastain. Mira, una mujer individualista también, contradictoria, infiel, voluble, ambiciosa, una madre que duda, que no convierte la maternidad en el centro de su existencia, ya está el padre para suplir sus ausencias. Y con estas claves, Levi revoluciona el texto original del creador sueco.

Pero vamos al principio de todo. Bergman fue un visionario, un adelantado a su tiempo en aquel 1973. Era muy consciente de lo que hacía: retratar lo que conocía, elevar la discusión sin intención alguna de aleccionar. “Quiere que la sociedad se pueda reflejar como un espejo. Nos interpela y, desde una perspectiva masculina, acaba retratando más las penurias de los personajes femeninos que sus alegrías”, explica Aurea Ortiz, profesora de la Universitat de València y analista cinematográfica, para quien, no obstante, “Bergman era un snob europeo con un punto misógino. No llega al nivel de pedantería de Godard, pero sí tenía esos trazos. Y no era un genio en la construcción de grandes mujeres, pero sí en grandes conflictos”. Recordemos aquí su película Fresas salvajes, “donde el reparto femenino gira en todo momento en torno a él, que es EL CONFLICTO”.

¿Pero cómo se recibió la serie en aquellos años? Bueno, teniendo en cuenta que el 99% de los pensadores y críticos eran señores mayores, heteros, muy similares al protagonista de Bergman, la serie, explicaban, (como la película del mismo nombre estrenada un año después), “era una gran y luminosa historia de amor”. Es decir, que hubo muy pocos que lo entendieron. La serie estuvo muy por encima de la interpretación de los críticos.

Daniel Bergman, el hijo del cineasta, quizá era consciente de todo eso al buscar con denuedo al mejor para revaluar, revisar y rehacer el texto de su padre, que tanta sensación causó en su momento. Vio la ficción En terapia, de Levi, y lo tuvo claro. Quiero que seas tú el que traiga al siglo XXI la obra de mi padre, con libertad total, vino a decirle.

Esto sucedió hace ocho años. Levi recibió el órdago y le estuvo dando vueltas hasta que, en 2020 se puso a rodar. Y la clave, se dijo, iba a ser lo que más ha cambiado en las relaciones de parejas entre nuestros padres y nosotros: cambio de roles, igualdad doméstica, igualdad sentimental, igualdad de género.

Con estos mimbres construyó una ¿nueva? historia amorosa igual de convulsa, igual de desoladora, pero sin duda más pegada a nosotros, a los que creemos que ya no tenemos prejuicios, ni moralinas, ni inseguridades respecto al mundo en pareja. Los pequeños burgueses estamos con nuestros compañeros de vida porque queremos y tenemos relaciones armoniosas y honestas….

Nuestros maridos son padres excelentes, nos han relevado en el trabajo pesado de la crianza, se ocupan en cuerpo y alma. Nos ven como iguales de verdad y nosotras a ellos. No van a abandonar la casa ni se van a pirar con otra sin más explicación, dejándonos con los niños. Entre otras cosas porque nosotras no somos la Marianne de Bergman, nosotras, además de un trabajo, tenemos afanes, inquietudes de independencia, somos mujeres del XXI y estamos disfrutando de todas las olas feministas que en el mundo ha habido.

Las diferencias que introduce Levi

Todo eso lo sabe Levi, que ya nos dejó entrever que conocía bien los cimientos de las relaciones sentimentales, de los dramas de la infidelidad, de las incertidumbres amorosas en la serie The affair, que aprovecho para recomendar. Y todo eso lo cuenta en esta revisión de cinco capítulos. Ahora es una pareja igualitaria estadounidense y entonces era una pareja desigual sueca. Ambas se amaron, se desearon, se fueron infieles, se machacaron, se odiaron, tuvieron hijos, se reconciliaron, abortaron, se destruyeron verbalmente, se divorciaron, que es lo que se sigue haciendo en pareja en mayor o menor medida, un siglo después.

Aquí, 48 años después, Levi invierte los papeles: ella es la infiel, la caótica, la egoísta, la madre ausente, la que gana más dinero, la ambiciosa profesional, la insatisfecha. Él es el ecuánime, el contemporizador, el buen y paciente compañero de vida, el amante y preocupado padre, que quiere a su esposa y la cuida. Pero la mirada es sobre lo mismo: la relación de pareja, insisten ambos directores, es una catástrofe. Levi ha asegurado en muchas entrevistas que tuvo claro que una adaptación no tenía sentido, “pero la idea de invertir los roles me hizo ver que tenía un ángulo nuevo, que era un experimento de género interesante”.

