La tele que dejé gracias a 'La belleza', de Aute

No sé si fue Aute, o un cúmulo de cosas, no sé si fue aquella frase, 'no rozaron ni un instante la belleza', pero al día siguiente comuniqué a la producción ejecutiva que me largaba.
Luis Eduardo Aute, durante un concierto. 
Luis Eduardo Aute, durante un concierto. 

Dirigía un programa en TVE que pensaba que iba a ser una cosa y que estaba degenerando en otra, tras unos discretos resultados de audiencia. Llevaba años haciendo una tele mala, llena de trampas y de cutredades. En teles públicas. En productoras privadas a veces. Una tele que NO. Yo lo sabía, pero ahí seguía. Me había medio plantado ante determinados excesos, había abandonado ya algunos espacios estomagantes, después de contribuir a crear relatos nocivos para el espectador, relatos que ensuciaban su mirada, que la encolarizaban o la abotargaban. En ello andaba, con sensaciones contradictorias sobre mi trabajo, con un pasado universitario alegre y luminoso donde yo lo que quería era ser Maruja Torres. Un pasado profesional lleno de lecturas buenas, poesía incuida, y de buenas intenciones periodísticas.

Ese día de enero hacía frío en Barcelona, en Sant Cugat, en la sede catalana de TVE, donde íbamos a tener la reunión de contenidos para el programa. Llegué tensa, airada como solía estar entonces, a esa sala grande, llena de directores de antena, de productores ejecutivos y de jefes varios. Ellos empezaron a pedir cosas que no quería hacer, cosas que yo luego tendría que justificarme a mí misma, y ordenar después a mi equipo de realizadores y periodistas. Notaba cómo me iba hundiendo, cómo me acobardaba ante las peticiones: Recursos televisivos que no quería usar, comportamientos que no quería tener.

Visionamos partes del programa; ellos pedían más madera, y yo solo quería apagar el fuego. Paramos un momento y me fui al baño a llorar un rato. Después me retoqué el maquillaje y salí dispuesta a decir lo que pensaba, tipo peli americana donde el personaje protagonista se hace el valiente y dice esa frase memorable.

Llegué y me hice pequeña, sin embargo.

Ellos hablaron, yo asentí, salí compadreando con unos y con otros (tardé algún tiempo en recordar que yo era la única mujer de aquel grupo de ocho, en aquel instante no me pareció relevante, o no tengo constancia de haberlo pensado).

Regresé a casa, a Valencia, donde estaba mi redacción y comuniqué los cambios.

Ahora no será lo que dijimos, nos han pedido esto... Yo lo decía todo con la boca pequeña, tergiversando un poco, suavizando.

No les dije:

-Mirad, quieren mierda, quieren transexuales y gordos, y testimonios directos y potentes, y sexo, y un poco de morbo, por favor, y si esto es una patata vamos a enseñar una patata... Quieren que entre en trance la loca, no que expliquemos por qué su locura. No quieren nuestros relatos sutiles sobre el olvido, el amor, el sexo o la muerte. Quieren guerra, jadeos, llantos, risas histéricas, frases gruesas, quieren todo lo que no quiero dar, lo que os prometí que no haríamos.

Ellos me miraban raro, algunos recelosos, otros intrigados...

“Me metí en el coche y puse el CD. Sonó Aute. Creo que fue casual, nada premeditado, no lo recuerdo exactamente.”

Me metí en el coche y puse el CD. Sonó Aute. Creo que fue casual, nada premeditado, no lo recuerdo exactamente. Pero empezó La belleza, que era una de mis canciones preferidas de ese cantautor que había descubierto en la universidad. Había caído rendida a sus letras, como tantas jóvenes de 20. Recuerdo el concierto en Madrid, donde estudiaba la carrera. Y recuerdo la canción y esa estrofa: “No rozaron ni un instante la belleza”.

Puse el volumen a tope y la escuché una y otra vez, llorando en plan melodrama (que es algo que se me da muy bien, todo el que me conoce lo sabe).

Y escuchaba eso: el poder de la razón, hundir en el asfalto la belleza, míralos como reptiles, al acecho de la presa, negociando en cada mesa maquillajes de ocasión… Mercaderes, traficantes, más que náusea dan tristeza... No rozaron ni un instante. La belleza.

Y me vi, con los años, en ese lugar ingrato, sin tocar la belleza, asumiendo funciones que no quería asumir, pidiendo cosas que no quería pedir, saltándome a la torera todo lo que quería hacer cuando quería ser periodista. Convirtiéndome en un gusano, yo que creía que iba a ser una mariposa. Tanta poesía, tanta literatura de la buena, tanta música estupenda, tantas conversaciones de altura, tantas inquietudes, tanto reporterismo y ahí estaba, pidiéndole a Miguel, al jefe de realización, que en el reportaje sobre sexo en deficientes mentales que habíamos hecho, tan bien contado, tan dulce, tan periodístico, fuéramos más a saco y les oyéramos jadear al menos... Y nos cargáramos toda la poesía de todos los planos que él había rodado y había montado y que yo había mostrado en la reunión en Barcelona. Nadie de aquel grupo entendió que aquel tema espinoso se podía contar de otra manera, de manera elegante. Que había belleza en ese amor infantil de Jorge y Ana, los dos jóvenes con síndrome de Down que habían desatado la carcajada grosera de mis compañeros de reunión.

“Me fui a casa, consciente de mi fracaso rotundo televisivo y me puse a escribir mi primer libro.”

No sé si fue Aute, o un cúmulo de cosas, no sé si fue aquella frase, no rozaron ni un instante la belleza, pero al día siguiente comuniqué a la producción ejecutiva que me largaba. Que no iba a hacer lo que pedían. Que se buscaran a otra para arañar desde la tele. Me fui a casa, consciente de mi fracaso rotundo televisivo y me puse a escribir mi primer libro, ¡Mírame, tonto!, sobre la tele, sobre la mala tele, sobre sus tripas, que tan bien conocía, sobre las miserias, las mías propias y las de otros tantos colegas que quisieron contármelas.

Con ese primer libro catártico empezaron muchas cosas, por ejemplo mi reconciliación con la profesión. Ese libro me llevó a otros, y esos a la radio, y a las charlas. Seguí dedicada a la tele, ya como objeto de estudio, y tengo la certeza de que he contribuido más al bien común con este ejercicio, que con todos mis años de trabajo televisivo.

El libro lo encabecé con esa cita de Aute: “No rozaron ni un instante la belleza...”.