La prepotente anomia de los poderes financieros y especulativos

La prepotente anomia de los poderes financieros y especulativos

Sustraer alimentos en una gran superficie comercial para entregarlos a un comedor social de una ONG es un atentado contra el sagrado derecho de la propiedad privada que provoca -afirman- una grave alarma social, pero crear en unos pocos años una situación económica y socio-laboral desastrosa solo es producto de las leyes del mercado y síntoma de la bonanza imperante en un país que ha alcanzado el crecimiento económico y la creación de empleo.

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Foto: ISTOCK

No son pocas las personas y los grupos que achacan muchos de los males que aquejan al mundo al escaso respeto de las leyes y las normas vigentes en la sociedad: si todos cumpliésemos con nuestro deber, esto empezaría a parecerse a un mundo feliz, a una sociedad perfecta, pero sin leyes y sin normas estaríamos abocados al caos.

De hecho, en todo sistema social de orden existe la creencia de que la sociedad está basada en el acuerdo de respetar y cumplir una serie de valores morales y cívicos que permiten una convivencia pacífica y fructífera entre sus miembros. Cuando tales normas faltan o se conculcan sistemáticamente por parte de unos determinados individuos o sectores sociales, o la sociedad instituida misma es incapaz de proveer valores, metas y normas capaces de conducir al logro de las normas instituidas se está incurriendo en Anomia (ausencia de normas sociales realmente acatadas y llevadas a cabo por determinados individuos o sectores de la población).

La toma de un barrio, por ejemplo, por parte de tribus urbanas que imponen códigos de conducta colectivos al margen o en contra de las normas sociales instituidas es un caso de anomia. O también es anomia la red de corrupción generalizada de un grupo de personas o asociaciones que se aprovechan de su situación privilegiada de poder para burlar la ley en su exclusivo propio beneficio. O asimismo, aprovechando los vacíos legales que algunos se han ocupado de establecer, adaptar a sus intereses de lucro ilimitado el entramado de trampas legales y fiscales mediante las que personas y grupos, principalmente empresariales y financieros, lavan su dinero, lo llevan a paraísos fiscales y evitan rendir cuentas al fisco público.

¿Quién reivindica la madre de todas las anomias -la financiera- con el aplauso de la mayor parte de los Gobiernos y los poderes del mundo? La prepotente anomia de los poderes financieros y especulativos.

Sin embargo, la anomia se aplica generalmente a las personas y sectores de la población que ocupan los estratos inferiores de la sociedad o que pretenden funcionar al margen o en contra de las normas establecidas desde el poder. Así, quien roba sistemáticamente sus carteras a otras personas en la calle o en el transporte público es un sociópata aquejado de anomia y es perseguido por la policía, pero quedarse con millones de euros destinados a desarrollar proyectos solidarios en países pobres solo es "un caso aislado de corrupción que está en manos de la justicia". Sustraer alimentos en una gran superficie comercial para entregarlos a un comedor social de una ONG es un atentado contra el sagrado derecho de la propiedad privada que provoca -afirman- una grave alarma social, pero crear en unos pocos años una situación económica y socio-laboral donde once millones y medio de personas (25,5% de la población) están en riesgo de pobreza y exclusión social o -ateniéndonos a las empresas del Íbex 35- el sueldo de los directivos mejor pagados supera más de noventa veces la remuneración del empleado medio solo es producto de las leyes del mercado y síntoma de la bonanza imperante en un país que ha alcanzado el crecimiento económico y la creación de empleo.

"Las normas están para cumplirlas", repiten los gobernantes y sus señores cada vez que a alguien se le ocurre sacar los pies del tiesto. Quien así lo acate será un buen ciudadano. Y quien no, una persona al borde de la anomia. No obstante, las personas y grupos financieros más potentes rechazan cualquier tipo de regulación o norma, por ejemplo, en el ámbito de las transacciones financieras, un submundo con el que unos pocos ganan o pierden millones y millones de euros en décimas de segundo al son de algoritmos que suben y bajan precios según planes establecidos desde sus superordenadores. Se empezó tímidamente en 1980 con el 0,7% del PIB (Ayuda Oficial al Desarrollo, AOD) de los 11 países más ricos del mundo (solo seis han cumplido este acuerdo. Se intentó concretar más con la Tasa Tobin (0,05% del volumen de la transacción) o el Impuesto a las Transacciones Financieras (TIF), sostenida y reivindicaba por asociaciones tan lejos del desconocimiento de la materia como ATTAC.

Sin embargo, el mundo financiero-especulativo dirá que cualquier regulación es contraproducente, e ilegal e impracticable cualquier regulación o impuesto. ¿Anomia? Según el Banco Internacional de Pagos, solo en el mercado de divisas circulaban diariamente en abril de 2013 unos cuatro billones de euros (1.000 billones anuales; 16,6 veces más que el PIB mundial. La aplicación de una tasa del 0,05% significaría alcanzar cuatro veces más los Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas en 2013 (unos 170.000 millones de euros anuales), diez veces más de lo necesario para acabar con el hambre en el mundo, que mata cada día a más de 40.000 personas.

¿Anomia? ¿Quién reivindica la madre de todas las anomias -la financiera- con el aplauso de la mayor parte de los Gobiernos y los poderes del mundo? La prepotente anomia de los poderes financieros y especulativos.