La tele que Eva quería

Eva, mi compañera de vida, y Quique, mi hermano, cada tarde veían juntos Pasapalabra. Ella sonreía con Roberto Leal, desde aquí le doy las gracias infinitas.
Roberto Leal, presentador de Pasapalabra.
Roberto Leal, presentador de Pasapalabra.

Tengo los ojos rojos de llorar “en una de esas soledades salvajes que ninguna compañía atraviesa” (Rewind, Juan Tallón). Eva, mi compañera de vida, mi amiga, mi hermana elegida, mi anclaje aquí, la mujer de mi hermano, la madre de mis sobrinos queridos, la tía amantísima de mi hija Carlota, ya no está. El sábado 10 de abril, mientras el mundo seguía andando, ella se marchó. Escribo esta crónica arrasada por dentro, la verdad. Me vais a disculpar este desnudo. Pero quiero rendirle este homenaje íntimo. Llevamos juntos aquí, en El Huff, muchos años ya y creo que nos tenemos confianza.

Esta pandemia maldita impidió que nos viéramos este último año (solo le faltaba a su cáncer que se contagiara del virus) como habríamos querido. Ella se confinó antes que nadie y se mantuvo encerrada cuando todos nos lanzamos a la calle. Hablábamos mucho, eso sí. Por WhatsApp, con audios demoledores incluidos, por teléfono. Por videollamada no, que eso no le gustaba.

A veces me preguntaba:

—Recomiéndame una serie o una peli. Algo para ver que no me haga pensar, que me alegre la vida.

Entonces mi cabeza se disparaba porque yo sabía que si no acertaba me caía bronca. Era implacable en eso:

—Menuda chorrada la serie que me dijiste —me escribía sin problemas, sin que le importara lo más mínimo que se lo estaba diciendo a una prestigiosa prescriptora audiovisual.

—¡Pero si está muy bien, pensaba que te gustaría! —me defendía yo, boqueando.

—Pues no, no me ha interesado nada, me aburrí —concluía.

Nos hicimos amigas a los 10 años. Yo era para ella la niña de las trenzas con la que pasaba los veranos al principio, y todas las estaciones del año, después, y no la periodista, ni la escritora, ni la que tenía programa de radio o era reconocida. Todo eso eran tonterías. Tampoco le parecía relevante lo que para mí podía ser trascendental en un momento dado. Por ejemplo, imaginemos que el mundo ardía porque Kiko Rivera salía en La herencia envenenada.

—¿Vamos al cine? —preguntaba ella, ajena al cataclismo en Cantora.

—No puedo —tengo que escribir un artículo sobre lo de Paquirrín.

—¿Por qué?, ¿qué ha hecho? —preguntaba ella, impasible

—¡¡Joder, Eva, no me creo que no sepas lo que ha pasado!!

—Ni idea, ¿pero cuánto tiempo necesitas?, vaaa, vamos al cine

—…

—¿Y no puedes decir que no? ¿A quién le importa ese chico?

La mayor parte de las veces íbamos al cine, todo hay que decirlo. Y yo me acostaba a las tantas escribiendo. Era una nulidad como espectadora de televisión —apenas la miraba, apenas le interesaba— y a la vez era la mejor, la más exigente, la más agradecida. Le gustaba Salvados, por ejemplo. Le caía bien Jordi Évole. Permanecía ajena a lo grotesco de la tele, a lo cutre, a lo anodino. Así que generalmente mi trabajo como analista le parecía una soberana estupidez. Me encantaba eso, esa manera tan natural de ponerme en mi sitio. A veces le enviaba fotos glamurosas que me habían hecho en un evento, en una presentación, en una entrevista o en un plató, para que me ayudara a elegir la mejor para las redes:

—La segunda, que en la primera pareces bizca y sales gorda.

Fueron duros los últimos meses. El cáncer, el cuarto episodio, le había minado las fuerzas, ella que lo había ido venciendo (odio ese concepto: el cáncer no es una lucha, el cáncer es una enfermedad de mierda) desde que le diagnosticaron el primero, diez años atrás. En diciembre todo fue a peor. Se confinó del todo, apoyada en su marido, mi hermano Quique, que la cuidó como solo los hombres bondadosos y generosos saben hacerlo. Estaba débil, cada día un poco más. Pero seguía. Cada tarde, a las ocho, veían juntos Pasapalabra. Le gustaba ese programa. A Eva, a esa espectadora contra corriente, la distraía, la reconfortaba un rato, la entretenía. Le gustaba Marta, esa concursante de Castellón que compitió tanto tiempo. Y le gustaba Pablo: tenía esa amabilidad, esa bondad que ella tanto admiraba en la gente.