Más cosas que diferencian ambas series. En la de Bergman, el director sueco le daba una sonora bofetada al matrimonio como institución, justo lo que era en esa época, una institución. Eso afortunadamente se acabó, el matrimonio ya no es sagrado ni para siempre. “Hoy no es una institución, y ha sido tan atacado que en todo caso sentía que debía tender a lo contrario, a subrayar que en una separación también hay algo muy traumático”, ha apuntado Levi.

El caso es que en esta desactualización que hace de la serie original el director israelí, se habla de otra sexualidad, de otros tiempos, e incluso de otros tipos de seres humanos, ineludiblemente mejores, más consecuentes, más tolerantes. Se habla de la emancipación femenina sin ambages, del poliamor y de los restos del naufragio amoroso. Justo las historias que perseguían ambos actores.

Isaac deseaba que la serie fuera honesta, que resonara en el espectador y que hubiera alguna catarsis sobre lo que significa una relación. “La convivencia a veces es increíble y sublime y otras te quieres matar si tienes que volver a hablar con esa persona. Creo que es algo con lo que muchos podrán conectar”, dijo durante la promoción de la serie en EEUU.

Jessica Chastain se metió en esta historia, también como productora ejecutiva, como Isaac, porque le interesan desde siempre los papeles femeninos complejos. Cuando le preguntaron dijo que lo más interesante había sido “el experimento de género y la exploración de lo que significa ser mujer y madre hoy en términos de salario, de quién sustenta la familia o la relación con el sexo, muy diferentes a la época de Bergman”. No tenía interés en hacer cualquier cosa, sólo buscaba papeles bien construidos.

La presunción de la veracidad de Bergman

A la periodista cinematográfica María Guerra, la serie le ha parecido relevante y muy oportuna porque cuestiona la presunción de veracidad que tiene el director sueco. “Bergman, como todos los grandes cineastas del siglo XX nos dieron un retrato del mundo, que en su caso fue artísticamente brillante pero políticamente no tanto desde la perspectiva de género”.

Para Guerra, lo que está pasando ahora con esta serie es lo que esta pasando con toda la ficción audiovisual: la presunción de veracidad sobre el mundo, sobre la vida, sobre las relaciones amorosas o de poder “que hemos mamado de todos los artistas y cineastas del siglo XX y ahora se están cuestionando”. Y va más allá de la serie en concreto. “Yo creo que el audiovisual vuelve a renacer. Si el cine y las series nacieron en el siglo XX, ahora estamos viviendo un momento apasionante, porque se está cuestionando esa mirada global, se la estamos ofreciendo al mundo”, asegura entusiasta.

En la serie original de 1973 hay una escena en la que Marianne, la protagonista, abogada de profesión, charla con una clienta que quiere divorciarse. La perorata de la mujer es demoledora, para aquel tiempo e incluso para este:

-Es un buen hombre —dice en referencia al marido del que quiere separarse—, tenemos en casa a un buen padre, pero hace 15 años ya se lo dije, prefiero la soledad a seguir viviendo en un matrimonio sin amor. Y con respecto a mis hijos, nunca los he querido, ahora lo sé. Creo que he sido una buena madre, pero nunca he sentido nada por ellos. Seguro que usted está pensando “qué mujer tan caprichosa”. Puede ser. Voy por la vida dando una imagen que no se corresponde con la realidad. Mi marido y yo no hemos hecho otra cosa que anularnos y ya no quiero vivir así.

La confesión brutal la va apuntando Marianne en su cuaderno, sin que todavía se intuya (ni ella ni el espectador) cuánto iba a concernirle más adelante. Poco después, en otro capítulo, Johan, el marido de Marianne, llega a casa contrariado, cuestiona la causa feminista, —“¿qué pintan las mujeres en el Parlamento?, es idiota luchar por las mujeres”, le dice—, y poco después le confiesa su infidelidad, mientras ella le sirve el tentempié que amorosamente le había preparado.

