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06/03/2019 07:24 CET | Actualizado 06/03/2019 07:24 CET

La tele y las mujeres (1): Lo que me enseñó 'Sexo en Nueva York'

Las protagonistas de 'Sexo en Nueva York'.

Hace unos días, una amiga que lleva mil años trabajando en televisión me contó esta anécdota de la que no puedo dar nombres. Tenía una cita con un importante ejecutivo de tele (de esos de verdad, con despachos imponentes llenos de pantallas) y le advirtieron: no te pintes las uñas oscuras, que no le gustan, no te pongas demasiado sexy, que le parece ordinario, no te maquilles demasiado, ni uses un perfume excesivo. Eran solo recomendaciones, que una podía obviar sin problemas, claro. Pero, pero... Hasta aquí la anécdota.

Hace unos meses, mientras preparaba una charla a la que me convocaron sobre los 20 años de Sexo en Nueva York (¡20 años!, glup), en el Screen TV del Festival de Málaga, reviví una historia personal que creo que cuenta un mundo entero. Cuando se emitió la serie en España yo trabajaba en la televisión, en el departamento de dirección de una productora. Tenía reuniones donde la mayoría de mis interlocutores eran hombres. Ejecutivos de diferentes edades, realizadores, directores de programación, etc. La tele era y sigue siendo muy masculina. Por dentro y por fuera (en un próximo articulo entraré en este tema: en la tele NO hay mujeres feas. Y hombres sí). Yo, que siempre he sido presumida, que siempre he disfrutado de una tarde de compras, de un vestido bonito verde, de unos tacones altos, de pintalabios de colores vivos, de una minifalda glamurosa, me recuerdo repasando mi indumentaria para acudir a uno de esos encuentros e intentando, atención, ponerme más sobria. ¿Por qué? Fundamentalmente para que se me tomara en serio. Si me ponía la camisa naranja, con mi sortija de cristal del mismo color, quizá los caballeros que se sentaban en aquella mesa ovalada pensarían que era una chica frívola. Que si me había vestido así, combinando el anillo con la ropa, era porque no tenía nada interesante que decir. Que si me interesaba la moda de esta manera, si me había maquillado para la ocasión, no hacía falta escucharme, respetar mi opinión, tener en cuenta mi punto de vista sobre la realización, por ejemplo.

Tardé bastante tiempo en saltarme a la torera todo esto y acudir a las citas, a las grabaciones, a las firmas de presupuesto como me diera la gana. ¿Minifalda? Minifalda. ¿Vestidos floreados con botas altas? Venga. ¿Rubia platino? Ahí vamos. Harta de tener que cambiar de estilo, de esconderme para que no creyeran que no tenía cabeza, tomé la decisión de vestirme como me diera la gana cuando me diera la gana, atendiendo solo al sentido común. Así que se acabó lo de ocultar cualquier atisbo de frivolidad. O la alegría o el espíritu desenfadado. Cuánto bien me hizo Carmen Alborch en esto. Como en tantas cosas. Cuánto la echo de menos.

Sexo en Nueva York fue un dardo en la diana. Ahora parece naif, ahora que hemos visto Girls, Big litle lies, The good wife por citar tres ejemplos, parece normal ver mujeres distintas en pantalla. Pero entonces, hace 20 años, Sexo en Nueva York fue aire fresco, agua clara, pura vida. Fue un puntazo de ficción, que planteó debates poco o nada usuales en televisión, que puso a mujeres con discurso y a las que les gustaba el sexo por el sexo como protagonistas. Fue una serie divertida, luminosa, que hablaba de cosas de verdad. HBO, la cadena que la emitió, quería abrir nuevo terreno en la comedia y el proyecto les llegó caído del cielo, después de que estuviera deambulando por despachos televisivos varios.

La ropa, la moda pueden ser importantes para una. Puedes sentirte más segura con un vestido y no por eso eres idiota.

Las actrices de esta serie fueron pioneras en la sororidad, ese concepto que ahora parece que siempre hemos manejado, pero que casi acaba de nacer. Las cuatro amigas acudían en tropel ante un problema de cualquiera de ellas y la arropaban, lo ponían en cuestión, daban sus puntos de vista, etc... A la protagonista, Sara Jessica Parker, que encarnaba a Carrie, le gustaba la moda, se calzaba taconazos para caminar por la Quinta Avenida neoyorquina, era desinhibida... Sus amigas tenían trabajos de diversos tipos y representaban a modelos femeninos reales, con sus miserias, con sus cuitas. Como habitualmente había pasado con los protagonistas masculinos de las series.

Todas tenían voz propia, eran descaradas y deslenguadas. Se reían. Se hacían confidencias. Escogían su ropa con mimo. Les gustaban las cosas bonitas. Y yo, como la joven periodista que era, las miraba encantada de la vida desde mi sofá. Y sí, yo también odiaba a Mister Big, que años después volvió a interpretar a un personaje que no podía soportar: el marido de Alice, en la gran The good wife.

Así que, ahí estaban, cuatro mujeres estupendas que también lo querían todo y lo querían ahora. Y ese todo era una cosa distinta para cada una de ellas. Tenían una profesión que les gustaba. Y un vestidor. Eran tipas complejas. Madres o con deseos maternales. O todo lo contrario. Tenían zapatos. Eran mujeres insólitas en la tele. Nuevas. Dicharacheras y brillantes, con un acentuado sentido estético.

Durante años la serie fue denostada por demasiado frívola, (vaya, eso me sonaba), o por asuntos que a mí me gustaban pero que no siempre me atrevía a reivindicar. La ropa, la moda pueden ser importantes para una. Puedes sentirte más segura con un vestido y no por eso eres idiota. Puedes saber bien que no necesitas más zapatos (si estas en el primer mundo y en el lado afortunado de la vida) y comprarte otros después de haber hecho un gran reportaje. Puedes dar tu punto de vista conjuntada de arriba a abajo. Y puedes llevar un rouge favorecedor mientras lees a Philip Roth.

Porque tal y como dice la protagonista, en los años 50 americanos, de La maravillosa Señora Maisel (Amazon Prime Video), esa serie que NADIE debería perderse:

"Últimamente leo más la prensa. Es interesante. Mi padre me dijo que solo me fijaba en los anuncios de zapatos. Me sentí mal por ello pero pienso que quizá ponen esos anuncios para distraernos. Porque si las mujeres se percatan de lo que sucede en el mundo no cesarán hasta arreglarlo".

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