Sonreía con Roberto Leal —desde aquí le doy las gracias infinitas: haberla hecho feliz esos días aciagos es algo que se quedará para siempre en el corazón de los que la queríamos—, comentaba las jugadas y las preguntas con mi hermano. Él tiene la sintonía del programa como algo hermoso: era un momento grato en días ingratos, una cita que tenían, un destello en lo oscuro de la enfermedad… La tele conseguía sacarlos de los malos augurios durante una hora.

“La tele conseguía sacarlos de los malos augurios durante una hora”

Las últimas semanas, ya muy muy malita, las pasó prácticamente en la cama. Pero a las ocho mi hermano acudía a su lado y la despertaba para decirle que empezaba el programa. Sí, sí, voy, decía ella con un hilo de voz. Se levantaba y débil como estaba llegaba hasta el sofá fucsia. Se acomodaba mientras sonaba la música del concurso, con la mantita en el regazo, mientras mi hermano le masajeaba las manos, los pies… Y el mundo durante ese rato era un poco más amable, menos raro...

Parece mentira cómo es el desierto del duelo: me da una pena que me muero que no pueda ver quién gana por fin ese bote millonario.

Tampoco era una gran seguidora de series, ni de modas televisivas. Por supuesto, no era nada activa en redes. Otra chorrada le parecían. El estilazo que tenía quedará para siempre en mi Instagram. Ella no era de exhibirse, pero yo le estoy rindiendo un homenaje ahí, para fijar su arte, su hermosura… Era aire fresco hablar con ella de cosas de verdad, de sus hijos, de la mía, de nosotras. O de auténticas banalidades. Era divertida, alegre, una madre genial. Nadie como ella quitaba hierro a los melodramas

—Estoy fatal… —me quejaba yo por WhatsApp.

—A veeer, qué te pasa???

—Pues, bla bla bla, respondía yo —explicándole la tragedia absurda del día.

—Qué exagerada eres… Vamos al cine, va

—Sííí

Entonces empezaba el diálogo de besugos por WhatsApp:

—¿Qué vamos a ver? ¿Qué pelis hay? —preguntaba ella, como si mi opinión cinéfila le fuera a importar.

Yo proponía algo.

—No será un rollo ¿no?

—Eva, si te digo que vayamos a ver esa es porque creo que no será un rollo.

—No me apetece mucho el tema… ¿Qué más hay?

—No hay nada más

—No puede ser. ¿Y esa que me dijiste el otro día?

—Ya la he visto.

—Joder, ¡es que lo has visto todo!

—Ya, es que la tenía que ver.

—¿Para qué?

—Porque teníamos al director en la radio, vamos, por trabajo.

—¿Y no la puedes volver a ver?

—Ni de coña

—Vaaaaa.

—Joder Eva, vamos a ver la que te digo, que te gustara-

- ¿Cuánto dura?

-No lo séééé.

—Pues mira cuánto dura.

—Dos horas.

—Uy que larga, me dormiré

—A ver, coño, si quieres vemos un corto.

—No digas tacos…¿y por qué no vamos de compras?

—Vale.

—No, que no quiero gastarme dinero a lo tonto.

—Pues, al cine.

—Vale, pero a la sesión de las diez no, que me duermo.

—Pues a las ocho.

—Espera que no se si llegaré.

—A ver, decídete.

—¿Y si merendamos? Es que esa peli que me dices no sé yo…

—Vale, merendemos.

—No, no, vamos a ver la peli, que no quiero engordar.

Salíamos del cine y era implacable. Si le había gustado, bien. Si no, sin contemplaciones y aunque fuera la peli más valorada del mundo, me decía que nada de nada.

—La próxima vez elijo yo.

Fin de la critica.

Hace 10 años, tras diagnosticarle el primer cáncer y apenas unos días antes de que le hicieron un TAC que tenía que precisar más su estado, nos fuimos de compras. Se probó un vestido que le quedaba genial y yo la animé a comprarlo. Ella, haciendo gala de su humor socarrón, y a través de la cortina del probador me dijo:

—Mejor espero al resultado del TAC, no vaya a ser que me muera y heredes tú el vestido.

Afortunadamente, aquella prueba salió bien y Eva nos regaló a todos 10 años de amor incondicional.

Ojalá el próximo ganador del rosco de Pasapalabra sea un buen tipo.