Una escena sutilmente violenta y otra menos cruenta

Es una escena sutilmente violenta: él es un pretencioso, un presuntuoso sin asomo de culpa. “Le puede pasar a todo el mundo”, se justifica. Tras el desencuentro y la confesión, ella le pone el despertador para que al día siguiente no pierda el tren que lo llevará de viaje con su amante.

Esa misma escena, en la serie de Levi, es mucho menos cruenta. Para empezar, la protagonista siente la culpa. Le resulta complicada de narrar la aventura extramatrimonial, y él por supuesto no lo acepta con sumisión. Solo está estupefacto.

Bergman destilaba violencia contando el conflicto, porque uno de ellos, el hombre, era violento. En Levi todo es más civilizado. Él es comprensivo, Marianne era abnegada. No es lo mismo. Aquí, en la serie de HBO, esa violencia, ese sistema patriarcal, no se explica de manera histérica.

Es la misma historia pequeñoburguesa (los conflictos en esta clase social no son primarios, todo lo contrario), la misma compleja vida de pareja, pero la explicación en HBO es más llevadera, menos hiriente, más ¿intelectual? y menos física. Los escenarios suecos de Bergman aquí son casas perfectamente americanas, pero la visión sigue siendo global. Para el critico de cine Víctor Rodrigo, lo más destacado de esta revisión de la serie original es la sutileza de los actores “para hacer creer que hay un conflicto latente sin grandilocuencias. Levi nos interpela sin grandes discusiones”.

La serie original era austera en diálogos, muy pura, como el propio Bergman. Para Ortiz, tomar algo tan potente, tan de entomólogo y revisitarlo era un reto importante. “Se plantea que igual la familia no es la solución, que la monogamia está en peligro... Es una mirada al abismo. Me recuerda mucho a Antonioni, en su estudio de la soledad de la incomunicación”.

Escenas fuera de la ficción

En la serie de Levi hay otra novedad respecto a la anterior: cada capítulo arranca con un plano que muestra que están a punto de rodar, es una escena fuera de la ficción. “Ese truco, ese artificio no lo entiendo, me ha parecido que era algo así como si Levi quisiera curarse en salud, ‘ojo, que esto es una ficción, no es la vida real, no os lo acabéis de creer’, cuando lo que va a contar es profundamente real, apunta la analista.

A mí, en cambio, ese momento fuera de cámara me resulta balsámico, casi necesario para soportar la devastadora experiencia de ficción que nos espera después. Quiero pensar que esa es la intención de Levi, hacernos más llevadero el mal trago, sabiendo que es una ficción. Ver a Jessica y a Oscar (por cierto, menudo alarde interpretativo) fuera de foco, como actores y no como personajes, antes de meterse en sus papeles dramáticos, es algo así como un consuelo para el pesar que se nos viene encima.

María Guerra va más allá en la celebración y en las intenciones de la obra de Levi. “Para mí es una fiesta que se esté revisando todo este mundo de Bergman. Recordemos que antes no solo era el gran cineasta Bergman, era el gran hombre y él y su generación imponían una mirada androcéntrica. Así que me parece muy interesante reactualizar esto, no desde el rencor, sino con la alegría de ver que la vida es mucho más amplia y que las relaciones son mucho más amplias”.

Para Guerra, que en la serie nueva se hable de los géneros, del no binarismo, es muy edificante. “Yo creo que esa es la fiesta que estamos viviendo desde el audiovisual y yo no perdería de vista que ha sido el #MeToo el que ha dado el pistoletazo de salida, pese a todo el resquemor con el que fue recibido. Es una mancha de aceite que va calando. Y esta lectura de Levi, no desde el rencor, sino desde la diversidad sana, es bueno para todos”.

Hay una anécdota sobre la serie original Secretos de un matrimonio, de Ingmar Bergman, que tuvo mucho eco y mucha audiencia (se estrenó en la TV2 de Suecia y su penúltimo episodio lo vieron 3,5 millones de espectadores, casi la mitad de la población de entonces). Se la acusó de causar altas tasas de divorcio en el país, (parece que se duplicaron un año después de la emisión de la serie); y se la responsabilizó de enseñar a las parejas a hablar de sus pesares, de sus conflictos. Muchos años después, ese “tenemos que hablar” sigue vivo en las tendencias televisivas.

La revisión, tantos años después, para contar la misma historia, está del todo justificada: ahora las relaciones son más igualitarias, pero seguimos igual de solos e igual de frágiles.

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